jueves, 1 de marzo de 2018

SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 76 – Marzo de 2018 – Año IX
ISSN 2250-5385 – Edición trimestral

Inscripción gratuita como LECTOR
si escribe a  zab_he@hotmail.com
indicando nombre y apellido, ciudad y país
(se le avisará cada nuevo número trimestral).

“Rainbow Flying Fish” (Pez arcoiris)
Mónica Villarreal (2018)
 (Acrílico sobre papel, 12” x 9”)
Serie “Flying Fishes” (Peces voladores)

Sumario:

• Cornelia PĂUN HEINZEL (Rumania)
• Eva María MEDINA MORENO (España)
• Ángel BALZARINO (Argentina)
• Ihosvany HERNÁNDEZ GONZÁLEZ (Cuba - Canadá)
• Diana DECUNTO (Argentina)
• Pompeyo PÉREZ DÍAZ (España)
• Marcos Rodrigo RAMOS (Argentina)
• Juan Manuel ARAGÓN (Argentina)
• José Francisco SASTRE GARCÍA (España)
• Walter Hugo ROTELA GONZÁLEZ (Argentina - Uruguay)
• Víctor Eligio GIMÉNEZ (Argentina)
• Aleqs GARRIGÓZ (México)


CORNELIA PĂUN HEINZEL

Narradora rumana, poeta, profesora y doctora en robótica industrial por la Universidad Politécnica de Bucarest con matrícula de honor (1998). Tiene una maestría en gestión y evaluación en educación (Facultad de Psicología y Ciencias de la Educación) y una maestría en filología (Facultad de Letras), ambas de la Universidad de Bucarest. Es licenciada en letras por la Universidad Brasov. Su obra científica es rica y variada, contando con seis libros como autora y más de doscientos artículos publicados en revistas de la especialidad en Rumania y en el extranjero.
Se inició como escritora en “Asimetría”, revista francesa de crítica y creación. Y como poeta, en “Agero Stuttgart”, revista alemana de información cultural, y en la Agencia de Prensa “Ases de Rumania” en Nurenberg. Miembro del “Club Transatlántico de Prensa”, de “Poetas del Mundo”, edita “Anthologie Multilingua”.
Tiene publicados varios libros de narrativa y poemarios.
Ha colaborado en numerosas revistas de todo el mundo, editadas en múltiples lenguas. Sus poemas fueron publicados y traducidos al inglés, español, francés, italiano, serbo-croata, alemán, portugués, chino, japonés, ruso, árabe, urdu, sueco, neerlandés, catalán, sardo, turco, ucraniano, griego, persa, turco, polaco, letón, checo, húngaro, búlgaro, albanés, esloveno, azerbaiyano, georgiano, etc. y publicados en revistas impresas o de internet, tanto en Rumania como en el exterior.
Ha traducido poemas de poetas franceses contemporáneos. Fue redactora de un diario rumano. Ha traducido al rumano la obra de más de noventa autores clásicos y contemporáneos de diversas lenguas, tanto poetas como narradores.
Se pueden leer más obras de esta escritora en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 72:



UNA LÁGRIMA *
Cornelia Păun Heinzel ©

Una lágrima de felicidad
puede derretir los témpanos de hielo de cualquier alma.
Una lágrima de tristeza
puede romper el corazón de cada uno.

Una lágrima de felicidad
por la primera luz de la mañana.
Una lágrima de tristeza
por el sol que desapareció en velos de oscuridad.

Una lágrima de felicidad
por la brizna de hierba que irrumpió con la primavera.
Una lágrima de tristeza
por la hierba escarchada con las primeras nieves.

Una lágrima de tristeza
por los días que han pasado.
Una lágrima de felicidad
por los días venideros.


SUEÑOS *
Cornelia Păun Heinzel ©

Cuando el párpado superior del ojo,
consuele al inferior
con las pestañas entrelazadas,
será capaz de discernir el futuro
como un sueño indefinido
y de describir el destino con tus propias manos,
te envolverán los sueños
con las hadas bordando tus pensamientos,
sueños que volarán con las alas extendidas hasta el infinito
como dos líneas paralelas que nunca se tocan.

Pensamientos recién nacidos
como la diosa Afrodita, como la espuma del mar, 
jirones de esperanza, de confianza
flotando implacables en la nada
sin ser arrojados en el abismo del olvido.

Y juntos, los recuerdos, velos en tonalidades rosadas
colores que dan sentido al presente,
ríos de lágrimas

de los que brota, caóticamente, la savia del futuro.

Cuando la imaginación ya no te pueda ayudar
abre los ojos y verás que nada es lo que parece,
luego pregúntate a ti mismo

sobre ese futuro que te espera con confianza


DÉJAME *
Cornelia Păun Heinzel ©

Déjame abrazar tu árbol preferido
y entonces veré tu rostro en la orilla del mar caminando en la arena de oro fino,
mientras los rayos de sol
besan los hombros de las olas
tú verás cuan hermosa soy.

Déjame abrazar tu árbol deseado
y entonces yo sentiré el calor del sol y de tu amor
desbordando caricias sobre mí
y yo irradiaré belleza y felicidad.

Déjame abrazar tu árbol querido
entonces la lluvia fluirá sobre nosotros
y sus gotas nos humedecerán la piel
hasta que ambos seamos el tronco del árbol del mundo.


SOY *
Cornelia Păun Heinzel ©

Soy la gaviota que vuela siempre al sol,
soy la eólica qué te toca con sus trenzas rubias
y el rayo del sol que te besa con labios ardientes.

Soy el hilo de arena que se escurre entre tus dedos,
soy la onda salvaje que danza a tu alrededor
y la perla solitaria dentro de la valva de una playa.

Soy el niño que construye castillos de arena
sin pensar que los aplastarán alguna vez,
la eterna idealista que te ha encumbrado en sus sueños.

Soy la brisa del mar que te acaricia con sus manos,
soy la paz de el horizonte que se estira al infinito
y la canción de las sirenas que te seducen en el amplio mar.

Soy las flores de naranja que te abrazan con su perfume
soy el cielo tranquilo sin ninguna nube
y el zumbido del universo nuevo que has descubierto.

Soy...

* Traducción de Alfredo Cernuda.



EVA MARÍA MEDINA MORENO

(Madrid, España, 1971) Escritora. Licenciada en filología inglesa y profesora de educación general básica por la Universidad Complutense de Madrid. Diploma superior de inglés en la Escuela Oficial de Idiomas de Madrid, y The Certificate of Proficiency in English por la Universidad de Cambridge.
Tras el período de docencia del doctorado en filología inglesa de la UNED, investiga en el campo de la literatura inglesa del siglo XX y contemporánea.
Ha escrito la novela Relojes muertos (ISBN: 9788416216253).
Premiada en el I Certamen Literario Ciudad Galdós por su relato Tan frágil como una hormiga seca (Editorial Iniciativa Bilenio S.L. 2010). Seleccionada en el V Premio Orola, en cuya antología se incluyó su cuento Mi bodega (Ediciones Orola S.L. 2011). También han publicado sus relatos en revistas literarias digitales e impresas de España, Hispanoamérica y Estados Unidos, como Letralia, Cinosargo, Otro Lunes, Almiar, Groenlandia, Narrativas, Solaluna, así como en Realidades y Ficciones. La revista de creación literaria La Ira de Morfeo ha hecho un número especial con algunos de sus cuentos.
Más sobre esta escritora en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 63:



MI BODEGA
Eva María Medina Moreno ©

Descolocadas, algunas rotas, el líquido derramado y seco; botellas de muerte y olvido. Otras, con moho por fuera, cerradas con tapón de corcho y plástico duro. Selladas, bien selladas, el vino picado desde hace tantos años. Unas, llenas de horas vacías, de palabra afónica, embrutecida.
Algunas, las limpio, las coloco en el mejor sitio, donde nada las dañe, para quitarles el tapón y oler; oler creyendo que volveré a enamorarme.
Botellas, cada una con su etiqueta, cambiada o superpuesta; la del amor por la del hastío, encima la del odio. Las del dolor, tristeza y rabia, tumbadas boca abajo. Muchas, sin tapones, abiertas, y el líquido mezclándose: pena, miedo, placer.


SOMBRAS
Eva María Medina Moreno ©

Camino. De noche. En una calle, frente a mí, dos sombras. La oscura, alta, arrogante; la clara, débil. Y yo, más sombra que ellas, detrás. Entonces pienso que deberían salir muchas sombras para abarcar todo lo que somos.
Me imagino que algunas de ellas van mudando como lo hacen las serpientes con su piel. Veo que la sombra de la inocencia cambia de color, de un violeta claro a uno más oscuro, con matices, con sombras dentro de sombras. La de la inquietud, sonrojada. La del dolor se endurece; opaca, con menos aberturas. La sombra del deseo, encogida, muda, añeja. Pero hay momentos en que besa sin saber qué pasará, se embrutece como antes, se aferra a un vínculo; soplo de vida, aliento.


UNA REVELACIÓN
Eva María Medina Moreno ©

Cuando entré en la galería, una sala pequeña, bastante oscura, había poca gente. El pintor no estaba. Sobre un taburete, folletos. Cogí uno. Me lo guardé, dirigiéndome al primer cuadro con el mismo recogimiento con el que se comulga. En cuanto Xaime llegó, viéndome frente a su «Costa da Morte», me dijo que lo había pintado en cabo Touriñán, el más occidental de la península ibérica, y no el de Finisterre como se decía.
Me acerqué al cuadro. Eran brochazos despreocupados que, cuando te alejabas, cobraban realidad. Me confesó el toque impresionista, y algo expresionista, que algunos críticos de arte habían visto en su obra.
Yo solo veía la fuerza, la rabia, de ese mar contra las rocas. Le pregunté sobre ello. Sin contestarme, siguió con los críticos. Miré el cuadro alejándome un poco a la izquierda. En segundos, atrapé el significado simbólico. Trascendía detrás de esa luz sobre la ola más cercana; la espuma tan blanca. Reflejaba la lucha de dos poderes. Aunque uno de ellos fuese desgastando, poco a poco, al otro, y pareciese el más fuerte, no lo era, porque roca y mar eran la misma cosa; el hombre luchando contra la sinrazón de su propia existencia. Xaime me contaba cuanto tardó en pintarlo, la vida tan dura del artista. La «náusea» nos acechaba, pensé, sin poder escapar, porque formábamos parte de ella; nosotros éramos la «náusea». Me acordé de Kafka, de ese pobre K. de El proceso, que éramos todos nosotros, buscando una explicación en un mundo inexplicable. Me vi formando parte de ese mar y esas rocas. Nada se podía hacer. El mar era la humanidad luchando contra un muro; su propia existencia.
«Hay pocos genios», continuó, mientras yo me imaginaba a Van Gogh, saliendo de madrugada al campo, con sus lienzos volteados por el aire, y a Kafka, de regreso del trabajo, escribiendo en una mesa pequeña frente a una pared gris.
Salí de allí con la sensación de que el descubrimiento de ese acantilado alegórico no podía revelarlo a nadie. Sería como destapar una olla exprés antes de que se enfriase. Sufriré por todos, me dije, sonriendo a San Manuel.



ÁNGEL BALZARINO

Nació el 4 de agosto de 1943 en Villa Trinidad (Provincia de Santa Fe), Argentina. Desde 1956 reside en Rafaela (Santa Fe).
Posee estudios contables e impositivos. Ha publicado trece libros de cuentos y cuatro novelas.
Varios de sus trabajos figuran en antologías editadas en Argentina y en Estados Unidos, México, Reino Unido, entre otros países.
Obtuvo numerosas distinciones, entre otras Fondo Editorial años 1986-1995-1996 de la Municipalidad de Rafaela, Faja de Honor 1996 y 1998” de la Asociación Santafesina de Escritores, Premio Provincial Alcides Greca 2014 del Ministerio de Innovación y Cultura de Santa Fe.
Algunas de sus obras:
Libros de cuentos: El hombre que tenía miedo (Rafaela, ERA, 1974), Albertina lo llama, señor Proust (Rafaela, edición de autor, 1979), La visita del general (Rafaela, ERA, 1981), Las otras manos (Rafaela, Fondo Editorial Municipal, 1987), La casa y el exilio (Santa Fe, Sudamérica, 1994), Hombres y hazañas (Rafaela, Fondo Editorial Municipal, 1995), Mariel entre nosotros (El francotirador, 1998), Antes del primer grito (Rafaela, edición de autor, 2003).
Novelas: Cenizas del roble (Rafaela, ERA, 1985), Horizontes en el viento (Rafaela, edición de autor, 1989), Territorio de sombras y esplendor (Rafaela, Fondo Editorial Municipal, 1997), Con las manos atadas (Rafaela, La Opinión, 2004).


APENAS UN SUEÑO
Ángel Balzarino ©

Creyó que una aguja le perforaba los oídos al percibir el gemido. Repentino. Desvaneciendo la frágil quietud de la casa. Haciéndole tomar conciencia de que él aún estaba allí, petrificado en la cama que compartían desde hacía cuarenta y tres años, solo capaz de efectuar esos esporádicos y lacerantes sonidos no solo para exteriorizar el dolor y dar un fugaz signo de vida, sino también para recordarle, con el vigor de una feroz puñalada, que debía cumplir la tarea de cuidarlo. Una obligación asumida por imperio del amor, de la feliz y armónica convivencia de tanto tiempo, de la íntima necesidad de tenerlo cerca y negarse a la impiadosa y cruel decisión de confinarlo a la pieza de un hospital, a merced de manos extrañas y sin duda indiferentes. Desde hacía nueve meses, cuando el diagnóstico resultó incuestionable.
No supo cuánto tiempo permaneció rígida, desprovista de voluntad o deseo para realizar cualquier gesto, hasta aferrar una de las canillas y abrirla, ansiosa y con brusca violencia, para que la irrupción del agua cada vez más fría tuviera la virtud de despejarla. Cuando ya no pudo contener el temblor, cerró las canillas. Será muy rápido. Le aseguro que no sentirá ningún dolor. Mientras se refregaba la toalla para devolverle el calor a su cuerpo, se vio acosada de nuevo por las palabras del doctor Panizza cuando, tres días atrás, en una actitud de caridad y ternura al notarla tan deteriorada —curvado el cuerpo, la mirada sin brillo, la ropa arrugada y bastante sucia—, le entregó un pequeño frasco. No puede seguir así, Aurora. Se lo digo como amigo, más que como médico. Si no quiere internarlo y dejar que otras personas se ocupen de él, tal vez lo mejor es buscar otra alternativa. Y antes de efectuar un gesto o pronunciar una palabra —había llegado a un punto en que parecía incapaz de cualquier reacción, por obra del agotamiento o la desesperanza o una invencible apatía—, le colocó un frasco en una mano y, por unos segundos, sin duda para evitar el rechazo, la obligó a mantenerla fuertemente cerrada. Piénselo. Es una decisión que debe tomar usted. Y desde entonces, ante el dilema más intrincado, se debatió sin tregua entre el desconcierto, la duda y un ineludible acceso de culpa.
Abandonó el baño sin vestirse, no por la premura impuesta por el desgarrante clamor, sino por el desdén sobre todo lo referido a su arreglo personal. El hecho de vivir abroquelada en la casa, la libraba de miradas indiscretas. Junto a la puerta del dormitorio se detuvo. Necesitó apoyarse en el marco, algo mareada y sin fuerzas para dar un paso más, vulnerada por la habitual pero ya intolerable visión ofrecida por él: los brazos moviéndose en gestos distorsionados; la cabeza hundida en la almohada; un hilo de saliva escurriéndose por la boca desdentada; el quejido monocorde quebrado, de tanto en tanto, por gritos lacerantes. Sí. Ahora soy la única que puede acabar con esto. Sobrecogida por la responsabilidad impuesta por la sugerencia del doctor Panizza, no lograba desechar los escrúpulos, sobre todo porque se había impuesto el propósito de preservar —sin el frenesí de la pasión y tratando de eludir los estragos de la enfermedad— a través de una caricia, algún beso fugaz o la mera compañía, un hálito del amor que habían compartido durante tanto tiempo.
Pero ya le resultaba difícil lograrlo. Minada por el cansancio. Invencible. Visceral. Quitándole el afán para seguir luchando o alentar un furtivo soplo de esperanza. Incapaz de superar el instintivo rechazo de acostarse con él, pues la cama había dejado de ser el preciado territorio donde encontraron siempre el modo no solo de obtener una necesaria tregua o reposo a la jornada diaria sino más bien para prodigarse las confidencias que alimentaban el clima de intimidad, urdir proyectos y sobre todo, cuando la ausencia de hijos hizo crecer el sentido del desamparo, relegar por algunos momentos, en la embriaguez del placer, el asedio de la temida soledad. Por eso, las últimas noches se limitó a permanecer recostada en un sofá, sin ánimo o energías para hacer otra cosa que observar, en una casi alucinada vigilia, al hombre que, apresado por el dolor excluyente, ya no la reconocía ni podía responder a cualquiera de sus requerimientos.
La única salida. Tal vez no tenga sentido desear o esperar otra cosa. De pronto creyó vislumbrar una luz esclarecedora. Dio unos pasos hasta la pequeña mesa atiborrada de cajas y frascos de remedios. A lo largo de los meses llegaron a resultarle tan familiares que sabía de memoria el grado de eficacia y el momento de utilizarlos. Sin vacilar aferró uno: el último frasco que le había dado el doctor Panizza. Sí. Apenas un sueño. Profundo. Liberador. Desenroscó la tapa y vertió el líquido en un vaso. Después, sosteniéndolo con las dos manos en un gesto de extremo cuidado, temiendo que se le cayera, se dio vuelta y caminó hacia la cama. Por unos segundos observó el cuerpo. Tembloroso y jadeante entre las cobijas desordenadas.
Entonces llevó el vaso a los labios. Y bebió el líquido marrón. De un solo trago.


REGLAS PARA UN CRIMEN PERFECTO
Ángel Balzarino ©

Antes de terminar la película, abandonó la sala. El cuerpo sacudido por una fogosa impaciencia: esa noche debía llevar a cabo su plan. Los meses de espera y morosa elaboración y odio acumulado, se desvanecieron en la urgente necesidad de actuar.
Sí. Ahora. Mientras caminaba rápidamente, el señor Matosas casi paladeaba el inefable sabor del triunfo al tener la oportunidad de acabar, limpia y definitivamente, con ellos. Cuatro meses atrás había descubierto el engaño, la burla, el hecho que lo convirtió en un simple títere. Primero fueron los rumores, cargados de cierta subterránea intención; después la confidencia de algunos amigos; y por último, la fría y rotunda comprobación que tuvo el carácter de un estigma abrumador: su mujer tenía un amante.
Le costó admitirlo, superar los primeros instantes de furor y enceguecimiento al descubrir que la felicidad compartida durante casi diez años había sido aparente, cubierta por un frágil cristal. Por fin, desechando la idea de cometer un acto impulsivo que iba a provocar el arrepentimiento o lo colocaría en una postura ridícula, se dedicó a proyectar una recia venganza. Resolvió que debía consumarla de manera impecable, casi aséptica, sin que afectara el normal desarrollo de su vida.
Entonces comenzó a ver filmes. Con avidez observaba las carteleras, a la búsqueda de aquellas obras que trataran asuntos policiales. Y cada noche lograba internarse en la piel de algún personaje torturado, sometido a una extrema presión o dolor, que solo a través del asesinato encontraba un cauce liberador. Profundamente abstraído participaba de las diversas circunstancias que enfrentaba el personaje para superar el conflicto. Sentía especial interés por aquellas historias similares a la que de improviso le tocaba protagonizar a él. Por eso, en el correr de los días, mientras realizaba las cosas habituales —trabajar en la oficina, reunirse con los amigos, permanecer al lado de ella—, minuciosamente procuraba seleccionar las mejores sugerencias para resolver su problema. Así, incentivado por tantas obras, fue urdiendo el plan para vengarse, los detalles del crimen, la coartada que le permitiría quedar inmune y tranquilo.
Ahora el señor Matosas tenía todo perfectamente claro. Esa noche iba a cometer el acto que cerraría la trama laboriosamente preparada. A media cuadra de la casa, se detuvo. En una ráfaga turbadora, los imaginó allí, amándose, como otras noches. Comprendió que por última vez lo asaltaría esa visión. Introdujo la mano en el bolsillo y con ansiedad aferró la diminuta pistola.
Después, decididamente reanudó la marcha.
—¡Ya está! La voz de él tuvo un acento triunfal, el rostro desafiante, la mano derecha sosteniendo con firmeza el puñal. Todavía algo conmovida por lo ocurrido, la señora Matosas mantuvo los ojos fijos en el cuerpo de su marido, tieso, semejante a una masa ajena y sin valor.
—Hay que hacerlo desaparecer.
—Sí —repuso él—. Debemos cumplir las instrucciones y no habrá problemas.
Y mientras rogaba que fuera así, ella observó la mesa donde estaba el libro que en las últimas semanas habían releído con verdadera pasión: las Obras Completas de Edgar Allan Poe.



IHOSVANY HERNÁNDEZ GONZÁLEZ

(Ciudad de la Habana, Cuba, 1974) Hizo estudios de historia en la Universidad de la Habana. Desde el 2004 reside en Montreal, Canadá. En el 2011 publica su poemario Verdades que el tiempo ignora, editorial Linden Lane Press (Estados Unidos). Es ganador de algunos premios literarios, entre los que destaca el Primer Premio del concurso de cuentos “Nuestra Palabra” (Canadá, 2010), el de Reseña Literaria Azafrán y Cinabrio ediciones (México, 2008), y el Segundo Premio de la categoría cuento del evento Tendiendo Puentes convocado por la Universidad de Toronto (Canadá, 2005). Sus poemas aparecen en antologías de España, Estados Unidos, y Canadá. En 2015 publicó su poemario El equilibrio de las cosas (ISBN 978-1507632550).
Más obras de este escritor en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 59:



DESDE UN MENSAJE EN CIFRAS, EL MUNDO
Ihosvany Hernández González ©

Poema desde un diciembre
hay días en que Dios llega sorpresivo y deja un mensaje en cifras sobre la mesa
(contra la rigor del mundo ganas unas palabras a tu favor)
el viento cruza el rostro perfectamente animado y la luz del sol
comienza a ejecutar su tecnología aprendida

ahora sientes que la vida te ofrece un lado magnánimo
un instante de apertura a la gratificación
pero el desenlace no es éste
en el silencio de los paseantes
algo esconderá la caridad del ímpetu a ser otro
desde este mismo sendero

el misterio ha sido siempre contrarrestar la intransigencia
por esos corredores donde la vida ofrece una señal a cada instante
una entrega
hacia los verdaderos aciertos que el mismo vivir implica

hay días en que Dios aparece y sorpresivo
deja una señal en cifras sobre la mesa
(cada momento lleva un atajo para llegar al infinito)
saber amar los instantes requiere de un entrenamiento que sólo el tiempo muestra

hay días en que sabemos
que aparecerá un mensaje presto a ser comedido
en su credencial para traspasar el error que a ratos la existencia depara
(en su corazón, el mundo transita de un estado a otro) hasta encontrar ese signo
sabemos que existe en cualquier forma y duración
sobre cualquier situación perentoria
y preña de sueños la escaramuza sublime entre el ser y el estar
y amar se convierte en una actitud tan plena
como escribir unos versos para hablar de ese instante en que nos descubrimos diferentes
ante la simple cotidianidad de un nuevo día.


NOCTURNO INMEDIATO
Ihosvany Hernández González ©

Premeditaciones
si en la noche el cuerpo del amor se reduce a un espacio limitado
si apenas logras conseguir un tributo al olvido
y el silencio cunde toda una atmósfera delirante e inaccesible
en donde habitar la sala ya no será sagrado como antes
si el libro que te acompaña no te parece apropiado para seguir en su recorrido
porque es otro el interés que siembra penitencias
y el rumbo que le das a la vida se curva
en lo que consideraste evidente e inflexible
si al abrir la puerta la ciudad te resulta más quieta que de costumbre
allí donde sólo montículos de nieve sepultan el camino
y en el oprobio de esa ausencia hay algo que te hace detenerte a pensar en lo inmediato
pero lo inmediato (te has dicho)
se disipa en su acelerada fuga a la nada
y prefieres dialogar del tufo pestilente que el corazón exhalaba esta misma mañana
y no existe algo que te produzca más placer
que el sentido de escribir algún verso
a lo inexistente en tu patria hecha a montones de metáforas
entonces
acompaña el ritual y conversa con tu otro yo
y redacta este poema aunque te resulte inútil, redáctalo
para cubrir esta misma página
en paz contigo mismo
a mitad de la noche
y para tu propio bien
redáctalo
porque no habrá otra salida más plena
que la de convencerte por ti
de la utilidad de prescindir de lo perdido.


DESDE OTRO RETORNO
Ihosvany Hernández González ©

esperanza mínima / paisaje idéntico (el de siempre)
jóvenes pasados por el barbero
estándar tercermundista
ignorancia ajena / vida actual
día de sol y acumulación de errores
falsificación de ideas
solución intemporal
puesta de sol
propuesta
paisaje isleño bruñido de un largo y demorado adiós
a la madre / al padre
la vida cuece sus peces en la sal que falta en las bodegas
paisaje de prostitutas y melancólicos borrachos
trovadores olvidados en plena calle
solución impersonal
venta de cerveza en la Calzada de Infanta
cabeza reclinada en el puño de Dios.
  


DIANA DECUNTO

Argentina (nacida en Uruguay) y residente en la ciudad de Buenos Aires. Colabora con diversas páginas literarias en la web. Ha realizado cursos de arte, incluyendo teatro. Conduce programas radiales en los que se difunden  actividades culturales: literatura, cine, teatro, etc.
Tiene publicada una obra teatral en colaboración con Héctor y Alicia Zabala: Diván en crisis (eBook Argentino, ISBN 978-987-648-150-2). Ver: https://www.amazon.com/s/ref=nb_sb_noss?url=search-alias%3Ddigital-text&field-keywords=h%C3%A9ctor+zabala
Posee además varias obras literarias propias sin editar.
Licenciada en sistema por la Universidad Católica de Salta, especializada en sistemas bancarios.
Actualmente columnista del programa de radio “La Feria Fantasma” en radio Lexia: https://www.facebook.com/LaFeriaFantasma/
2018 (enero): Recitado poesías, invitada por  Bleh Nights, en Dr. Malatesta. https://www.youtube.com/watch?v=gD6z1YMt5nU
2017-2018: Colaboradora del blog La Butaca web, con comentarios de cine y teatro. https://labutacaweb.com/
2017: Conductora del programa de radio “Consignas de radio” en radio Lexia https://www.facebook.com/por.AmoralArteenRadio/
2016-2017: Coconductora del programa de radio “La Feria Fantasma” en radio Lexia https://www.facebook.com/LaFeriaFantasma/
2016 – Columnista junto a Alicia Zabala del programa de radio Literatura y Plus en FM Tribunales https://www.facebook.com/LiteraturayPlus/
Entrevistas culturales:
Publicación en Internet http://www.textale.com/anahidec/

Más sobre su biografía y obras en los Suplementos:



NIÑEZ PERDIDA
Diana Decunto ©


Te lo suplico,
no trates de explicarme,
lo inexplicable.
Basta de pretender
justificar lo injustificable.

La foto del niño
lacerado,
recorre el mundo.

La metralla de la guerra
mató a la infancia.
El diario
dice: Niñez perdida.
¡Es mentira!
Nada has aprendido
de las guerras.
Por favor no nos engañemos,
es: Humanidad perdida.

En el fragor de la batalla
hay dos trincheras
una línea que separa
buenos de malos,
justos de injustos.

La guerra
empuña el arma,
la humanidad
dispara.

Todos hacen
oído sordo
al grito de guerra,
miran para otro lado.
No digas periodista:
Niñez perdida.

No quiero escucharte.
No pretendas convencerme:
El culpable es el invasor
El cruel es el enemigo
El simpatizante es infiel
El insurrecto no tiene piedad
El pecador no tiene redención
El rebelde solo sabe traición.

La humanidad
arrastra vergüenza.
Nadie curará
las heridas de la inocencia.

Humanidad enloquecida
apuntas al corazón del niño
disparas con la ballesta
para quitar vida.
Después te disfrazas
con máscaras de
angustia y llanto.
Nunca cumples.
Pero prometes
Nunca más
Habrá guerras

Apártate de mi vista.
No me molestes.
Siembro semillas
apostando a la vida.


MENÚ A LA CARTA
Diana Decunto ©

La miró a los ojos, pausadamente y le dijo: “desde que te conocí perdí la felicidad”.
Transcurrió un minuto de silencio, el mismo tiempo que se pide para rezar por un muerto.
Esa frase había estado dando vueltas hasta que al final había encontrado la luz, luego de franquear muchas barreras: “mejor no lo digas”, “no, no, callate”.
Las neuronas necesitaban un minuto para oír la frase, entender el significado y dar una respuesta.
Ella pestañeó nerviosa, agachó la cabeza, mirando al suelo, arqueó para arriba las cejas, arrugó la frente, los labios. Se quedaron pensando.
Mientras tanto, él tarareaba con los dedos una canción, hasta que una gota de sudor se deslizó por la frente.
Ella, con el cuchillo, pintó de manteca una tostada. Y dijo “¡qué suerte! Ya sé que voy a comer, una suprema a la Maryland”.


MADRE
Diana Decunto ©

MADRE: Arturo, ¿dónde estoy? ¿Adónde me trajiste?
ARTURO: A la radio, mamá... ¡Te tienen que conocer!
MADRE: ¿Cómo me dejé arrastrar por vos? ¡Es una locura!
ARTURO: Mamá, te tienen que conocer... Tengo un programa de radio y tenés la posibilidad de que te conozcan.
MADRE: Vos te volviste completamente loco. ¿Cómo exponés así a tu madre?
ARTURO: Mamá…, el programa es corto, dura una hora.
MADRE: ¿No te da vergüenza exponer así a tu madre?
ARTURO: No la expongo, la divulgo.
MADRE: ¿Para qué me querés divulgar?
ARTURO: ¡Eh! Bueno... bueno... ¿Qué pasó? ¿Te estás haciendo periodista? ¿Qué, cuándo, por qué, dónde, cómo, quién?
MADRE: ¿Te estas burlando de mí?
ARTURO: Ma, ¿no irás a ser periodista deportiva o peor... política?
MADRE: Decime, nene, ¿qué querés divulgar?
ARTURO: Lo maravillosa que sos. Sos la mejor mamá del mundo.
MADRE: Está muy trillado. Eso ya lo dice la publicidad.
MADRE: ¿No tenés miedo que tus compañeros se burlen diciendo que tenés el complejo de Edipo?
ARTURO: No pueden, aunque quisieran. Porque ellos tienen el complejo del celular.
MADRE: ¡Nene! ¿Vos estás bien? ¿Por qué?
ARTURO: Los celulares son como las madres. Las madres pasan la aspiradora en el momento más inoportuno. Los celulares suenan en el peor momento.
MADRE: ¡Nene!
ARTURO: Las madres hablan mucho todo el tiempo. Los whatsapps conversan mucho.
MADRE: Nene, ¿qué es esa luz roja?
ARTURO: Estamos al aire
ARTURO: “Querida audiencia, muy buenas tardes. En este programa tan especial de domingo, festejando el día de la madre... Un saludo especial para todas las madres.”
ARTURO: “En mi caso, un recuerdo enorme a mi vieja donde quieras que estés”. Te quiero: MAMÁ.
  


POMPEYO PÉREZ DÍAZ

Nació en Santa Cruz de Tenerife (Canarias), España. Músico de sólida formación, es guitarrista y profesor del área de musicología en la Universidad de La Laguna. Asimismo es licenciado en psicología. Ha publicado libros y artículos de marco académico, pero ello ya sale del contexto literario. Su acercamiento a la poesía fue muy temprano, y obtuvo el premio Félix Francisco Casanova para jóvenes autores por Once poemas y el Ciudad de La Laguna por Terciopelo y fascinación. De cualquier modo, prefiere remitir únicamente a la versión revisada de este último (Madrid, Libros del Luthier, 2014). Ha publicado relato y ensayo, también es autor de algunos guiones de cortometraje.
En alguna parte escribió: “Básicamente solo quedan la búsqueda del encanto como único valor permanente y el hastío como preámbulo de lo inevitable”.
Su última obra poética es Las presencias (León, Ediciones Hontanar, 2017), de la que transcribimos cuatro poemas. Alberto Ávila Salazar evaluó esta obra, en la revista Leer, en estos términos: “La poesía no solamente se construye a sí misma, a veces se necesitan pistas para indagar sobre ella y hacerse una composición del lugar del terreno que pisamos cuando tratamos de hacer nuestro un poemario. En Las presencias se intuyen cadencias y melodías nocturnas, intimidades musicales que se erigen en torno a un edificio de referencias literarias. Pompeyo Pérez Díaz nos abre rendijas por la que asomarnos a un universo de fantasmas casi sólidos, que saltan de la página como las chispas de un fuego y desaparecen como lo hace una pieza musical que ha dejado de sonar. La suya es una poesía  formalmente hermosa y razonablemente libre, consciente de la liviandad de los sueños y los escombros del transcurrir de los días. Piezas como “Línea de sombra”, “Poema del vampiro” o “Una carta de amor” presuponen y referencian universos complejos, y otros como “Tu poema” y “Restos de Gloria” apuestan por una sencillez tan solo aparente. Las presencias es un poemario contenido, alimentado de recuerdos v madrugadas, poderoso cuando se encomienda a oscuras potencias y evocador en su brevedad.”


MI SECRETO
Pompeyo Pérez Díaz ©

Y al fin
tras tantos vagabundeos pálidos
y libros incontables
y embaucadoras partituras
tras todas las botellas
de vinos exquisitos
y todas las risas carnales
todos los juegos oscuros
tan tiernos y extraños
tras contarte   seas quien seas
cómo escribiría
meticulosamente
sobre la curvatura de tu empeine
o el trazo inolvidable de tu cadera
tras todo eso
puedo confesar
como en una cadencia fugaz
seas quien seas
mi gran secreto
mi mayor deseo
deambular lánguidamente
con un hermoso instrumento francés
una Petit Jean L´aîné
o una Etienne La Prevotte
(el cuello envuelto en seda)
atravesar abigarrados salones
con sabor a lilas
pulsar las delicadas cuerdas
de cobre y tripa
y al fin   recreando
(como en un poema)
la sensualidad y la melancolía
ser un guitarrista
en la época de la Guitaromanie


EL OLOR DE LA COMPOTA DE MANZANA CON CANELA
Pompeyo Pérez Díaz ©
Almost Blue.
ELVIS COSTELLO
Me lo dijiste una vez
el olor de la compota de manzana
con canela
es una razón para vivir
y al verte
con uno de esos camisones
blancos   que usas
como de otra época
(aunque cortos)
en mi cocina de pared roja
preparando el café
al observarte   allí inmóvil
bailarina de Degas
descalza preparando
el café en camisón
pensé que ese instante
el tiempo detenido
era como el olor de la compota
de manzana con canela
y te robé una foto
te volviste
posando para otra   sonriente
posición de reposo
y ahora echo de menos
las distintas formas
de tu risa incontenible
que nos hace sentir seres
inmortales el modo en que miras
a tu alrededor la singular
delicadeza de tu pensamiento
tu extravagante manera de hablar
y (tal vez) me inquieta aceptar
que todo cuanto extraño
sea (solamente)
casi tú

y me dijiste una vez
cuánto te gustaba recorrer
con un dedo
cada rincón de mi torso
para ti un perfecto
triángulo invertido
mi forma de andar inconfundible
aguardar con paciente
ternura a que expusiera
alguna de mis ideas absurdas
sobre lo bello y lo efímero
y no puedo olvidar
cómo intuiste   adivinaste
desde el principio   mi sentido
del humor extraño
(lo llamo humor oblicuo)
mi extravagante manera de hablar
todo cuanto crees desear
tanto y que   tal vez
sea (solamente)
casi yo

pero escribimos   nuestros nombres
con tu lápiz de labios
en el libro de visitas
del Museo de Montmartre
y caminamos
entre las flores lascivas
que imaginaba
Robert Mapplethorpe
nos reflejamos en decenas
de cristales   de espejos
bebimos grog y vinos de Borgoña
corrimos hacia aquella crêperie
bajo una tormenta
y ahora inventamos   susurramos
una transición dulce
hacia la nada

recuérdame


LA HUIDA
Pompeyo Pérez Díaz ©

Observo el reflejo en el cristal
de repente mi imagen detenida
y recreo la tarde junto a los espejos
recordando escribir
sobre una máscara de lágrimas espesas
inquieto en el envejecido sofá
de terciopelo que desgrana
los tonos del verde
una vez más el beso del ansia
obsesión esquiva
una y otra vez
el reflejo en el cristal
y la conciencia de lo extraño
deslizándose por las cuerdas
de una guitarra o del archilaúd
sonoridades casi irreales
velando los contornos de la habitación
bellos sonidos
como esos cuerpos desnudos
que a veces contemplo
(no sin cierto asombro)
sobre mi colcha roja
y de repente los describo
como imágenes detenidas
como poemas de carne y alcohol
de sonoridades bellas
aliviando
el impulso de escapar


PARA TODA LA VIDA
Pompeyo Pérez Díaz ©

Qué absurda memoria recreándose
entre irreales sombras que se estiran
qué oscuro silencio qué inmóvil todo
solo momentos recuerdos de una calle
las solitarias horas los versos
los desgarrados sorbos de las copas
                               los delicados besos
qué extrañas cadencias inquietándome
qué invierno qué inmenso temblor de raso
figurando oleadas del malva al negro
qué olor morboso el de aquellos pétalos

                               y es el frío de los cristales rotos
                               la indolente luz en las aceras
                               el efímero descanso de los sueños
                                                la creación amarga
                               qué heladas aristas brillando ahora
                               qué abandonado eco tu recuerdo
                               y el olor de la pintura aquel mes de lluvias
                               la suavidad de tus piernas y tus sábanas
                               el color de bronce de los viejos relatos
                               qué indiferente horror el de mis pasos
                               solo sonidos miradas o palabras
                               como un espejo roto
                                                para toda la vida
  


MARCO RODRIGO RAMOS

Nació en Morón (Provincia de Buenos Aires), Argentina, en 1969. Es docente de escuela primaria y profesor en lengua y literatura. Fundó la revista “Letras Rojas de Moreno” de la que fue director. Colaboró con cuentos, poesías y ensayos en las revistas Mapuche, Redes de Papel, Las Letras, Polígono de Cuentistas y Poetas, Oestiario, Palabras Más, Amaru, La Avispa, Castelar Nuestro Lugar”, diario “La Ciudad” de Avellaneda y diferentes publicaciones en Internet, entre otras en revista y suplemento de Realidades y Ficciones. En 2011 obtuvo el primer premio del concurso “Palabra de Maestro” organizado por la DGCyE de Buenos Aires, consistente en la publicación de cuentos de docentes de la provincia. Logró el segundo premio en el concurso Redes de Papel (2005), una tercera mención en el Concurso Revista Crepúsculo (2010), una mención en el Concurso Literario Municipalidad de Avellaneda (2010) y el primer premio en el I Concurso Literario de la revista “Castelar Nuestro Lugar” (2011). Es músico y se desempeña como bajista de la banda Morel. Está realizando la Licenciatura en Letras.
Más sobre su biografía y obras en:
Revista literaria Realidades y Ficciones Nº 16:
Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 55:



LOS OJOS DEL MINOTAURO
Marcos Rodrigo Ramos ©

Ciudad Verde queda a 600 kilómetros de la Capital, pese a que está pegada al mar nunca pudo desarrollarse del todo como centro turístico. Es por eso que el hotel “Minos” permanecía abierto todo el año con escasísimo hospedaje. La mayor afluencia de gente se daba en el verano y sin embargo jamás llegaba a cubrir un cuarto del total de las habitaciones. Por suerte, lo que sí funcionaba bien era la confitería del hotel, famosos eran sus desayunos con medialunas y dulce de leche casero elaborado por su propietaria, la señorita Liliana.
Ella había heredado el hotel y la escasa afluencia de público la había obligado a vivir prácticamente todo el tiempo allí y no contratar personal de servicio. De joven había demostrado un gran talento para el dibujo y la pintura pero la muerte prematura de sus padres y el ocuparse tanto del hotel le habían hecho olvidar de su vocación. Sola, con treinta y cinco años ya cumplidos, Liliana era de aquellas mujeres de las que cuesta creer que no pueda conseguir novio, no es que no los haya tenido pero nunca le duraban demasiado. No era que se llevara mal con ellos, pero su dedicación exclusiva (y obsesiva) con el hotel hacía fracasar todas sus relaciones. ¿Cómo te vas a casar con un hombre si vivís casada con el hotel? Le había dicho más de uno y ella sabía que tenían razón.
De su vieja vocación le había quedado de recuerdo su último cuadro que había terminado a los veinte años. Era una tela de un metro por un metro en la que había dibujado un minotauro. Sus padres de chica le habían contado la leyenda de aquel ser que vivía encerrado en un laberinto y devoraba los jóvenes que le eran entregados en sacrificio. A pesar de lo que le contaban todos, le costaba ver su maldad, lo imaginaba, lo sentía, triste, único y por ello solo, anhelando la presencia de alguien que fuera como él, de un hermano. Era así entonces que su cuadro no podía reflejar más que esos sentimientos: su minotauro tenía una mirada triste pero a la vez esperanzada y carente de toda maldad, tal como ella lo sentía, tal como ella lo había soñado.
Octubre ese año estaba inusualmente frío. Ese día preparó la habitación para el señor Jorge que se había comunicado con ella la noche anterior haciendo la reserva. Cuando lo vio venir Liliana se dio cuenta que el señor Jorge se parecía a su voz, de traje y medianamente gordo, era un hombre de 43 años que aparentaba más edad de la que tenía. Venía de Buenos Aires. Cortésmente le pidió a Liliana que escribiera sus datos en el libro de huéspedes. Cuando lo firmó se acercó exageradamente a la hoja para firmar. Luego dejó su valija en la habitación y regresó a la confitería a desayunar.
Su hambre era feroz, tomó dos cafés con leche y seis medialunas a las que untó abundante dulce de leche. En su glotonería había hasta placer y eso le gustó a Liliana porque el placer de ese hombre había sido producto de sus propias manos.
—Usted es un ángel.
A Liliana le sorprendió la frase amable, no por la amabilidad en sí, sino porque intuía algo más en esas palabras, en la forma en que las dijo. Fue al verlo a la cara que lo notó, sus ojos la miraban con deseo y a la vez con infinita timidez.
—No quise molestarla —dijo bajando la cabeza.
—No me molestó. Al contrario, hace mucho tiempo que ningún hombre me dice un piropo, así que muchas gracias.
Sonrió complacido, por momentos le pareció que se había puesto colorado. Mientras atendía a las otras mesas, Liliana pensaba que si el minotauro existiera llevaría sus ojos. Antes de retirarse, el señor Jorge se detuvo frente al cuadro y comenzó a mirarlo de cerca, sobre todo la zona del rostro.
—¿Le gusta?
—Si, claro. El viejo Asterión. Sabe, me recuerda a alguien pero no sé a quién.
—Se parece a usted.
—¿Tan feo soy que parezco un animal?
—No diga tonterías. Se parece a usted en los ojos.
—Es cierto, son del mismo color que los míos.
—No, no es sólo eso. Es la expresión.
—Tiene ojos tristes, solitarios, como los míos.
—Tristes, son ojos que esperan a alguien.
—¿A una mujer?
—No. Esperan a un hermano. Ya sé que el mito dice que el minotauro es cruel pero, por más que me esfuerzo, yo no puedo ver maldad en él, por eso lo hice así.
—¿Usted lo pintó?
—Claro, pero fue hace demasiado tiempo. Ya no pinto.
—¿Por qué? Si talento se nota que le sobra.
—No tengo tiempo. Me paso trabajando todos los días en el hotel.
—¿No tiene momentos libres?
—No, porque al hotel puede llegar una persona en cualquier momento.
—Hace mal. Usted tiene un don que tendría que compartir con toda la humanidad.
—Discúlpeme Jorge, tengo que hacer —le dijo Liliana yéndose a su cuarto. Allí se acostó y empezó a llorar. Por un momento sintió odio por ese hombre casi desconocido que le había dicho, quizás, demasiado. Cuando regresó se había retirado dejando la llave sobre el escritorio de la recepción.
En un impulso que hacía mucho no sentía, Liliana tomó una tela y su vieja caja de oleos con unos pinceles. Llamó a su prima para que se encargara del hotel por un tiempo. Fue hasta la habitación más alta, abrió la ventana, desde allí podía ver el mar, entonces se dedicó sólo a pintar, inclusive a la noche no se detuvo para comer o dormir. Al amanecer había terminado su obra.
Ya eran casi las siete, bajó a la recepción y encontró al señor Jorge sentado en la mesa. De buen humor se acercó a saludarlo y llevarle el desayuno.
—Hoy me voy, Liliana. He decidido adelantar mi partida.
—¿Por algo en particular?
—Pensé en nuestra breve discusión de ayer, en que quizás la ofendí con mi impertinencia.
—¿Porque me dijo la verdad? La impertinente fui yo al reaccionar así. ¿Me perdona?
—No tengo nada que perdonar. La veo mejor.
—Gracias a lo que me dijo me di cuenta que en verdad vivía (o mejor dicho) vivo encerrada, pendiente siempre de este hotel, de este trabajo. Me sentía como el minotauro, encerrada en mi laberinto sin poder salir.
—Todos vivimos encerrados en nuestros propios laberintos que vaya a saber Dios quién los construye y quién nos encierra en ellos. Pero siempre es bueno recordar que así como tienen entrada, también tiene salida. Usted ha comenzado a encontrar la salida de su laberinto, no la pierda.
—¿Y usted Jorge?
—Yo también vivo encerrado en mi laberinto, lo malo es que las murallas que me rodean son invisibles, pero a la vez más gruesas. Soy un hombre que no se imagina con mujer e hijos en el futuro y no porque no quiera una familia, pero… Son los muros Liliana.
—Quizás algún día pueda enfrentarlos y así encuentre lo que necesita.
—Seré como el Asterión de su cuadro. Solo, esperando la llegada del otro que lo complete. Solo, pero con esperanza.
—Hay que intentarlo —le dijo Liliana y besó su mejilla.
—El beso de un ángel siempre es un buen motivo para seguir luchando. No creo que nos volvamos a ver, pero esté segura que nunca la voy a olvidar.
—Yo tampoco. Dicen que un amigo es alguien que quiere lo mejor para uno y siempre va con la verdad, así que usted es mi amigo.
—Usted también quiere cosas buenas para mí, así que usted es mi amiga.
—Por supuesto. ¿No va a volver entonces?
—No. Como su Asterión del cuadro, viviré esperando al alma gemela que me libere de este laberinto cruel que es la vida. Creo que es hora de buscar mis maletas. No se preocupe porque voy a despedirme como corresponde antes de irme.
—Lo espero —le dijo Liliana guiñándole un ojo.
A los diez minutos llegó el señor Jorge con sus maletas.
—¿Qué le sucede Liliana? Se nota que está triste. ¿Pasa algo?
—Es que se va un amigo que me importa mucho y sé que nunca va a volver.
—Liliana. Usted vale demasiado, tiene tanto para dar. No llore usted, que lloré el tonto que se va porque no sabe todo lo que se pierde al dejarla. O que llore yo, que la he amado en secreto y, aunque nunca la tuve, también la he perdido.
Liliana se dirigió hasta donde estaba Jorge y lo besó en la boca.
—Que tontos estos dos hombres, él y yo, que somos y no somos el mismo, que teniendo la felicidad al alcance de la mano nos vamos para no volver. Gracias, Liliana, por hacerme feliz.
—Gracias Jorge por ser mi amigo.
—Suyo siempre, Liliana.
En 1942 Jorge Luis Borges escribe el cuento “La casa de Asterion”. En la obra Borges nos muestra un minotauro más bien humano que se siente solo y añora la presencia de un igual a él. Humaniza así lo bestial del mitológico ser. El cuento llevaba una dedicatoria que, más por cuestiones editoriales que por voluntad del autor, fue eliminada del texto impreso.
“Dedicado a Liliana” —decía.


EL ÚLTIMO GIRASOL
Marcos Rodrigo Ramos ©

Alex se separó del resto del grupo y llegó al cuarto que debía inspeccionar. Cuando entró lo sorprendió lo que vio en la pared, un rectángulo de un material duro y dentro de él una especie de tela con lo que presumiblemente era un gráfico o una infografía pero con un diseño que nunca había visto. Casi no tenía líneas, era prácticamente colores rojos mezclados con naranjas y amarillos y a su alrededor líneas curvas como dedos y brazos verdes. Todo parecía estar contenido en un recipiente y dentro de él una palabra: “Vincent”. Ocurrió entonces que cerró los ojos y se vio transportado a otro espacio lleno de colores, de aire fresco y perfumado, de amplitud y libertad, de sol, de una música incomprensible que lo acariciaba. Cuando los abrió estaba llorando. Escaneó la imagen y la envió a la Central. Le ordenaron que se alejara lo más rápido posible. Obedeció pero llamó porque seguía muy conmocionado.
—¿Qué era eso?
—Es una forma de graficación antiquísima llamada “cuadro”.
—¿Graficación de qué?
—No entiendo su pregunta.
—¿Qué eran esos colores?
—Esos eran girasoles.
—¿Qué son los girasoles?
—Son flores.
—¿Qué son las flores?
—Son plantas.
—¿Qué son las plantas?
—Eso que tiene adelante es la graficación de una planta.
—¿Pero entonces es verdad que alguna vez existieron las plantas, las flores, los girasoles en la Tierra?
—Agente, por favor. Son leyendas, cuentos para niños, graficaciones de simples invenciones populares o de algún artista excéntrico. Nunca hubo plantas, ni flores, ni girasoles en este planeta. ¿O acaso usted, sus padres, sus abuelos vieron alguna vez alguna planta?
—No. Tiene razón. ¿Qué quiere que haga?
—Hemos decidido que es mejor que esa infografía, ese cuadro, debe ser destruido de inmediato por el bien de la población. Usted tiene un lanzallamas. Proceda.
—Entendido.
Por más que se ordenó demoler todo el edificio jamás se supo del paradero del agente ni se encontraron restos de la extraña infografía de la que había hablado.



JUAN MANUEL ARAGÓN

El periodista argentino Juan Manuel Aragón ha tenido suerte diversa en los concursos de cuentos en que se ha presentado. Este escritor, nacido en Tucumán en 1959 y residente en Santiago del Estero desde 1970, redactó, en forma sucesiva, un cuento por día para dos de los tres diarios de circulación masiva en la provincia, desde 1999 hasta la fecha. Como es un espacio acotado y para facilitar el trabajo de los diagramadores, los hace de 384 palabras, sin contar título y fecha al pie. Ha pasado como redactor, por todas las secciones del Nuevo Diario: Policiales, Interior, País, Mundo, Política, Gremiales, Educacionales, La Banda, Rurales, Generales. Colaboró con Deportes y fue encargado de los más disímiles suplementos, desde Cultura a Día de la Industria, pasando por Día de la Música y Mujer. Sus escritos han sido publicados en España, Uruguay, Paraguay y periódicos del norte de la Argentina. Es director de la revista de cultura y educación “El punto y la coma”, que circula solamente en papel en Santiago, aunque también trata asuntos del norte, es decir Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca y La Rioja.


ALAMBRADO
Juan Manuel Aragón ©

En una riña de los Galván gané dos mil pesos, apostados a un gallo giro de mi compadre Eudoro. Diga que no lo levantó cuando lo llevaban mal, porque en un final de bandera verde, lo dejó al otro tendido. Ni para sopa serviría. Cosas que pasan, a veces se gana, a veces se pierde. A pesar de que había ganado buena plata, a la postre salí empatado. Eran dos mil pesos de hace cinco años, cuando la plata valía. Ese día los ojos se me escapaban detrás de una morocha, hija de un hermano de Galván, el organizador: la estuve relojeando desde temprano. Según colegí, andaba sola, no tenía novio ni marido dando vueltas ni anillo que lo denunciara. Estuvo atareada todo el día, primero al otro lado de la casa pues ahí se arremolinaba el mujerío preparando las empanadas y el guiso de charqui que servirían a la concurrencia. Temprano nomás, cuando fui a saludar a la dueña de casa, la juné de arriba abajo como para que se diera cuenta. Y se percató nomás. Después, todo el día anduvo dando vueltas entre los reñideros, llevando y trayendo fuentes, acarreando vino y cerveza para la concurrencia. Por ahí, cuando la estaba vichando, uno le tiró un piropo, se sonrió y en una mirada refulgente, meteórica y secretamente fugaz, se dio vuelta para donde yo estaba haciéndome el otro. Me hice el de no darme cuenta. No éramos nada. No iba a meterme en asuntos ajenos.
Cuando la tarde empezó a morir, me recosté en un alambrado mirando el gentío que, a esa hora, se empezaba a dispersar. Siempre me ha gustado participar de toda clase de fiestas, pero mirando el asunto desde afuera, como en un no estar estando. Si se acercan los amigos a conversar, les presto amable atención, sin interrumpirlos y dándoles la razón en todo. Al final quedan satisfechos y se mandan a mudar, dejándome con la mente en blanco, observando los alrededores. En eso estaba, ¿no?, cuando de repente observé que por el otro lado del alambrado en el que estaba apoyado, se acercaba ella, la chica Galván, la morocha que le cuento.
Diga que salí empatado porque gané esos dos mil pesos, si no, todavía estaría pagando en cuotas aquella noche. Un fuego la morocha, le digo.
Sacando un dorado. Puente de la Dormida.


JUANITA
Juan Manuel Aragón ©

En esas horas, todo tiene el sabor de lo urgente, de lo último que vas a hacer en la perra vida, dentro de un rato, a la hora de los pitos, ya no valdrá la pena apurarse, todo estará concluido y habrá que tranquilizarse, con la gente que uno quiere —o más o menos— reunida en la mesa familiar, comiendo en un santiamén lo que a las mujeres de la familia les llevó días de preparación, de planes, de consultas de recetas a último momento, porque nadie sabe si el vitel toné lleva aceitunas y si alguien dice que sí, preguntarle verdes o negras y recuerdas a doña Juanita te fiaba los cohetes, pero solo la primera vez, Pocho, el hijo, era un conocido de siempre, que daba fe de que ibas a pagar, salías a todo escape a vender con tu tablita de “Promoción y oferta” en la que, por las dudas, duplicabas, triplicabas el precio de las baterías, las estrellitas, los cohetes fósforos, los clásicos morteros y los rompeportones, las fiestas de fin de año, se sabe, son para gastar plata, meta sidra, sangría, clericó, bebidas que solamente se toman en ese tiempo cuando para todo es tarde, ha pasado el tiempo y se acabaron las excusas: en enero empiezas de nuevo y te harás los mismos buenos propósitos que el año anterior y que el anterior del anterior, pero no vas a cumplir, simplemente porque te has propuesto algo grande, lo más grande que podrías hacer por vos: ser otro y seguir siendo el mismo que con la primera de todas las compras que le hacías a doña Juanita, empezaba a evolucionar tu negocio, primero comprabas media docena de cajas de baterías y después ya te daban una gruesa cada vez que ibas si al final de cuentas, decías en ese tiempo, lo único que queda es el olor a pólvora, al día siguiente los sánguches tendrán otro gusto al desayunar y solamente recordarás la cara del pobre infeliz que llegó a última hora, cuando no había nadie en la calle, pidiendo que le vendas, que pagaba lo que fuera unos cohetes para los hijos y vos, sabiendo que solucionabas tus problemas con ese solo cliente, se los dabas a precio de costo, casi como un regalo de la puta Navidad.
Trozando el lechón. En el Huaico Hondo.
  


JOSÉ FRANCISCO SASTRE GARCÍA

Nació en San Sebastián (Guipúzcoa), España, en 1966. Desde el principio tuvo una gran inquietud por la lectura, leyendo todo lo que caía en sus manos, desde la literatura infantil y juvenil de la época hasta obras como la Odisea de Homero.
Reside en Valladolid desde 1980. Escribió sus primeros relatos por aquella época, presentándolos a diversos premios sin resultado alguno. Posteriormente le llegaría la afición por R. E. Howard y H. P. Lovecraft de la mano de los cómics de La Espada Salvaje de Conan” y los libros de Alianza Editorial hasta el punto de conseguir la bibliografía casi completa del maestro de Providence y las novelas canónicas del cimmerio publicadas por Fórum.
En estos momentos, su producción literaria abarca prácticamente todos los géneros de la narrativa fantástica: fantasía épica, espada y brujería, intriga-misterio-terror, ciencia ficción, ficción histórica, aventuras, fantasía.
Más sobre su biografía y obras en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 67:



EPITAFIO
José Francisco Sastre García ©

En el principio la tierra era fértil, hermosa, brillante, llena de esplendor… El sol iluminaba un mundo creado para el deleite, un vergel en el que no existía oscuridad alguna; la belleza de las flores tamizaba las grandes praderas con irisado colorido, los densos bosques cubrían gran parte del mundo con un dosel de fresco verdor que protegía a las criaturas que se escondían bajo él, y la nieve adornaba con refulgentes cristales las cimas de las altas montañas donde se reunían los dioses para solazarse en la contemplación de su creación; las bestias, grandes y pequeñas, eran las dueñas de aquel paraíso sin mácula, reinando en la tierra, el aire y el mar majestuosamente. El poder de la palabra divina, de la magia, lo llenaba todo con un refulgente aura, y la magna obra resplandecía bajo un espléndido firmamento azul…
Mas los Antiguos vieron todo aquello y, aun estando complacidos por el luminoso edén que habían creado, encontraron que yacía carente de alma, de una chispa de su eterna sabiduría que impregnara la hermosura del mundo; y así, algún tiempo después de recrearse en sus maravillas, decidieron tomar un pedazo de arcilla y modelar una criatura que poseyese un diminuto fragmento del alma inmortal de los dioses; de esta manera, el Hombre hizo su aparición sobre aquel idílico lugar, hollando con sus pies las tierras que le habían sido concedidas.
Bajo la atenta mirada de sus mentores, la nueva criatura comenzó a caminar sobre el mundo, disfrutando de los frutos de la naturaleza, de la hermosura del azul firmamento, de la vasta inmensidad de la noche y las infinitas estrellas que en ella se manifestaban, rodeando con un manto de luminosidad la pálida luna que parecía vigilarlos, con el corazón lleno de alabanzas a los dioses y a su obra.
Bajo la égida de Aquellos que les habían dado la vida, los hombres comenzaron a descubrir los secretos que yacían escondidos a su alrededor, los inefables tesoros y conocimientos que esperaban tras el velo; y encontraron piedras doradas, plateadas, de múltiples colores y tonalidades, que consideraron hermosas y atesoraron para sí; y así, poco a poco, en el alma de aquellos seres que habían sido puestos en el mundo para glorificar la creación y los creadores, comenzó a aparecer una mancha de oscuridad, un germen de negrura surgido de lo más profundo de las tinieblas, de uno de los Antiguos, que deseaba dar a los hombres libertad para elegir su destino, a pesar de las protestas del resto de los Señores, que deseaban tener sojuzgada a la especie bajo una máscara de luz y belleza.
Y los creados, los Hijos de los dioses, aprendieron a fabricar armas, a cazar, a construir casas cada vez más grandes y hermosas, y se desarrollaron lentamente, hasta que toda la tierra estuvo llena de sus pasos; allá a donde quiera que miraran complacidos los creadores, podían ver la mano del Hombre sobre la naturaleza, domeñándola, mutándola a su antojo, para crear obras tan hermosas como estériles, reflejos de sus orgullosos corazones.
Y aprendieron a traficar con oro y plata, con turquesas, ópalos, amatistas y cornalinas, a intercambiar pieles y rubíes, piedra y zafiro, hierro y coral… Y la mácula del alma crecía y crecía, sin darse ellos cuenta de tamaña desgracia.
Mas los dioses sí veían la tenebrosa sombra que se iba cerniendo desoladoramente sobre aquellas criaturas en las que habían puesto todas sus esperanzas, y decidieron desterrar a Aquél que había osado insuflar en el Hombre aquel signo de negrura, reflejado en el espejo de sus propias obras, hermosas y a la vez carentes de alma, de vida...
Con el tiempo, los hombres crearon grandes civilizaciones por todas partes, poderosas urbes que pretendían rivalizar con la obra de los Antiguos, grandes monumentos que pretendían llegar hasta el lejano firmamento y demostrar que eran sus iguales… Y el trabajo que una vez había sido la gloria del ser humano, se convirtió en ruin tarea, en la esclavitud del ser humano, y las alegrías y goces de los hombres se volvieron sangrientos, crueles…
Llegaron por fin los Jinetes del Odio y el Rencor, y con ellos el poderoso aliento de la Guerra; y el fuego y la muerte se extendieron por todo el mundo, la sangre manó hasta crear ríos que recorrían las urbes derrumbadas, las otrora verdes campiñas, las montañas… Y los alaridos de los moribundos se mezclaron con los gritos de victoria, y los vencedores pisotearon a sus víctimas, destruyendo las antiguas eras de cultura y armonía, de serenidad y paz, de respeto y justicia: donde había habido convivencia, donde la hermandad entre los hombres había sido la señal de los Antiguos, se extendió la lucha entre hermanos por la posesión de tierras y riquezas, por el alcance del poder…
Mas el tiempo pasó, y, de nuevo, regreso la calma al mundo, tras una tempestad de sangre y llamas que había asolado pueblos enteros; y, de nuevo, la calma volvió a reinar, aunque no era real, sino forzada: la tiranía del Miedo y el Terror, oscura, tan negra como el cerrado manto de la noche, se imponía donde hasta aquel momento había brillado la luz del Amor y el Respeto.
De nuevo, las urbes se alzaron majestuosas hacia el cielo, y el Hombre conoció una época como jamás había sido: las riquezas fluían libremente, las razas convivían entre ellas sin rencor alguno, mientras un tiempo dorado se extendía pacíficamente por todas partes. Los dioses caminaban entre sus hijos y les mostraban su error, guiándoles hacia un sendero de luz que les permitiera mantener la gloria alcanzada para toda la eternidad…
Mas éstos, celosos de los Antiguos, orgullosos de su propia sabiduría, no deseaban de sus creadores los conocimientos que éstos les brindaban: oíanles atentamente, para desechar todas aquellas enseñanzas que no se ajustaran a sus propias ambiciones; veíanse solo a sí mismos, contemplábanse en los reflejos cual Narcisos, sin importarles lo más mínimo lo que pudiese ocurrir a su alrededor, y vivían tan solo para satisfacer sus propios apetitos. Nada importaba al Hombre excepto la propia riqueza, el propio poder, y para alcanzarlo llegábase a cualquier extremo, por cruel o sangriento que este fuera…
Una vez más, la mancha oscura en el alma de los hombres creció, y separó a unos de otros, a los mansos de los fieros, a los sabios de los ignorantes; y los que comprendieron huyeron, advertidos por los dioses del enojo que éstos tenían hacia su creación.
Grande fue la cólera de los Antiguos al contemplar el resultado de su obra, al descubrir que el Hombre se había vuelto contra sus creadores; cuando vieron que la antigua armonía se había desvanecido para dejar lugar de nuevo al odio, al rencor, al aislamiento; en su infinita cólera, desbordada ya su misericordia por la copa de la ira que sus hijos habían ido llenando pacientemente, decidieron que habían de ser castigados por sus amargos pecados, y que debían beber del cáliz de la amargura para purgar su desmedido orgullo.
Así, un aciago día, los Señores de la Creación arrebataron una gran estrella del firmamento y la arrojaron sobre el mundo, allá donde ahora solo existe agua, y provocaron una terrible catástrofe que asoló las tierras, hundiendo hasta las más profundas simas del océano los imperios malditos, anegando los pueblos, arrasando todo aquello que encontró en su camino… Grandes lamentos se escucharon aquel nefasto día en que la oscuridad se cernió sobre todos, en que se alzaron nuevas montañas y se crearon nuevos mares, en que los dioses arrancaron de su obra, como la mala hierba del jardín, a todo aquel que había osado alzarse contra sus mandatos…
Tan solo los sabios supieron de aquella hecatombe y fueron capaces de evitarla, subiendo a las más altas montañas, aquellas cubiertas por las nieves eternas en los más remotos confines del mundo, fundando entre ellas un nuevo reino de paz y serenidad, donde la Justicia reinó a lo largo de largas eras…
Y así, lo que fue es, y lo que es, será; y los dioses, hastiados de contemplar el caos que su obra magna, el Hombre, vuelve a desatar sobre la tierra, asolando la naturaleza con el conocimiento prohibido que logró arrebatar a los Antiguos merced al Señor rebelde, destruyéndose unos a otros en una sangrienta vorágine de muerte y desolación, odiándose entre ellos por toda pretensión de riqueza y poder, despreciando aquello que es diferente a ellos, montarán de nuevo en cólera; y el mundo se estremecerá en grandes convulsiones, y el océano recuperará las tierras que le fueron arrebatadas, y las criaturas de la tierra, de los bosques, el agua y el aire, se rebelarán contra sus dominadores…
Pues los hijos de los dioses, en toda su magnífica sabiduría, olvidaron la enseñanza más importante de sus creadores: la armonía y la justicia, sacrificándolas en el altar del poder y la riqueza, entregándolas al más oscuro deseo de las tinieblas, para el eterno tormento del Hombre, un ínfimo e indigno pedazo de arcilla...
  


WALTER HUGO ROTELA GONZÁLEZ

Nació en 1968, en Formosa, Argentina. Hoy reside en Montevideo, Uruguay.
Cursó la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de la República (Udelar), Opción Periodismo - Uruguay (1999-2010). Aprobó las materias introductorias de la Licenciatura en Letras en la Facultad de Humanidades (Udelar) en 2012. En 2014 colaboró con Diario El Mirador de Sudamérica, como corresponsal de Uruguay. Los artículos pueden leerse en http://diarioelmirador.com.ar/author/wrotela
Bibliografía: Huellas de mis pensamientos (cuentos, 2011), Buscando… las llaves, las rutas (novela, 2011), Siete cuentos - Del 2007 al 2008 (cuentos, 2011), Líneas Paralelas - Relato de viaje (2013). Todos en Editorial Bubok: http://pebuwar.bubok.com.ar/
Audios periodísticos y literarios pueden escucharse en: http://www.ivoox.com/escuchar-audios-walter_al_55230_1.html
Olivol y Mundial - Un solo club es un libro de investigación periodística, aún sin publicar. Pueden leerse las diez primeras páginas en: http://es.slideshare.net/WalterRotela/olivol-y-mundial-un-solo-club-pp10



TÚNEL AL OSARIO
Walter Hugo Rotela ©

Caminando por la rambla de Montevideo, un viejo conocido me contó una historia que, al principio me pareció increíble. Esa tarde el sol brindaba su calidez y luz en su mayor esplendor, después de mucho tiempo de días nublados, típicos de invierno.
Mi amigo Rodrigo —de setenta y pico de años— y yo caminábamos de espalda al sol, que bajaba lento detrás de la inasible línea al final del día. A nuestra izquierda la rambla y el movimiento de los autos no invitaban a mirar, en tanto, que a la derecha, el río-mar, las gaviotas revoloteando y los surfistas tomando las pocas olas… sí.
Con lento andar llegamos hasta una zona por donde nunca antes habíamos pasado. Pero Rodrigo, a quien siempre me dirijo como “Don Rodrigo”, cosa que él corrige con tacto:
—Pero Marcos, por favor, no me llames “Don”, si bien soy un veterano, el “Don” está de más. Mucho tiempo hace que nos conocemos y… no da. Yo soy Rodrigo, como tú Marcos. Y no se hable más. Ta.
—Está bien… Rodrigo —contesté, pero rato después se coló el “Don” nuevamente, aunque se perdió entre el ruido de las olas.
Esa tarde, mientras pasábamos frente a lo que parecía una alcantarillado, que venía de debajo de la calle, Rodrigo la señaló.
—Ves esa entrada —dijo.
—Esa salida… dirá —le contesté. Es una alcantarilla.
—No. Te equivocas. Parece una alcantarilla, pero no lo es.
—Si lo dice así… Rodrigo. Le creo.
—No me creas. Te contaré qué es y… algún día, si te pinta, lo investigas. De hacerlo, quizás, pero solo quizás, serás recompensado. Un tesoro, dentro de un viejo maletín de cuero, encerrado en una caja de metal está oculto en la pared, detrás de unos ladrillos puestos de canto, distinto a los otros, a la altura del hombro izquierdo cuando ingresas por aquí, a los ciento tres pasos de esta entrada.
—¿Investigar qué? —pregunté.
—Bueno. Eso que ves no es una alcantarilla. Es un túnel que conecta con el cementerio.
—¿Con el cementerio? —pregunté incrédulo.
—Sí. Específicamente con el osario. Hay doscientos metros de túnel. Y según supe por un viejo camarada, de otros tiempos, de aquellos de militancia, de guerrilla, permanece intacto. Pero él… no sabe del tesoro.
—Pero… ¿un túnel para qué?, si se puede saber.
—Bueno… te diré. Hasta hoy, solo pocas personas conocieron de su existencia. Ni los militares que tienen hasta planos de los viejos túneles de la ciudad de los tiempos de la Colonia saben de éste. Era una vía de escape. Aunque también sirvió para esconderse en días difíciles, en los tiempos de la guerrilla urbana. Esos parecen los túneles de las ratas que ves en la ruta de los accesos a la ciudad. Salen por todas partes de agujeros pequeños y desaparecen en otros, igualmente pequeños.
—Entiendo… pero conecta con un osario ¿no? ¿Para?
—Bueno, en esos tiempos unos muchachos trabajaban en el cementerio y descubrieron que era factible construir un túnel. Pero llevaría tiempo hacerlo. Por ende diseñaron una estrategia interesante. Unos trabajarían de día y otros de noche. Como dos lo hacían de día, uno de ellos se pasó a la noche, con el argumento de que el de la noche estaba solo y temía que un susto le provocara un infarto. Así que uno se pasó a la noche y trabajaron mejor, sin nadie que mirara.
—¿Y el osario… qué fin cumplió?
Don Rodrigo estaba confiándome lo que, por muchos años, había guardado como un secreto de guerra. Mucha agua había pasado desde aquellos días revueltos, de guerrilla, de lucha armada. Excavaciones se estaban realizando en los cuarteles a fin de descubrir los restos de personas enterradas clandestinamente.
Este túnel conectado al osario era algo más que un escondite en tiempos de guerra, algo más que una salida de escape. Adquiría otra significación en estos tiempos. Algo que aún no vislumbraba, ni por asomo.
—El osario —continuó Rodrigo— era un punto muerto, un sitio no frecuentado más que por un par de enterradores, que cada cierto tiempo echaban allí restos de los cajones muy antiguos, los olvidados por familiares o responsables, quizás ancianos que dejaban de pagar por el servicio.
—Era una vía de escape o de escondite, me dijiste, ¿no?, Rodrigo.
—Sí, efectivamente. Nunca sospecharon de este lugar usado como escondite. Y tenía la posibilidad de salida por la playa, tanto como por el cementerio. Algunos camaradas desaparecieron en el cementerio una noche de lluvia o una oscura tarde de invierno, y aparecían aquí en la playa, horas o días después.
—¿Sí?
—Pues sí. Teníamos provisiones para permanecer escondidos por días. Hay unas especies de catacumbas que nadie visita, las que no osan visitar ni siquiera los viejos funcionarios. Por eso fue perfecto, factible de utilizar como escondite.
Don Rodrigo, con la paciencia del hombre maduro, entrado en años, caminaba con andar seguro, firme, lento, mientras relataba viejas anécdotas relacionadas con el túnel al osario. Algunas historias me resultaron hasta risueñas, pero quizás no lo sintieron así los personajes, los protagonistas, los hombres y mujeres que recorrieron aquél túnel en esos tiempos revueltos.
Había algo en la mirada de Rodrigo, no sé qué exactamente, mezcla de nostalgia y cierta insatisfacción, quizás otras cosas. Lo cierto es que parecía que Don Rodrigo necesitaba contarle a alguien su versión de las cosas.
Seguimos caminando mientras con su mano izquierda peinaba sus blancos bigotes y fijaba la vista en un punto lejano del horizonte, en nuestro camino de vuelta. Quizás la misma playa se parecía a un túnel, pero al final se veía un tono rojizo sobre el agua, donde se adivinaba la partida del sol, más allá de la línea.



VÍCTOR ELIGIO GIMÉNEZ

Nacido y residente en la Provincia de Misiones, Argentina. Licenciado en psicología. Narrador y poeta. Autor de los poemarios Existencia (2006) y Profundidades (2012), Editorial Universitaria de la Universidad Nacional de Misiones.
Primer Premio en el Concurso de Poesía “Alberto Szeretter”, SADE - Misiones (SADEM) en el año 2003. Mención de honor en diversos certámenes nacionales literarios. Ha participado en varias publicaciones locales.


VOLVER AL DESORDEN
Víctor Eligio Giménez ©

Realmente es un gusto
volver al desorden de la poesía,
sentir sus colmillos nuevamente,
su voz lacerante tocándome el pecho.
Romper la estructura de razón maciza,
otra vez el hilo delgado y punzante
para el trapecismo ante la pendiente.
Ese abismo mágico que nos reconoce
desde las honduras a través del verso.

Realmente es un gusto
volver a vibrar con el pulso loco
que impone el poema, breve pero intenso,
claro pero oscuro, certero e incierto.
Iniciar caminos sin saber adónde…,
descubrir atajos, irse por los aires,
regresar al centro y tener la dulce
sensación de engaño que se tiene cuando
cierta libertad nos abre una puerta
hacia la belleza.


DICIEMBRE EN MISIONES
Víctor Eligio Giménez ©

El monte revienta su tropical fuego,
las ramas se extienden en tórridas siestas
y los niños salen a jugar con duendes.

Se bebe cerveza cuando cae la noche
(y tereré frío casi todo el día),
la luna se posa y acaricia el río.

Se cultiva el sexo dos horas más tarde,
se despide el año en reunión de amigos,
y no alcanza el níquel para los regalos.

Se aguardan hermanos que una vez partieron
hacia rascacielos que ofrecían futuro,
se rasura el pasto, nos reconocemos.

El calor impío glorifica sombras
y Misiones canta la vida en diciembre
con sus venas rojas y su verde estampa.


TODO DE INTENSIDAD
Víctor Eligio Giménez ©

Podría decir que he vivido todo, más allá de datos cronológicos. Y eso es así dada la hondura con que yo he sentido. He intuido infinidad de horrores, de pérdidas, aun la más común aunque no por ello menos pérdida.
Puedo decir que he intuido en mi alma la tragedia de la existencia. Y en el contraste con los hallazgos, descubrí y extravié la profunda y dolorosa belleza de la vida.
Penetré en las casi treinta clases de noche y me impregné de sus ausencias y de sus eternidades. Lloré con y sin lágrimas por mis muertos, los conseguí vitales y calientes, luego de que el mundo continuara su marcha ya sin ellos.
Pude, en un rapto incronometrable, sentir la intensidad de lo más pleno, de lo más íntegro, de lo cualitativamente inmenso.
Como cualquiera, transité por horas miserables, superfluas, de ordinarias olvidables. Ah, pero esos segundos de inspiración trágica, de conciencia cierta, de vuelo metafísico, esos segundos me permitieron vivir todo, sentir la potencia intangible de la vida, vencer el tiempo y los espacios, proyectarme hacia un encuentro íntimamente universal.
Sí, esa poderosa interioridad es revelación.
Si mañana faltase, sospecho que habrá quienes tengan motivo para añorarme, mas ni siquiera ellos deberían lamentarse porque algo yo no pueda “ver”, ya que no será seguro que no lo haya entrevisto alguna vez.
Acaso si buscaran en mi poesía existencial, en mis desencajados versos; si buscaran minuciosamente, podrían dar con la dimensión de mis vivencias, de mis evocaciones, de mis presagios.
Si al fin mis experiencias se evaporaran conmigo, una prueba del alcance estará escrita.
  


ALEQS GARRIGÓZ

(Puerto Vallarta, México; 1986) Escribe poesía desde los quince años. Publicó su primer libro de poesía en 2003: Abyección. Posteriormente aparecieron La promesa de un poeta (2005; Premio Adalberto Navarro Sánchez), Páginas que caen (2008, 2013; Premio Municipal de Literatura de Guanajuato) y La risa de los imbéciles (2013, Ganadora del I Concurso Internacional de Poesía de Emergente Nauyaca) y El niño que vendió su alma al Diablo (2016). También han sido premiadas sus obras Galería del sueño (Premio Espiral de Poesía 2011, de la UG), En la luz constante del deseo (Premio Espiral de Poesía 2012, de la UG), Despiértame en otro mundo (Mención Honorífica en el I Concurso de Cuento y Poesía de la Universidad Marista de Querétaro, 2013), Penetrado por el amor (Mención Honorífica en el V concurso editorial “El mundo lleva alas”, 2012), Resplandor del oro amanerado (Tercer premio en el VI Concurso Nacional de Poesía María Luisa Moreno, 2014). Ha publicado poemas en medios impresos y electrónicos de México, España, Colombia, Estados Unidos, Colombia, Argentina, Honduras, Perú, Nicaragua, Chile y Suecia. Poemas suyos han sido traducidos a cinco idiomas.
Más sobre su obra en Suplemento de Realidades y Ficciones  Nº 13:
y en Wikipedia:



RESPLANDOR DEL ORO AMANERADO: 4 POEMAS

AMOR NO ES MÁS
Aleqs Garrigóz ©

Tocas mi pecho,
tambor de donde salen notas que te alaban;
y danzo y me arqueo como epiléptico
porque hemos vencido hasta al Diablo.
No más engaños: nosotros somos la única divinidad,
fundada en la esperanza del sexo.

Sin ti la vida es un desperdicio
y los días basura…

Como un cántaro que va a nacer
me moldeo en tus manos.
Soy tierra dócil a tu arado. Y algo arrastra:
tus testículos que pesan en mi conciencia
más que todas las filosofías.

Nueva superficie revelada.
Adentro la raíz oscura
bebiendo secretamente aún del Paraíso
se complace lo mismo. Y el quehacer entrona ademanes:
fábulas del dolor destetado
donde los aljibes prodigan las bebidas suntuosas,
flagelaciones circenses para retratarnos,
cenadurías donde no hay odio,
escusados limpios,
maniqueísmos a la hora de decidir: sí es no y no es sí,
tontería consensual —guerra de almohadas—,
grasa untada en la zona propicia;
simulaciones de boda, violación y canibalismo.

Todo sumado a lo que a media luz nos desmaquilla;
la exacta consecuencia
de arrojar globos con agua desde la azotea a los mojigatos.

El antiguo rumor era cierto:
eres el vasallaje elegido...

Ámame sin preservativos.

Estaré allí el día final.


RELIGIÓN
Aleqs Garrigóz ©

Eres mi dios de metales afilados
y dulces espectáculos al alba,
vigoroso caballo que embiste al viento
y muerde el verano delicioso para compartirlo conmigo.
Encarnación de la saciedad del libertinaje,
falo altísimo, señor por quien me humillo;
te amo hasta la punta más minúscula de tu cuerpo,
hasta el rincón más oscuro...
Semental, rey de mi sangre,
relámpago de verdad en que me reconozco vivo,
dueño al fin de tu látigo y tus admoniciones,
del horno en que arde tu sexo a fuego lento.

Contigo anudo la distancia
y quiebro alfileres de tiempo.
Enciérrame adentro de tu cuerpo
para vivir el trato duro de tus necesidades.
Ténsame como cuerda alrededor tuyo.
Clávame a tus muestrarios dispensadores de prodigios.

Te llevo como una costra
que no puedo removerme sin sangrar.
Creo en ti con ojos vendados, hasta el fin de mis tiempos,
templo de luz en el camino de la prostitución,

fuente de néctares y barnices
que gotea adentro de mí
y hace nacer rosas donde antes hubo ceniza…


PRINCIPIO DEL DISPLACER
Aleqs Garrigóz ©

Qué delicia dormir en tu pecho.
Qué callada sensación despertar en tus brazos,
rosado y tibio por la luz del alba…

Desearía pensar que, cuando estoy contigo,
nada me lastima. Pero pronto me conmuevo y lloro,
porque te amo hasta la tortura:
me extraes los dientes sin anestesia,
amputas mis gónadas con un abrecartas,
pones un bozal en mi hocico para que no pueda quejarme.
Saqueas mi cráneo
para que no deba dejarte…

Como bailarina coja de caja musical,
girando en una pequeña órbita oxidada:
así estoy siendo por ti...
Daños irreversibles me produces.
Mírame adherido a este hábitat disfuncional.
¿Acaso estamos así de separados?

Todo el amor que a ti disparo en defensa propia,
de tu pecho resbala,
indiferente a mi celo y mi capricho.

Orgulloso plancho tus camisas
humedecidas con mis lágrimas,
enjuago tus pies con mis lágrimas,
sacio todos tus impulsos naturales de hombre:
esos que te empujan a penetrar y desgarrar...
No te pido nada a cambio;
solo mirarte mirarme de vez en cuando.

¿Cómo puedes después hacerme a un lado tan así,
como a cabello caído junto al desagüe?

Dime qué sentir.


DEL QUE VINO Y SE FUE SIN AVISO
Aleqs Garrigóz ©

¡Qué lejos estás, alma mía!
Más lejos que la reconciliación con Dios,
y la posibilidad siquiera de levantarme y permanecer de pie,
para beber agua sin ahogarme.

¿Cómo olvidarte ahora, cómo olvidar
esa angustia de saberte tan cerca de mi puerta
y no poder correr a ti en medio de la gente que se espantaba
de mi forma tan animal de besarte,
de esa codicia con que enredaba mis brazos a tu cuello,
de la pistola que no escondías, de tu extranjería
y la chispa de nuestros ojos más viva que cualquier infierno? No.

No puedo cruzar montañas de separación
y arenas alternativamente heladas y quemantes
solo por volver a contar tus cabellos,
cerciorarme de tu comodidad
y ofrecerme para calmar tu sed.

Allí donde las águilas ciernen su rapiña
sobre la soledad del desierto,
allí mi pensamiento va contigo,
viajero que viniste como un torbellino a mi patria
y te llevaste mi paz, mi virginidad...

Si sabias que te irías sin remedio,
¿por qué te empeñaste en enamorarme así,
en sonar engaños de serpiente genital en mi oído?

¡Qué lejos estás, alma mía!
Pero qué cerca, aquí, bienquisto,
en mi mano sobando mis piernas con ardor...

[1] Resplandor del oro amanerado obtuvo el tercer premio en el VI Concurso Nacional de Poesía “María Luisa Moreno”, 2014.




SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 76 – Marzo de 2018 – Año IX
ISSN 2250-5385 – Edición trimestral
Exp. 5347864 del 20/10/2017, Dirección Nacional del Derecho de Autor / República Argentina.

Propietario y Director: Héctor Zabala
Av. Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
Currículo en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 75:
http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com.ar/2017/12/ 




Colaboradores

Corrección general:
Noelia Natalia Barchuk Löwer
Resistencia (Chaco), Argentina
Currículo en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 72:



Ilustración de carátula y emblema:
Mónica Villarreal
Scottsdale (Arizona), Estados Unidos
Monterrey (Nuevo León), México
@mon_villarreal
Currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 17:
http://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com.ar/2014/06/



El listado completo de colaboraciones al Suplemento de REALIDADES Y FICCIONES se encuentra a la derecha del blog bajo el acápite AUTORES.

 @RyFRev Literaria

 @RyF_Supl_Letras

Las opiniones vertidas en los artículos de esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor pertinente.

"Realidades y Ficciones"
Mónica Villarreal (2014)
acrílico y óleo sobre
papel-lienzo, 30 cm x 30 cm