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viernes, 1 de marzo de 2013


SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 56 – Marzo de 2013 – Año IV
ISSN 2250-5385
Inscripción gratuita como LECTOR
si escribe a  zab_he@hotmail.com
indicando nombre y apellido, ciudad y país
(se le avisará cada nuevo número trimestral).

Sumario:
Carlos LÓPEZ DZUR (Puerto Rico – Estados Unidos)
Estela FINCK (Argentina)
Jimena Tierra (España)
Ginna Vanessa PÉREZ NOGUERA (Colombia)
• Graciela GIRÁLDEZ (Argentina – España)
Remisson ANICETO (Brasil)
Joaquín LOURIDO ANDRADE (España)
Diana DECUNTO (Uruguay – Argentina)
Alicia Alejandra ZABALA (Argentina)
Héctor ZABALA (Argentina)



CARLOS LÓPEZ DZUR

Narrador, poeta y filósofo nacido en Puerto Rico y residente en Orange County (California), Estados Unidos. Caribeño, con visión hostosiana y bolivariana, es candidato doctoral en Filosofía Contemporánea en la Universidad de California, Irvine (su biografía completa en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 51 - http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com.ar/2011/12/suplemento-de-realidades-y-ficciones-n.html).
baudelaire1998@yahoo.com


EL SACRÍLEGO *
de Carlos López Dzur ©

Me llamaron el sacrílego / utopizante
y sólo dije, donde se pueda oírseme
clara y poderosamente que el hombre cambia,
así como lenta, gradual y dialécticamente
cambia todo... cambia
la espiga de trigo y cambia
el grano de mostaza.

Cambia el huevo y la gallina que muere,
cambia la vida y continúa en la muerte...
pero me llamaron sacrílego.

Y fue poco lo que dije:
Que las revoluciones son parteros necesarios
y el dolor existe, pero sabio es
por precario y más sabia la alegría
que vence el odio, lo doblega antes
de que se descubra el miedo, la amenaza,
la codicia, la naturaleza amarga.

Dije que el alimento es bello,
siéndolo mucho más porque se ha sufrido
de hambre, o de sed y por falta de abrigo.

Soy injuriado cada vez que subo
a revaluar la esencia de ese dominio
que hoy ví desesperante y definí,
como si fuese adivino:
poder caduco, estéril.

No por siempre llamaré su sociedad
y su dominio, malditos.
Empoderarse es necesario
e imprescindible.


LA BRUJA, TORBELLINO DE LA HISTORIA *
de Carlos López Dzur ©

Me van a proteger, ay carajo, me dijeron,
del torbellino de la historia,
¡ay! porque es violenta y loca la Historia,
el matriarcado recursivo.
Es la bruja Medea, lo nuevo siendo viejo.

Ella fabrica las túnicas de hechizo
y busca un vellocino de oro, y a su amante lo dota
de recursos y lo ama, pero, quiere a su manera
(tuvo un principio, como el huevo que querrá
de su contradicción un gallo germinal,
una célula que produzca lo nuevo,
un pollo piante hasta lo eterno).

Lo que da al esposo, el visible y material mundo
de lo sido y manifiesto, es
por de pronto, poco y desafiante;
Medea, del pensamiento te pasas
al inmundo vitalismo,
y no te quieren.

Una mujer de Creusa te va a dejar
sin unidad y sin desfase;
eres el sacrilegio y la venganza,
lágrima inicial, esencia sin sustancia.

Eres un vientre misterioso, eres vengativa
cuando te vuelves ser, en sentimiento,
ay princesa de Colchis, eres trágica
cuando das en la túnica la quema del Olimpo,
el cambio que es el comienzo
de la terminación de los conflictos.

Tú eres bruja,
cambias, eres torbellino,
eres angustia.

2.

Me van a proteger de lo mágico.
Me van a llamar Jasón,
porque nadie tiene fe;
pero todos tienen ilusiones
de que se pueda reírsete en tu cara,
y mandársete a la porra
con las fuerzas del antihistoricismo.

Y tú, vitalista... ninguna como tú
tan vital y terca, dando hijos
a quien no los ama, matándolos
para que aprenda Jasón a llorarlos.



SOBRE EL HABER NACIDO EN EL MUNDO DEL SUBDESARROLLO *
de Carlos López Dzur ©

... me convencí de que la muerte es buena
(tanto como la vida)
y que en medio de los absolutos
el amor viene y habla y te vincula

... no a estancias metalógicas
del fracaso, la injusticia, el pesimismo,
el relativismo, lo cínico o el darse
a la tragedia como es ésa de sacarse los ojos
para tú mismo hacerte miserable...
sí, ahí sí ... ¿para qué sacarse los ojos
y no ver la luz? ... Sepamos ya
que hay otros que vendrán
y te los sacan cuando eres valiente
o muy débil para combatir solo.
Sacan los ojos
buitres y opresores...

No es mi caso... nací donde me enseñaron
que hay que ser expectante y también sigiloso
ante el tormento irremediable
y el azar traicionero.
«No te castigues tú.
No te apresures a sufrir
por los motivos vanos».

Y todo determinismo nihilista, post-histórico
es motivo vano ante el que se vale al menos
ser estoico y esperar que la fe muestre sus milagros...
Hay que tener cojones de fe,
muchos cojones y no ponerlos todos
en la misma canasta, porque el dizque
patriota de hoy es el cuchillero del mañana
y quien te da una tabla nueva
de valores, posteriormente, con ella
se limpia el culo.

Por eso yo soy amigo de la muerte amistosa
de los días, entendedor de la ruta hacia la Montaña
en la altura... yo nací en lo que llaman Tercer Mundo
(que es el más duro, aislado, menospreciado
de los mundos; pero el mundo que, al final,
se retrercha para no ser la metafísica del Estar)
tan relativo que las palabras Dios / Luz /
Fe / Absoluto / pierdan su sentido,
o se abandone el consuelo, se asesine
la esperanza y nos dejen a todos
colgados de realismo,
clásicamente entendido,
sin ojos, en tragedia.

Tal vez yo jamás, por tan pobre e iletrado
entienda ese realismo y todas las predicaciones
del Siglo de las Luces y la Teoría Revolucionaria.
Pero, desde el Tercer Mundo, donde abundan
torturadores, guerrilleros, truhanes
que son proveedores de droga,
contrainsurgencia, choteo, traiciones,
también están los más heroicos,
unos que tienen fe y enseñan fe.
Son los imprescindibles.

¡Qué maravilloso es, a la postre, haber nacido
en el tercero de los mundos,
en el mundo de los pobres
sin Yo vanidoso, alharaquiento,
en mundo donde no es posible el absoluto-relativo,
lleno de fe en el Estar publicitario.

Por el contrario,
en el canto al verse tirado y jodido
me armo con el evangelio de Lázaro:
«Levántate y anda».

Yo nací en el tercer mundo lazarino,
donde el padre no es pícaro que te encamina
al muro y «rómpete la frente, pendejo».
Claro que acá hay de todo por razón
de necesidad malentendida
cuando no se piensa que es más fuerte
el estoicismo y el amor.

No. El mundo en que nací tiene estoicismo.
Se tiene cierto Séneca interior ultraperspectivista
que dice (tras la estancialidad de esta pobreza real,
otrora diseñada por miles de opresores,
todos traidores sociales de cofraternidad solidaria,
política, utópica, hermanante)
hay un más allá del mundo físico o parafísico,
y una ajena Razón que no se vende,
que es más fiel que las promesas demagógicas
del hombre y... en eso creo: e
n la visión clara de la Fe
y por eso, aunque sólo tengo hambre y miseria,
no me suicido, no me armo de ira
por algo tan transitorio como un pan
o mendrugo, no vendo droga, no me enlisto
en la guinda del ejército; no bebo para olvidar
ni ultrajo mujeres como mi único contento.
No voy por venganza por la historial social
de explotado ejecutando credos de malvivientes.

Yo creo en el que abre los mares muertos
de la Vida, lanzando el rayo desde la zarza ardiente
y en el que mata becerros de oro y mala voluntad
en medio del desierto; me creo el cruzador de ríos,
el hebreo más cabrón y que no adoran ídolos de Asera,
me creo el heredero final de la Patria Verdadera.
La Tierra Santa del Yo social
y sus posibles circunstancias
de plena sustentabilidad.

* Del libro de “Estéticas mostrencas y vitales”.



ESTELA FINCK

Escritora argentina residente en Buenos Aires, Argentina.
Obras publicadas:
Poesía: Humanos (Buenos Aires 1988), Humanos (Buenos Aires 2012 – 2ª edición).
Poesía (compartidas):  Antología para la libertad (Buenos Aires 1985), Veinte poetas rioplatenses contemporáneos (Montevideo 1988), World Poetry (India 1990), World Poetry (India 1991), 100 poetas actuales (Montevideo 1993), World Poetry (Korea 1993), Poet An International Montly (Madras, India, noviembre 1993), World Poetry (India 1994), World poetry (India 1995),.
Narrativa (compartidas): Colección Argentina Todo es Cuento (Buenos Aires 1991)
Distinciones:
• Finalista del concurso nacional de poesía, organizado por el “Ateneo Sagrado Corazón” de Barracas, Buenos Aires, Argentina (1982:); • Mención de Honor en poesía. Concurso organizado por las Universidades Populares Argentinas y Editorial Buenos Aires Poesía (1983); • Segundo Premio Nacional – Cuento libre - Certamen nacional e internacional “Aldo Pedro Alessandri” Centro Numismático y Literario Bartolomé Mitre, Azul, Provincia de Buenos Aires, Argentina (1990); • Diploma Poeta Eminente Internacional, otorgado por la Academia Internacional de Poetas –África-Anglo América-Asia-Europa-Latinoamérica y Oceanía (1991).





HUMANOS  *
de Estela Finck ©

Un duende oscuro, con el nombre de odio,
anda haciendo desastres por el mundo.
Destruye la confianza, tortura la armonía,
y le exige cordura al egoísmo, para pintar
de miedo el rostro de la gente.
Quiere hacer harapos la esperanza.
Humanos… desde lo alto, alguien nos mira,
y nos abre los brazos en súplica de paz.
Es hora de que unamos nuestras manos
y juntos podamos vencer a los mercenarios de la muerte,
que desataron esta absurda desunión entre los hombres,
para pintar de gris el universo
y borrar la paz en nuestra tierra.

* Publicado en World Poetry



FINAL  *
de Estela Finck ©

No sirven tus palabras, no puedo disculparte,
mis ilusiones rotas ya nada pueden darte.
No pretendas ahora regresar a mi mundo
y teñir mi arco iris con tu ser tan oscuro.
No voy a permitirte que destruyas mi vida,
te brindé amor y a cambio, recibí hipocresía.
Seguí por tu camino cargado de rencores
yo grabaré mi lienzo de sentimientos nobles.
No logró tu egoísmo destruir mi esperanza
aunque hayas herido los pliegues de mi alma.
Necesito que sepas... mi Fe aún sigue intacta,
me cerraste las puertas y Dios me abrió una ventana.
Hoy puedo mirar el cielo y jugar con las estrellas
pintar un horizonte lleno de cosas bellas.
Respiro la fragancia de la vida y me embriago de ella.
Quisiste destruirme y ya lo ves... sigo entera.
Tu amor nunca ha existido y el mío fue muriendo
lo mataste poco a poco, lo fuiste destruyendo,
no pueden las cenizas reavivar hoy el fuego
no me sirven retazos...
Quiero un amor entero.

* Publicado en World Poetry (India 1995)



JIMENA TIERRA

Amante de la literatura y licenciada en Derecho por la UAM, Jimena Tierra ha realizado diferentes cursos de especialización en escritura creativa en centros como Escuela de Escritores, talleres Fuentetaja o la UIMP, de la mano de profesores de prestigio como Alberto Olmos (Premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid en 2006 y finalista del Premio Herralde en 1998) o Philip Kerr Premio Internacional de Novela Negra RBA en 2009).


Ha colaborado en la prensa local con diversos artículos de opinión y publicado numerosos relatos cortos en revistas narrativas. Asimismo, ha dirigido algunos espacios socioculturales en Internet y es autora de la novela Equinoccio.
En la actualidad dirige la redacción del blog literario El invierno de las letras y continúa su formación cursando grado en lengua y literatura españolas en la UNED en paralelo a su trabajo como tramitadora en el departamento jurídico de una aseguradora del sector privado.
http://jimenatierraliteratura.blogspot.com.es/


LA HABITACIÓN DE AZÚCAR
de Jimena Tierra ©

Unos tenues rayos de sol se escabulleron entre los barrotes de regaliz. ¡Hora de levantarse! Estela remoloneó bajo la colcha durante unos minutos y apoyó los pies desnudos sobre el suelo de algodón. Percibió en las plantas el habitual cosquilleo y se sonrió. Avanzó hacia el lavabo despacio, tirando del pesado lastre de caramelos que llevaba amarrado a la pierna izquierda. Estaba tan acostumbrada que, de vez en cuando, incluso se comía alguno. Aspiró hondamente el olor a eucalipto que impregnaba la habitación. Se limpió la cara y peinó sus rizos castaños tarareando una alegre melodía.
Frente al espejo, no se reconocía. Se preguntó si alguna vez se había sentido antes así. Escuchó los pasos de la vigilante recorriendo el pasillo, acercándose a la entrada. Su corazón solía sobrecogerse a medida que el sonido se hacía más patente pero, en esta ocasión, permaneció serena. Sacó del cajón de la mesilla el fular de raso y vendó sus ojos hasta que se hizo la noche. Mecánicamente, asió del armario las esposas talladas en fresa y las colocó en sus muñecas con habilidad.
La puerta de menta se abrió con dificultad y una mujer obesa, cubierta por un delantal cuajado de lamparones, entró sujetando una bandeja.
–Buenos días cielo, ¿has dormido bien? –Estela estiró los labios y asintió. Independientemente de la respuesta, la reacción provocada sería la misma–. Aquí tienes zumo de naranja, café con leche y tostadas con mermelada.
Dejó la fuente sobre el escritorio y abrazó fuertemente a Estela oprimiéndola el pecho.
–Voy a cocinar tu plato preferido. Luego bajaré al mercado, ¿quieres algún postre en particular?
–No te molestes, muchas gracias.
–Sabes perfectamente que no es molestia. ¿Te apetece un helado de leche merengada?
No merecía la pena discutir por algo tan trivial. Estela se concentró para no dejar aflorar sus impulsos y murmuró un sobreactuado “me encantaría” mientras la vigilante le correspondía con una hilera de besos sonoros.
–¡Pero qué guapa es mi niña! –Estela odiaba que le llamase “niña” casi tanto como que le pellizcase los carrillos. Se lo había dicho infinidad de veces, pero era una batalla ineluctable–. Hago tu cama en un minuto y me voy a la cocina.
–Puedo hacérmela yo.
–No sabes hacerla bien, cariño. Siempre dejas arrugas en la bajera, luego es muy incómodo dormir en unas sábanas con pliegues.
Estela se apoltronó en el sillón de gelatina mientras escuchaba a la vigilante moverse rápidamente poniendo orden en la habitación. Se regocijó pensando que sería la última vez que le tachaba de inútil.
–Hoy es un día muy especial, ¿lo recuerdas? –los ojos de la vigilante se tornaron vidriosos sin previo aviso–. Hace veintitrés años que nació tu hermano –sacó un pañuelo del bolsillo y enjugó sus lágrimas–. Nunca lo entenderé.
Estela no articuló palabra. Cuando la vigilante dejaba entrever esa expresión maternal solían darle arcadas y tenía que esforzarse por guardar la compostura.
–Si te portas bien, hoy podrás pasear por el resto de la casa, ¿te hace ilusión? –Estela esbozó una sonrisa amarillenta notando cómo le ardían las entrañas.
Esperó a quedarse sola para abrir los grilletes con la llave que guardaba en el joyero y saborear el desayuno, prácticamente helado. Efectivamente, era un día especial. Llevaba meses escarbando en una esquina de la pared de galleta, justo la que estaba detrás del sillón. Por fin, había llegado al exterior. No tenía claro lo que iba a hacer cuando saliese, pero era indefinible la emoción que le imprimía gozar de esa alternativa.
Se preguntaba por qué no lo había hecho antes. Puede que la diferencia estribase en que ahora lo necesitaba.
La mañana transcurrió sin altibajos. La monotonía quedaba rota con el sonido de la aspiradora, el ronroneo del microondas en funcionamiento o la vigilante hablando por teléfono, moviéndose de una a otra habitación. Estela estaba segura de que la echaría de menos. Cuando no oyó más que silencio, arrastró los pasos hasta la puerta y tiró del picaporte de toffee. Estaba cerrada por fuera con pestillo, no le sorprendió. En otras circunstancias habría sufrido un ataque de ansiedad, pero no aquella mañana. Nuevas emociones recorrían su cuerpo impidiéndole pensar en otra cosa que no fuera la libertad aguardando afuera con impaciencia.
La comida no se hizo esperar. Cuando la sombra de la vigilante se marcó tras la puerta, Estela repitió su rutina vendando magistralmente sus ojos y poniéndose las esposas.
–¿Has estudiado algo durante la mañana? –dijo mientras dejaba la fuente sobre el escritorio y abría los cuadernos de notas. Estela recordó el día en que leyó su diario y notó cómo se le aceleraba el pulso. Nunca antes se había sentido tan vulnerable–. ¿Quieres que luego te pregunte la lección?
–No estoy concentrada, me duele un poco la cabeza. Tal vez mañana.
–¿Qué ocurre? ¿No te encuentras bien? –posó su mano callosa en la frente de Estela–. Creo que tienes fiebre, voy a llamar al médico.
–No es necesario, sólo es un poco de jaqueca…
–¡No me digas lo que tengo o no tengo que hacer! –Estela se mordió la lengua con fuerza–. Si esta tarde no se te ha pasado, avisaré al doctor. Y ahora échate la siesta. Te vendrá bien.
Estela devoró ansiosa su última comida en el corredor de la muerte. Cuando saliese aprendería a cocinar. En realidad, tendría que aprenderlo todo desde el principio. Si su hermano lo había conseguido, también lo haría ella.
Al atardecer, los ronquidos de la vigilante tronaron en el dormitorio. Estela se apresuró a retirar el sillón gelatinoso y escarbó un poco más en la pared. Arrodillada, varios metros a lo lejos, pudo ver luz. Su respiración comenzó a agitarse con marcado nerviosismo. Cogió una de las horquillas que sujetaban su cabello y hurgó en la argolla que tenía aferrada al tobillo. Se la había quitado cientos de veces para demostrarse a sí misma que era capaz de hacerlo, pero nunca había permanecido libre más de cinco minutos seguidos. Se sentía incómoda sin ella.
Contempló nostálgica la habitación que había sido testigo exclusivo de sus recuerdos y sueños. Tan perfecta que sería imposible no añorarla desde la lejanía. Se armó de valor y serpenteó a través del túnel ensuciándose con la canela empalagosa, dominada por una extraña fuerza que le impulsaba a vencer su claustrofobia avanzando con decisión. La luz, quería llegar a la luz. Al atravesar el ecuador, la galleta fue mutando a un barro pastoso recorrido por insectos y el dulcísimo hedor se impregnó de humedad. Estela apretó los labios y aligeró el ritmo sirviéndose de todo su cuerpo.
No tardó en alcanzar la meta e incorporarse con dificultad. Se sacudió el camisón y apoyó los pies vírgenes sobre el sucio asfalto. Su corazón palpitó con fuerza al tropezarse con la ciudad en movimiento. Los rascacielos mostraban un cariz luctuoso y solitario vigilándole desde las alturas. El claxon de los coches embotellados era ensordecedor. Los transeúntes clavaban sus miradas en ella analizando su aspecto de arriba abajo. Una bruma sombría y opaca envolvía el cielo y la luz, esa luz que tanto había anhelado, se extinguía progresivamente en un grito sordo de auxilio.
Cerró los ojos, abrió los brazos de par en par y aspiró profundamente el aire polucionado con una sonrisa que irradiaba pureza. Por primera vez tuvo un escalofrío recorriendo su espalda. Eso le gustó.
Su plan sólo llegaba hasta la salida del túnel. Inquieta, miró en derredor y eligió una dirección al azar. Lo más importante era no quedarse parada. Ebria de ilusión no se percató de que, en su primer paso, apoyaba el pie desnudo sobre un montón de cristales rotos. Notó una punzada atravesándola y empezó a sangrar a borbotones. La última vez que le había ocurrido algo similar la vigilante le puso un algodón en el orificio de la nariz, echó su cabeza hacia atrás y le mantuvo un brazo alzado hasta que se cortó la hemorragia. No le dolía tanto como le asustaba.
Calle abajo avanzó de puntillas, apoyándose en todo cuanto tenía a mano para mantener el equilibrio. Los semáforos cambiaban de color constantemente, el pavimento vibraba con el paso del metro subterráneo y nadie se percataba de su dolencia. Empezaba a ahogarse en sus propias lágrimas, todo iba demasiado deprisa y se sentía demasiado frágil. Desesperada, se sentó en uno de los bancos que alineaban la calle. Cubrió sus rodillas ligeramente e intentó imaginar lo que hubiera hecho su hermano en tales circunstancias.
–¿Qué te ha ocurrido? –un hombre de afilado bigote se acercó a ella–. ¿Necesitas ayuda?
Estela se llenó de un fulgor esperanzador y el sonido de su voz se hizo trémolos.
–Haremos una cosa. Tengo en el coche un botiquín de primeros auxilios. No está muy lejos, apóyate en mí.
Recorrieron un par de manzanas hasta llegar al vehículo. Estela se sentó en el asiento del copiloto y él sacó de la guantera un vendaje. Se puso en cuclillas, apoyó el pie en su rodilla y lo comprimió cuidadosamente.
–Es posible que necesite puntos, puedo acercarte al hospital. Me viene de camino.
Estela no sabía cómo darle las gracias. La vigilante siempre andaba diciendo cosas malas de la gente de la ciudad pero, en el fondo, estaba segura de que no era más que un ardid para persuadirle de que no se marchase.

El hombre de afilado bigote acarició su pie con suavidad. Luego deslizó la mano por la pierna, hasta llegar al muslo. Instintivamente, Estela la retiró.
–Vamos, ponte el cinturón –su tono se endureció–. No tardaremos en llegar.
Estela le hizo caso mientras él pasaba por delante del capó y se sentaba a su lado. Echó los pestillos y estiró los labios como una vulgar liga rosa mostrando una hilera de dientes ennegrecidos.
–Hay que tener cuidado, la ciudad no es segura –el vendaje comenzó a empaparse.
No eres de por aquí, ¿tienes familia?
Estela estaba mareada. Susurró un involuntario “sí” y se desorientó.
–Niña, ¿qué es lo que te ocurre? –su aliento apestaba a tabaco.
Quiso pedirle que no le volviese a llamar así, pero no consiguió que las palabras saliesen de sus labios. Sus párpados se cerraban al tiempo que sentía aquella mano templada y sudorosa recorriendo sus muslos. Intentó rogarle que parara, pero no tenía fuerzas para hacerlo. El tirante del camisón se escurría tímidamente por su brazo. Balbuceó que le dejase salir, pero no obtuvo respuesta. La mano se dirigía descontrolada hacia su sexo, le atormentaban los jadeos. Estela tiró de la maneta sin conseguir abrirla. Angustiada, quitó el seguro y abrió la puerta cayendo de rodillas contra el suelo.
–¡Vaya golpe te has dado!, ¿estás bien?
El hombre de afilado bigote se acercó a ella, que no fue capaz de mirarle a los ojos. Balanceándose, se levantó y fue calle arriba todo lo deprisa que pudo. El vendaje del pie goteaba incesante, aunque apenas dolía. El viento gélido introdujo una tormenta furiosa erizándole el vello. Los viandantes abrieron sus paraguas y aceleraron el paso sin reparar en ella. La lluvia se desató iracunda tras un atronador resplandor y adhirió el camisón a su cuerpo como una segunda piel. Sus pezones se marcaron voluptuosamente bajo la seda. Imágenes sin ninguna conexión se le venían a la mente, ¿qué estaba haciendo allí? Puede que su hermano no lo consiguiese. Aún no había anochecido, tal vez tuviese alguna posibilidad.
Esperanzada, emprendió rumbo hacia la hendidura del túnel. El vendaje comenzó a deshacerse, pero no se detuvo. La herida sanaba a medida que introducía el pie en un charco. Los nervios agarrotados se fueron calmando, su cuerpo comenzó a secarse. Al tener de frente la abertura y arrodillarse para entrar, el aguacero cesó drásticamente. No echó la vista atrás. Estaba en casa.



GINNA VANESSA PÉREZ NOGUERA

Nacida en 1995 en Bogotá, Colombia, ciudad donde reside. Estudiante del Liceo Piñeros Cortés, dice escribir hace sólo un par de años y haber encontrado en la poesía una pasión y forma de vida que le permite llegar a quienes más quiere. La poesía se ha convertido en su vida, en su diario vivir y en su anhelo más grande. Planea seguir Literatura o Filosofía y letras.


¿QUÉ NOMBRE LE PONDRÍAS A ESTA PENA?
de Ginna Vanessa Pérez Noguera ©

En tus ojos apagados, aún hay luz,
en tu sonrisa, cual máscara de llanto, existe aún picardía,
en tus manos frágiles, aún hay melodía,
en tus pies, cansados y fatigados, aún hay kilómetros,
en tus labios secos, aún se oculta una palabra inspiradora,
en tu alma, aun quedan aventuras y pasiones,
en tu corazón, cual hermoso capullo de alelí, que en su bondad se sumerge, aún
hay fe de amor por los tuyos, aunque no sean tan propios,
en tu dulce y cálido ser, aún brilla, lo sé perdida en el, la esperanza, la hermosura,
la constancia y el sueño irreal…

Porque tú eres esa fuera creadora y atrayente, que conquista sin cesar almas y
corazones perdidos, caminante incansable, amante de sonrisas, creador,
admirable hombre, verdadero hombre que enseña con el mirar, inspirador y fugaz
rey de paz.
La primavera, el amanecer, la bella rosa, el fruto, la belleza coloquial de un amor y
los excitantes atardeceres, no han de comprarse, en lo más leve y vil, con el
encanto y belleza indescriptible de tu sonrisa… De tu majestuoso ser.

Soñar no cuesta nada… Tan solo la vida misma.

Quienes en su erróneo desengaño y abandono, te han robado una lágrima,
quienes vanos, no creyeron en ti,
quienes no supieron valorar aquel corazón de cristal,
quienes, perdidos, vacíos y frágiles te quebraron el alma
algún mañana, lo digo con el corazón, arrepentidos y con un dolor mortal, sabrán
la gran pérdida del ser más sublime. Habrán algunos, que la ausencia no les
llegue, ni el pequeño recuerdo, pues su inexistencia sentimental los acogió hace
ya mucho.

El tiempo es el. Nadie más.

Hoy, decide sonreír cual día de amor,
hoy, ama sin medida,
hoy, cree en ti, más que en la ilusión,
hoy, juega con la vida, con sus golpes, como en aquellos días de antaño, en los
cuales las melancolías eran desconocidas, y la felicidad era constante,
hoy, camina, solo, por las calles, en los suburbios, encuéntrate a ti mismo, y a tus
respuestas atrapadas,
hoy, haz que tu risa retumbe en la piel,
hoy, conviértete en atrapa-sueños.
(Hoy, mañana, en un año, o en tres tal vez, porque el tiempo siempre es,
descubrirás cientos, miles y millares de verdades ocultas en desconocidos, porque
la vida te sorprenderá, te apuesto la mía, tan triste y engañosa).

¿Qué mejor terapia que el silencio?

Tal vez la vida es amor y odio,
o belleza y espanto,
o sueño y pesadilla,
o alelí y flor marchita.
Tú decides que es.
La más grande alegría es la conquista de un sueño… Imposible al mirar ajeno.
Y si la pena es por un amor,
no lo era, porque amor no es pena,
enamorarás a quien lo merezca y tenga el honor,
vivirás a su lado en velos de caricias,
secará tus lágrimas con besos,
sanará una a una las heridas pasadas, las huellas que creíste imborrables.
Y sabrás, cuando sea el momento de volver a creer y amar a quien velará por tu
felicidad.

La soledad es inmortalidad del alma.

¿Cuántas veces te caíste?
¿Cuántas lágrimas brotaron débiles de tus ojos?
¿Cuántos pedazos de corazón dejaste en cada camino?
¿Cuántos sueños abandonaste?
¿Cuántos besos dejaste de robar?
¿Cuántas ilusiones rotas?
Y ¿Cuántos retos vencidos?
¿Cuántos amores apasionados?
¿Cuántas penas olvidadas?
¿Cuántos sueños cumplidos?

Sabrás que has llegado más lejos que cualquier otro… Que aquel que creíste
vencido.

Pero, ¿Quién soy yo, alma mortal, para escribirte?

¿Quién soy para tener el excitante placer de recordarte en letras?
¿Quién soy para darte en cada letra esperanza?
¿Quién soy, pérdida, para escribirte un par de versos que como fin último tienen la
ilusión de robarte en realidades y sueños una sonrisa y una remembranza?
No soy nadie, ni nunca lo seré. Jamás fui. Jamás seré.

¿Basta decir lo ya nombrado?
¿O será el tiempo, caprichoso cual niño radiante, el qué deba hablar por mí?
Dejemos que el tiempo nos robe la calma.
Y si te escribo es porque lo hago con la vida. Y más que ella.
¿Quién, jamás mi ser, pensó que una melodía podría envolver?
¿Quién pensaría, que aquel personaje y aquel experimento serían una constante
preocupación en mí?

Gracias eternas, no contadas, porque el regalo de una sonrisa vale oro. Es riqueza
inimaginable.

Busco, nada más, robar una sonrisa, y quizá alegrías futuras,
alegrar esa vida,
devolver un poco de vida perdida,
porque no soy, espero ser… Espero ser.
Siempre que exista esa sonrisa, esa radiante y luminosa sonrisa, habrá poesía.
Habrán versos. Habrá lírica e inspiración. De mi parte siempre, siempre.

El error es sabiduría. Es existencia.

Vale mucho tu mirar, para que caris bajo te apagues.
Es riqueza tu corazón, para que desperdiciado en dolor palpite.
Valeroso ser, para que oculte el sol en llanto.
Inmortal legado, para que te aflijas.

Lo único que pido, y anhelo sea cumplido, es que éstas letras jamás sean
borradas, especialmente de tu memoria, de tu recuerdo.
Daría mi vida (y lo estoy haciendo entre dolores) por tener el privilegio de robarte
sonrisas. O recuerdos. O una esperanza para volver a creer y ver el amanecer,
más bello de lo que es.

Y pido a la vida, aún no sé si al destino, que cuando te aflijas, o el dolor trate en
actos viles, penetrar tu ser, recuerdes mis letras, no a mí, porque yo no las escribí,
aunque conscientemente, sé que nada me alegraría más… Recuérdalas a ellas,
que dan un poco de esperanza futura, para que te roben un suspiro de vida.

Recuerda éstas letras, escritas con tinta indeleble, sobre una hoja del alma, que
solo buscaron, en un intento fallido tal vez, llevarte al éxtasis de la vida, para ver
su color rosa, su rosa roja, su rojo amor, su amor fugaz, esa fugaz de la estrella,
esa estrella que roba deseos, esos deseos del alma, alma inmortal.

Escrito con las manos del alma, a aquel soñador incansable.



GRACIELA GIRÁLDEZ

Nació en Buenas Aires, Argentina. Comenzó a escribir a temprana edad relatos sobre temas variados y cuentos infantiles. Hacía de la escritura su divertimento. En la adolescencia se inclinó por la poesía romántica, que acompañaban sus estudios de guitarra y solfeo. Ha contribuido en publicaciones de antologías poéticas y en recitales poéticos como el “X Festival Internacional de Poesía del Moncayo”, realizado por la editorial Olifante. Miembro del GLPI con el que ha contribuido en “Acuarela de pensamientos” (2009), “Raíces” (2010). Miembro de la Asociación Aragonesa de Escritores y la Asociación Literaria Poiesis.

SOÑANDO MIRADA *
de Graciela Giráldez ©

Mirada perdida en una ciudad con trampa, ojos que miran recuerdos que
no llegaron al alma. Busca entre cuerpos ardientes, ilusiones que se
perdieron en las cortinas del alba.

Mendiga te vuelves
de cariño, amor y danza,
tratando de serenar la locura
que tu mirada capta.
Embebida de coraje
ventila memorias del alma.

Clama justicia
clamando calma.
Atraviesa el delirio
irradia esperanza.

Regala ciudad,
sueño que de sus pupilas saltan,
y lo dilata a los pies.
Del que te mira,
del que te escucha
del que te acompaña.

Entregas una ciudad pura, sin hambre y con bonanza.
Donde la soledad es un mito y el amor certeza y confianza.
Donde las fronteras se unen a un cielo infinito,
Donde el arco iris se ciñe como manto de un sueño diáfano.
Donde no hay lugares con trampas pero sí con misterios,
Donde no hay ausencias pero sí hay recuerdos.

Mirada perdida soñemos tu anhelo
Y que levante vuelo el corazón aventurero.
Por que no habrá noche irrepetible
para hace volar los silencios
y las manos unidas… puedan tocar el cielo.

* Del poemario “Entre la utopía y la distopía” (2011)


LA MESITA Y SUS FOTOS
de Graciela Giráldez ©

Día tras día Daniel va a casa de Susana recorriendo esas calles de anchas aceras, donde el sol no logra penetrar por los frondosos árboles que custodian el paisaje.
“Es magnífico ver como en pleno verano y siendo las tres de la tarde por esta calle se respira frescura” pensaba Daniel mientras una pequeña brisa se escurría entre los árboles haciendo temblar sus hojas.
Llegó a casa de Susana como el frescor del día, en su mano derecha un ramo de violetas hacía brillar los ojos azules de Susana. Daniel era su nieto pequeño, venía todas las tardes a compartir sus historias y una taza de té. Con él se sentía escuchada y reconfortada ante la mirada de asombro por sus narraciones.
Hoy Daniel no se sentó como siempre, en el sillón de la derecha, a esperar que su abuela viniera con el té. Fue directamente a una mesita llena de fotos que Susana tiene a un costado del salón, no escondida pero sí alejada del resto de los muebles. Tomó una que llamó su atención, en blanco y negro, desteñida por el tiempo, con bordes blanco y fileteado. Un señor con gafas, vestido de oficial portaba un sombrero rarísimo, observó al detalle sus botas y el uniforme pero no podía reconocer quién era.
Una voz desde la cocina asomó por la puerta diciendo:
–Es Alfonso, un novio que tuve allá… por mi juventud.
“¡Claro como iba a conocerlo!” pensó Daniel, incómodo por haber sido descubierto. Dejó la foto y se sentó en el sofá de la derecha a esperar el té que ya no tardaría.
Al momento, llegó Susana con el té. Humeaba la tetera, las tacitas rechinaban al paso de Susana. La azucarera se deslizaba de un extremo al otro de la bandeja, producto de los temblores que Susana sufría hacía un tiempo. Cuando Daniel vio a su abuela, le tomó las manos y juntos posaron la bandeja sobre la mesa.
Susana sirvió el té mirando por un momento a su nieto y esbozó una sonrisa, le acercó la azucarera para que él se pusiera los terrones que deseaba. Mientras Daniel revolvía el té formando espirales con la cucharilla le preguntó a su abuela:
–¿Cómo lo haces?
–¿El qué? –contestó su abuela.
–El saber donde estoy a cada minuto. Es como si me estuvieras mirando.
–Te conozco más de lo que te imaginas. Aparte, cada lugar de esta casa suena distinto –contestó Susana con una sonrisa.
Daniel bebió un sorbo de té, hecho de finas hebras con un toque de limón, el calor de la infusión entibió sus labios dulcemente y dibujando una sonrisa por la ocurrente respuesta de su abuela, siguió escuchando las historias de las fotos de la mesita.
–Mira –dijo la abuela acercándose a la mesita y tomando la foto de Alfonso–. Por ejemplo esta foto hace ruido a melancolía, Alfonso fue como te dije antes un novio mío, el primero que me besó y fue un beso de despedida porque se fue a la guerra. Esta foto me la mandó desde donde estaba. Ves, Daniel –dijo llamando la atención de su nieto y acercándole la foto–. Esta es la puerta del cuartel donde dormían, tiene una dedicatoria muy bonita que recuerdo como si fuera hoy: “Desde aquí te escribo amada mía, para decirte que el sabor dulce de tu beso lo guardo en mis labios, ansío el regreso para volver a tenerte entre mis brazos, para que mis labios vuelvan a sentir el sabor suave de tu piel” –al terminar colocó la foto en su lugar y miró a su nieto con ojos húmedos de emoción.
–¿Y las demás? –la curiosidad picaba a Daniel por saber el secreto de la mesita.
Observaba a su abuela que estaba parada junto a la ventana y un rayo de sol iluminaba su cara, sus facciones regordetas marcaban el paso del tiempo, su pelo envolvía mágicos recuerdos que de su mente brotaban a medida que Daniel le preguntaba. Sus manos temblorosas y sedosas con leves deformaciones tomaban cada retrato con un cuidado amoroso, hasta que llegó a la última. Miró la foto detenidamente y observó a Daniel que estaba sentado en el sofá semi-recostado con una mano en la barbilla, miró al detalle la postura de su mano, el dedo pulgar sosteniendo la barbilla, el índice jugando con un bigote que Daniel no tenia pero sí tenia el señor de la foto, y el dedo mayor dibujaba la pícara sonrisa que asomaba siempre en los labios de ambos.
Susana no pudo contener las lágrimas que se agolpaban en sus lagrimales por querer salir a mostrar esa pena que su alma escondía. Entre llantos y sonrisas dijo:
–Te pareces mucho a él. Esta última foto suena a amor, pena, tristeza, alegría, abandono, compañía. Suena a muchos sentimientos, que a lo largo de mi vida marcaron mi corazón. Tú, Daniel, te pareces tanto a él. Eres paciente, atento, tus gestos todos me retractan su presencia. La postura de tu mano, el detalle de las violetas de cada día, en fin, puedo seguir relatando las similitudes que tienes con él –colocó el marco en su lugar y secándose las lágrimas se acercó al sofá para beber su té. Se acomodó en él bajo la atenta mirada de su nieto y después de saborear el té, casi frío, como a ella le gustaba. Miró a Daniel a los ojos, que deseosos preguntaban: “¿quién era el señor de esa foto, que tanto amor provocaba en las palabras de su abuela?”
–El señor de la foto es tu abuelo, que murió el mismo día que nació tu padre, al igual que tú, que naciste el mismo día que murió tu padre. ¿Comprendes, Daniel? Tienes muchas cosas en común con tu abuelo, no sólo en lo físico, sino también en las casualidades de la vida, que es tan compleja.
Terminaron el té cuando el reloj cantaba las seis de la tarde. Daniel contento por saber más cosas de su abuela y desvelar el secreto de las fotos de la mesita. Salió de la casa de Susana para volver al otro día, justo a las tres de la tarde, para escuchar otra historia de un rincón de esa casa que sabe a recuerdo.
(Septiembre 2010)



REMISSON ANICETO

Nacido en la pequeña ciudad brasileña de Nova Era, cerca de la Itabira de Carlos Drummond de Andrade, Brasil. Su sueño era un día escalar las montañas para verlo (después de todo, eran vecinos), pero el gran poeta había advertido mucho antes: "Tenía una piedra en medio del camino". Algunos años más tarde (1987), Drummond viajó y nunca reapareció. Remisson escribe cuentos, poemas y reseñas para algunos sitios especializados en literatura y sus textos están en la Revista Internacional de Poesía de Rosario, Revista Partes, Revista Bacamarte, en la web Auténtica Poesía (el verso con rima y medida) y otras.
Ha ganado algunos premios en cuento y poesía. Dirige revista PROTEXTO.



TRANSICIÓN  *
de Remisson Aniceto ©

¡Es tan frío el hueco,  tan oscuro el huerto
donde depositan mi cuerpo doliente!
–¿Cómo el hueco es frío si el cuerpo está muerto?
A partir de ahora sólo el alma siente...

¡Ah! Esta cama tosca donde estoy echado
y este cuarto oscuro y tan bien cerrado.
Quiero levantarme, pero estoy cansado...
¿Que rumor es ese en el cuarto al lado?

Hay un jardín cerca: siento aroma a flores.
Quiero levantarme, pero estoy cansado...
Estoy tan cansado pero sin dolores.
Y el rumor aumenta en el cuarto al lado.

–¡Bajen el cajón!– dice alguno ahora.
¿Quién murió, en tanto estuve durmiendo?
Cercano a la puerta oigo alguien que llora,
lamenta la suerte de quien va partiendo.

Quiero levantarme, con fuerza tamaña
inertes mis manos y mi cuerpo duro.
Reza el sacerdote en una lengua extraña,
mientras quedo preso de este cuarto oscuro.

Va cayendo tierra sobre mi tejado.
Parece que el mundo se está derrumbando...
El aire me falta del cuarto cerrado
y una multitud fuera está llorando.

Siento un temblor leve, un escalofrío...
Casi nada escucho; nada estoy sintiendo.
¿Por qué no me sacan de este cuarto frío?
Alguien murió mientras estuve durmiendo.

¡Es tan frío el hueco, tan oscuro el huerto
donde depositan mi cuerpo doliente!
–¿Cómo el hueco es frío si el cuerpo está muerto?
A partir de ahora sólo el alma siente.
 

JARDÍN  *
de Remisson Aniceto ©

Acerquémonos, pues, Gloria,
en medio del camino,
soñando  nuevos y viejos sueños,
que todavía ellos –los sueños–
no tienen edad ...
Seamos niños en un jardín de rosas
porque quiero quedarme contigo en la tierra
y dar gloria a las otras flores
más pequeñas que tú, querida
y menos bellas.
¡Gloria a ti, Rosa!
Quiero sentir tu perfume,
acariciar tus ramas
y poco a poco llenar
de besos tus hermosos pétalos,
tus ojos, tu pelo,
tu cuerpo,
mi refugio...
Tú y yo,
un jardín de sueños
donde me alimento alimento alimento
con tu aroma de sol y de luna
en el rocío de la mañana...
Y contigo son dulces mis días y mis noches,
dulce mi vida.
¿Sueño?
¿Y por qué, Dios mío, este sueño,
como muchos otros
y para mi mayor gloria,
no puede convertirse en realidad?


ENVOLTURA  *
de Remisson Aniceto ©

¡Idiota! ¿No ves que nada eres?
Apenas fina capa mohosa te protege
de la podredumbre. Gusanos hambrientos te rodean.
¿Ignoras que en un pase mágico, en un segundo apenas
cae por tierra toda la altivez y el bello
papel de regalo revela la fétida masa?
El gusto amargo de la hiel, la visión incierta,
el torcerse de las piernas, el descontrol total…
todo es inevitable!
Cualquier día serás presa fácil:
el tiempo es impiedoso.
El trágico fin no depende de tu voluntad.
La arrogancia que derramas no pasa
de ser faceta inútil de tus diversas fases
vanas y mundanas.
Al sol poniente, el rostro marchito y los huesos corroídos
dolerán más que en aquellos que tuvieron
la precaución y el buen tino de ser
simples y ocultos.
Quedarán tus lindos cabellos…
¿Y qué utilidad tendrán tus cabellos, hilos
huérfanos y subterráneos, dispersos, opacos
sobre los huesos?

* Traducción: Graciela Cariello



JOAQUÍN LOURIDO ANDRADE (QUINO)

Nacido en Cée (La Coruña), reside en Lugo, España. Cursó estudios empresariales de informática y marketing, realizó cursos de psicología del consumo y técnicas de diseño, así como también de arte y mejoras a la literatura, en especial sobre poesía y prosa.
La pasión por escribir le viene de muy niño, además de redactar cartas amorosas en su adolescencia, llegó a publicar numerosos poemas en el Instituto Fernando Blanco de Lema, donde por aquel entonces cursaba. Trabajó en varias empresas importantes, dirigió su propia academia durante cinco años y en la actualidad posee una agencia de publicidad y comunicación, “Adarve Publicistas”. En su tiempo libre, se dedica a escribir, ya sea poemas en prosa o en verso, relatos breves o artículos de opinión para diversas revistas y para la prensa escrita. Su blog, con más de 250 seguidores, tiene registrados unos doscientos poemas y relatos. En el II Certamen Imprimátur de Relato Breve presentó “Montaña Humana”, quedando en el top-30 para ser publicado.
Obras publicadas: “Compañeira da Alma”, poemario en gallego editado por la Excma. Diputación de Lugo; "Danza Poética", poemario escrito en castellano y gallego por la Editorial Punto Rojo.


LOZANÍA ISOTOPAL
de Quino ©

Por un mundo no quisiera,
doncella
repetir con tus labios
una quimera
elegir una obra de tu vida primera;
una pintura en el desierto
o una en el rugir de las olas;
tierra y mar,
como moléculas.

No tengo que recurrir
a los átomos,
ni ver los meandros,
de los ríos de agua tibia;
persisten en isótopos
las blancas colinas;
que en este agreste y celestial
mundo, tú entregas
al lento amanecer,
sin que llegara el día.

Y luego…
Ver que la vida,
es vida plena de colores
y olores; jardines soleados,
diversos lienzos;
cuerpo de mujer,
rosas en el pecho,
hojas infinitas,
órbitas neutrinas.

Tú sabes que aunque somos
de diferentes culturas
nos une, una misma lengua;
El nexo nomenclátor,
perfume de limón en flor
pompas de jabón
como flechas en arco
nos lanzan de Cupido
sin que nos invadan;
las vocecillas y la perfidia.


MUJER DE AGUA Y HOMBRE MONTAÑA
de Quino ©

A una mujer de agua...
puedo pedirle todo o nada
la humedad de sus labios,
las noches de sus sueños,
la mar mágica y embrujada,
la flor escondida
los pétalos copiosos de rocío
o la pleamar salada.

No llores con tu mirada
¡¡Mujer de agua!!
El hombre montaña
te ama, con corazón y alma
como la flor que un día nace,
como la hoguera con más lumbre
calienta el salón de tu casa.

De tierra y agua son los tiempos
en cada cual luz a la voz
cual nave izada con bandera
hunde el rayo y penetra
en el ligero crucero...

La montaña como alado,
el agua como nube gris
¡¡Así el amor es fuego!!
donde el jugo de lirio prohibido
a grandes sorbos sin temor se bebe.
¡¡Oh, jardín escondido!!
si me pedís un símbolo del mundo
y su especial nomenclatura,
el de la mujer de agua quiero.

Oh dulce hombre montaña
estás lleno de misterios
hablas de hogueras de amor
de símbolos del mundo

Yo solamente sé de cristales de agua
de piedras que caen en los mares
de deseos perdidos en nubes
¡¡lloro con mi mirada!!
pero son lágrimas de amor
de dulzura desbordada
de infinita ternura.

Quiero saber de tus misterios
de tus secretos de magia
de esos jardines escondidos
en montañas encantadas.

Navego por inmensos mares dorados
llenos de versos que nadie entiende
buscando tesoros perdidos
en aguas profundas
que no tienen fin.

¿Enigmático me decís?
¡¡Mujer de agua!!
si digo las cosas
sin cortinas de humo...
si os valoro como un tesoro,
y solo me guardo el beso
más indescriptible
ante vos, topacio, turmalina,
diamante pulido,
agua increíble.

Esas lágrimas de amor
es pasión y arte cautivo
ávido como el universo
claro me identifico
cuando nuestros cuerpos
–de agua y montaña–
se empapan con esmero y mimo.

Ya mi corazón se abre
como savia de tu boca
donde la mena de la mina
al fin nos pertenece.

Si desvelo en un instante la chistera
perdería su encanto
¡¡sirena hechicera!!
entonces los mares dorados
se vaciarían y serían dispersos.
¿No será mejor amanecer al alba
después de pernotar abrazados?
¿O prefieres esas aguas profundas,
helicoidales sin apreciar la luna?

Prefiero las aguas profundas
donde se esconden secretos
y en las noches un rayo de luz
dibuja una hermosa luna
llena de melancolía
que sueña y corre
queriendo atrapar
amores imposibles.

Montaña y agua
hermoso complemento
donde tú eres el misterio
el eco de poetas enamorados
que recorren caminos de sueños
donde con un beso quitan espinas
y caminan de la mano sintiéndose
los dueños del mundo.

¿Qué belleza de fuerza interna
sale de tu alma
mujer de agua?
Eres mi sueño anhelado
y en tu cuerpo

y en esas aguas profundas
eres una sucesión sonido y deseo.
Intento verte...
mas esa tinta de calamar
impide con su negrura y espuma
componer nuestra melodía.

Sé que eres intangible
sé que eres página de la historia,
una constelación de agua profunda
una diosa de sal y de luna...
puedo ver los peces...
puedo decir tu nombre
y como eco resuenas en mi mente
¡¡Oh, diosa del agua!!
si labras la montaña
sólo puedo sonreír dulcemente
acariciando las esponjas
que en forma de rosas, te beso
como perfume de enebro
fundiendo mar y cielo.



DIANA DECUNTO

Argentina (nacida en Uruguay) y residente en la ciudad de Buenos Aires. Colabora con algunas páginas literarias en la web. Posee varias obras sin editar. Ha realizado cursos de arte, incluyendo teatro.
Licenciada en sistema por la Universidad Católica de Salta, especializada en sistemas bancarios.. Es coautora con Alicia Zabala y Héctor Zabala de la obra teatral “Diván en crisis”.




ALICIA ALEJANDRA ZABALA

Nacida en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, donde también reside. Analista de sistema por la Universidad Tecnológica Nacional, especializada en sistemas bancarios. Ha tomado clases de teatro y diversos cursos de arte. Es coautora con Diana Decunto y Héctor Zabala de la obra teatral “Diván en crisis”.


DIVÁN EN CRISIS *
de Diana Decunto ©, Alicia Alejandra Zabala © y Héctor Zabala ©
(fragmento)

Personajes:
Rivas: psicóloga, mujer de mediana edad.
Patricia: paciente, mujer de mediana edad.

ACTO ÚNICO
ESCENA I
La acción se desarrolla en el consultorio de la psicóloga.

PSICÓLOGA: Adelante. (Pasa una mujer muy tímida, camina lentamente, nerviosa.) Adelante, Marcela. Siéntese.
PACIENTE: (Algo asombrada.) Patricia… doctora. Pa-tri-cia… ¿no recuerda?
PSICÓLOGA: Ah sí, sí… Uf, tuve tantos pacientes hoy… A la mañana el hospital, a la tarde el consultorio… Es mucho, a veces me confundo.
PACIENTE: Doctora…
PSICÓLOGA: (La interrumpe.) Por favor, me facilita el carné de la obra social así le hago la orden. (La PACIENTE revuelve en su cartera, tarda.) Marcela, por favor, más rápido, no tenemos tiempo que perder. (La PACIENTE al fin se lo entrega.)
PACIENTE: Patricia, doctora… Patricia.
PSICÓLOGA: (Sin escucharla.) Este carné se le vence la semana que viene, debería ver de renovarlo. Sino… no la voy a poder atender... La obra social, usted sabe, sin carné al día no nos paga.
PACIENTE: Está bien, doctora... Quisiera hablar de… (Pausa y cambia de tema.) No se preocupe, la semana que viene, sin falta, iré a renovar el carné.
PSICÓLOGA: Está bien. Pero… demorémonos en este punto. Porque… fíjese que no se trata sólo de nuestra terapia. Usted, creo recordar, que va a menudo al traumatólogo, según me dijo alguna vez… Al traumatólogo, al sanatorio y todo eso. Además, y he aquí lo importante: tener su carné en regla es vital… Vital para una vida ordenada.
PACIENTE: Sí, doctora... Lo haré, lo haré.
PSICÓLOGA: Porque usted dirá, ¿qué es un simple carné? Poca cosa… pero no, en Psicología justamente esas “pequeñas cosas” nos delatan traumas profundos.
PACIENTE: (Como pidiendo perdón.) Sí, doctora... Lo sé, lo sé. No me olvidaré de actualizar el carné. Pero…
PSICÓLOGA: (Vuelve a interrumpirla.) Porque no lo tome a mal, pero la obra social es muy rigurosa, burocrática, usted sabe… y si me demoran en pagar, usted comprenderá que se rompe la confianza entre psicólogo y paciente, confianza que debe primar por sobre toda otra consideración…
PACIENTE: Sí, doctora... Lo sé, lo sé. Aunque quisiera decirle…
PSICÓLOGA: (Sigue pasándola por encima.) …y si esa confianza se pierde, perdemos las dos.
PACIENTE: (Con cierto coraje.) Doctora, él lo volvió a hacer...
PSICÓLOGA: ¿Volvió a hacer qué?
PACIENTE: Mi marido… volvió a pegarme.
PSICÓLOGA: ¿Qué? ¿Le pega? Mar… ehhh, disculpe, Patricia. ¡Patricia, usted seguramente exagera!
PACIENTE: Doctora, hace bastante que le vengo diciendo lo mismo: que él me maltrata, que él me pega. Vengo ocultando como puedo los moretones que me deja. (Se los muestra.)
PSICÓLOGA: Un momento, un momentito ehhh… Patricia, tenemos 45 minutos para hablarlo.
PACIENTE: Ah, se acordó de mi nombre…
PSICÓLOGA: Claro, ¿cómo no voy a acordarme de su nombre? Lo que pasa es que usted, Patricia… es tan lenta… que pone nervioso a cualquiera. Su marido se debe enojar con usted porque es así... Usted no tiene remedio.
PACIENTE: (Algo enojada.) Si no tengo remedio para qué me cobra. Doctora, él me pega. (Mientras tanto la PSICÓLOGA levanta un mensaje del celular y lo contesta.)
PSICÓLOGA: Perdón, Patricia. Mi hija que me pide permiso para ir a un cumpleaños. ¿En qué estábamos?
PACIENTE: En que él me… me pega.
PSICÓLOGA: (La PSICÓLOGA sigue con sus mensajes.)
PACIENTE: Doctora, perdón, ¿me escucha?
PSICÓLOGA: Sí, la escucho… En la Facultad me acostumbré a tomar apuntes del pizarrón mientras los profesores hablaban de otro tema. No se preocupe, la escucho, la escucho… (Revuelve papeles.) Lo que sí que no lo encuentro…
PACIENTE: (Tímida.) ¿Qué cosa, doctora?
PSICÓLOGA: …el formulario de la obra social. Ah sí, aquí está, se había traspapelado. Patricia… (Leyendo ostensiblemente el formulario donde está escrito el nombre de la paciente.) Patricia. ¿En qué estábamos? 
PACIENTE: En que él me… me pega.
PSICÓLOGA: Ah, sí, en que “supuestamente” le pega.
PACIENTE: Doctora, el otro día se enojó cuando serví la comida. Decía que la milanesa estaba quemada… y después de tirar el plato al suelo, me pegó. Mire, mire…. (Le muestra los moretones de nuevo.)
PSICÓLOGA: Aja, ¿y usted qué piensa?
PACIENTE: ¿Cómo qué pienso?
PSICÓLOGA: Sí, ante situaciones traumáticas o postraumáticas la gente siempre elabora, piensa.
PACIENTE: Y yo que sé lo qué pienso. Lo que sé…
PSICÓLOGA: No, no, no. Está muy mal eso de no pensar… En Psicología…
PACIENTE: (Ya sacada.) Venía de la calle, ¡estaba totalmente borracho, doctora!
PSICÓLOGA: A ver, pensemos… totalmente borracho, ¿qué es “totalmente” borracho? Quiero que entienda, si hubiera estado “totalmente” borracho, su marido no hubiera podido llegar siquiera a casa. Digamos que estaba medianamente borracho…
PACIENTE: (Más sacada, al borde de la histeria.) Lo que usted diga, doctora. Entonces peor, usted una vez me dijo que si la borrachera era mediana era más peligrosa que la borrachera completa.
PSICÓLOGA: ¿Le dije eso? No lo recordaba, pero sí, tiene base científica… Pero entonces, Patricia, en esos casos no debe hacerlo enojar. ¿Seguramente usted cocina muy mal, no?
PACIENTE: ¿Qué cocino mal? Pero… pero…
PSICÓLOGA: (Pasándola por encima.) La comprendo, créame, las mujeres no estamos atendiendo bien a nuestros maridos… ah, la eterna falta de tiempo…. Fíjese… todo el día en el consultorio… ¡mire si a la noche voy a tener ganas de ir a cocinar…!
PACIENTE: (La interrumpe.) Usted no me entiende o no me quiere entender. Al final me cansé.
PSICÓLOGA: ¿Se cansó? Ajá… A ver, ¿qué quiere significarme exactamente con eso?
PACIENTE: Lo denuncié en la comisaría.
PSICÓLOGA: Ay, no… (Llevándose una mano a los ojos.) ¿Cómo hizo eso? Es un paso, yo diría, un paso demasiado… rotundo, drástico.
PACIENTE: Hablé con la psicóloga de la policía. Ella me dijo todo lo contrario.
PSICÓLOGA: ¿Lo contrario? ¿Lo contrario de qué?
PACIENTE: Lo contrario de lo que me dice usted.
PSICÓLOGA: Bueno, puede ocurrir, en Psicología hay diferentes escuelas… Además, es una psicóloga forense…
PACIENTE: ¿Y qué diferencia hay en que sea forense? ¿No estudian en la misma Facultad?
PSICÓLOGA: Si es de Buenos Aires, probablemente, pero igual hay diferencias de… Mire, es muy profundo para explicarlo en pocas palabras. Usted, además, no es una especialista. No alcanzarían diez sesiones para mostrarle las diferencias esenciales entre la psicología forense y la de consultorio.
PACIENTE: Perdone, doctora, pero no noté que cambiara mucho en cómo abordar la cosa, salvo que la psicóloga forense, como usted la llama, llega a conclusiones contrarias a las suyas.
PSICÓLOGA: (Casi bostezando.) ¿Pero en qué quedamos? ¿Vio diferencias o no, entre ambas?
PACIENTE: (Algo atropellada.) Mire, doctora, la doctora que me revisó me dijo que tenía que denunciarlo, que no hay nada que justifique que él me levante la mano…
PSICÓLOGA: ¿La revisó una psicóloga?
PACIENTE: No, me refiero a la primera, la médica. Me revisó y me dijo que no se justifica…
PSICÓLOGA: Y no, aun cuando no se trate de una especialista (porque es una médica clínica), igual tiene razón: no se justifica. Aunque siempre estamos en el supuesto de que su marido le pega. Pero en estado de ebriedad… quizá él no sabía que…
PACIENTE: (Atropellada.) Me dijo que por más que cocine mal o que sea lenta o que sea fea. Me dijo que nunca es mi culpa y, que lo denuncie, que tiene que ir preso.
PSICÓLOGA: ¿La clínica le dijo todo eso?
PACIENTE: (Atropellada.) No, la psicóloga.
PSICÓLOGA: Ah… (Algo despectiva.), la forense. ¿No le parece un poco intolerante?
PACIENTE: ¿Lo de mi marido? Por supuesto.
PSICÓLOGA: No, lo suyo… ¿no lo ve intolerante de su parte?
PACIENTE: ¿Y yo qué culpa tengo? ¿Ahora la víctima es el victimario…?
PSICÓLOGA: Desde hace meses le vengo diciendo que todos somos víctimas.
PACIENTE: En la comisaría me dijeron que usted me tendría que haber preguntado cosas como hizo la psicóloga de la policía. Insisten en que usted no se interesó en mí. Como con mi infancia por ejemplo… Ella ahora quiere hablar con usted.
PSICÓLOGA: ¿Quién?
PACIENTE: ¿Cómo quién?
PSICÓLOGA: Patricia, me parece que exagera. No creo que sea tan así.
PACIENTE: En la denuncia dije que usted es mi psicóloga. La va a llamar el juez a testimoniar cuando sea el juicio porque él está...
PSICÓLOGA: (La interrumpe y grita.) ¿Qué? ¿A mí? ¿Por qué me mete en sus problemas? ¿Qué tengo que ver yo? ¡Por favor, no me meta en SUS problemas! ¡Yo no tengo nada que ver en eso! Además no tengo tiempo. Entiéndame: el consultorio, la casa, los chicos... Mire si tengo tiempo para presentarme ante un juez. ¿Usted con qué derecho…?
PACIENTE: (Algo atropellada.) La psicóloga de la policía me dijo que usted TIENE que venir a declarar. Usted es parte importante en la denuncia. También me dijo que una buena profesional tiene que tomar todas las medidas necesarias para evitar que sus pacientes sufran daño. Además, dijo que por algo usted eligió ser psicóloga, que querría ayudar al prójimo...
PSICÓLOGA: (Como pensativa. Más calmada.) Bueno, claro, Patricia, la entiendo, estoy para ayudarla. A ver, la escucho.
PACIENTE: (Llorando.) ¿Usted sabe lo que es vivir con miedo? ¿Sabe lo que es no saber lo que lo puede enojar…?
PSICÓLOGA: (Interrumpe.) Patricia, tranquilícese…
PACIENTE: ¿Sabe lo que es que el hombre que ama le pegue, la humillación que es eso? ¿A usted le pasó alguna vez?
PSICÓLOGA: (Interrumpe de nuevo. Ahora muy maternalmente.) A ver, Patricia, tranquilícese… (Mira el reloj.) La comprendo, ¿Cómo no la voy a comprender? Son años de profesión, años de pacientes. Si usted supiera… Usted no es el primer caso ni será el último. Voy a ayudarla. Vamos a trabajar en esto y en fortalecerla (Mira el reloj.) para paliar la situación traumática que ha vivido…
PACIENTE: (Como pidiendo permiso.) ¿Entonces me cree, no?
PSICÓLOGA: (Volviendo a mirar el reloj y mirando para otro lado.) Yo siempre le creí. Lo que pasa es que los psicólogos a veces tenemos que ser duros.
PACIENTE: ¿En qué sentido, doctora?
PSICÓLOGA: Yo tengo la obligación de diferenciar en estos casos si el paciente cuenta un hecho verdadero de violencia doméstica o una fantasía. Es una técnica que… se estudia en la Facultad. No se preocupe, usted reaccionó y ya no tengo dudas de que no se trata de fantasías…
PACIENTE: (Compungida.) No sabía. Me tranquiliza lo que me dice. Llegó un momento que sentía que nadie me creía, es muy feo estar sola, sin apoyo. Y mire, le contaré que además…
PSICÓLOGA: (Bien maternal.) Alto, Patricia. Ya tendremos todo el tiempo en las próximas sesiones. Por ahora, lo importante es que ya tenemos gran parte del tema hablado. ¿Usted sigue en su casa con su marido, no? Porque por ahí… él cambió de actitud… Trate de ver cómo puede aminorar…
PACIENTE: (Reaccionando.) No, me fui a casa de mi hermana Carolina.
PSICÓLOGA: (Con firmeza.) Me parece fantástico. Es lo que debió haber hecho desde hace tiempo. Bueno, Patricia, se cumplieron los 45 minutos… Como la gente dice… el tiempo es tirano… Sí, ya sé que está ansiosa por contarme más pero usted misma comprenderá que ya mismo llega otro paciente. De todas maneras, no se preocupe, hasta la próxima sesión yo seguiré pensando en su problema, usted no está sola. Yo siempre pienso en los problemas de mis pacientes, nuestro trabajo es full-time.  
(Besos. La PACIENTE se va.)
(CONTINÚA)

La obra completa DIVÁN EN CRISIS (incluye las Escenas II, III y IV) puede leerse en el libro homónimo:
ISBN 978-987-648-150-2
Formato: e Pub (Adobe DRM) (eBook Argentino, 2016)

* Exp. 5068657 Dirección del Derecho de Autor (DNDA), Buenos Aires, Argentina 2012, renovado por Exp. 5266642 DNDA 2015.



HÉCTOR ZABALA

Nacido en Villa Ballester (Provincia de Buenos Aires), reside en la capital de Argentina. Narrador y ensayista. Algunos premios y distinciones en cuento y minicuento. Unos ochenta blogs y revistas le han publicado obras o reeditado artículos literarios. Director de la revista de literatura Realidades y Ficciones, del Suplemento respectivo y ex redactor de REVISTA SESAM, es coautor con Diana Decunto y Alicia Zabala de la obra teatral “Diván en crisis”. Contador público nacional (UBA).


CUENTO INVISIBLE *
de Héctor Zabala ©

Un autor imaginó un cuento de fantasmas tan perfecto que, cuando intentaba escribirlo, los fantasmas del relato tornaban invisible la tinta. Nunca logró publicarlo.

* Premio a la Popularidad en el Tercer Encuentro Teórico del Género Fantástico ANSIBLE el 28 de mayo de 2006 en La Habana (Cuba) y finalista ese mismo año en Madrid (España).


CUENTO EN BLANCO *
de Héctor Zabala ©

En cierto certamen un cuentista colocó al ensobrar sólo una hoja en blanco. Pese al error, obtuvo el segundo premio. Sin embargo fue injusto: la hoja en blanco no resultaba tan mala como el cuento ganador.

* Tercer Premio en el certamen internacional Microcuento En Rojo del periódico Claridad. San Juan, Puerto Rico, 4 de noviembre de 2010.


BROMA EN LA BRUMA *
de Héctor Zabala ©
 [...] Cual sombra son nuestros días
sobre la tierra, y no hay esperanza.
(Primera de Crónicas, 29:15)

Ambos se habían desplazado por el sendero como quien dispone de todo el tiempo del mundo. Ninguno queriendo sobrepasar al otro. El día era desapacible, pero igual encontraron a un muchachito leyendo en un banco. “Al parecer el único ser vivo del cementerio”, pensó con cierta ironía el más alto de los dos. El joven estudiante estaba leyendo Visitations de I.A.Ireland y a su lado yacía una Antología que Borges reuniera, allá por 1940, en colaboración con Bioy y Silvina. El libro estaba abierto en Final para un cuento fantástico, porque al parecer el jovencito andaba comparando textos.
Al rato los dos se detuvieron en la puerta de una bóveda sin número, que se encontraba entre la 46 y la 50. El más alto extendió ceremonioso la mano izquierda invitando al otro a pasar primero; tal vez por ser más viejo y de apariencia más débil.
Ya no se veía a nadie, ni siquiera al extraño lector porque el banco había quedado lejos y la bruma era cada vez más intensa. La mano blanca permanecía estirada persistiendo en su ruego. El viejo titubeaba, desconfiaba, pero al fin no tuvo otra que aceptar y entró por delante. Avanzaron los pocos metros que el interior de la bóveda les permitía. El más alto, siempre detrás, con las manos ocultas. El viejo se detuvo frente al féretro de mármol, alerta a la otra figura, embozada y esbozada por la bruma y las sombras. La figura alta se mantuvo callada unos pasos detrás.
Quizá por delicadeza, el viejo no se atrevía a girar sobre sus talones, aunque no recordaba haber visto al otro en ninguna parte. No, no era un pariente, estaba muy seguro de que no lo era. Ninguno de la familia solía ser tan seco y desgarbado. Ninguno de los suyos poseía ese porte inquietante, tan lóbrego y siniestro. ¿Quién era, entonces?, ¿qué hacía ahí?, ¿qué buscaba?
Permanecieron en silencio varios minutos que parecieron años porque ya todo amenazaba eterno. La figura alta, siempre con las manos ocultas, sopesaba la decrepitud del viejo. El viejo buscaba algún brillo delator en el otro o quién sabe qué.
De pronto, y a pesar de su mala ubicación, el viejo advirtió el movimiento. Fue un meneo cansino, leve, como el de un suspiro; y enseguida como un susurro, intuido antes que audible.
Desde entonces el viejo ya no apartaría más la vista del mármol. Un mármol devenido en pésimo espejo pero ¿qué se podía hacer?, era lo único que había. Sospechaba el propósito del otro. Bastaría simplemente con cerrar la única puerta del recinto.
El viejo dedujo, aun de espaldas, la sonrisa amplia, repulsiva, de la figura de apariencia más joven. Los minutos pasaban y el viejo seguía sin atreverse a dar la media vuelta. Pero era consciente de que si se abandonaba al curso de las cosas, pronto no habría salida para ningún mortal. La bóveda quedaría aislada del cementerio y del mundo en cuanto la figura extraña ejecutara su intento. Y sin embargo, no obstante percibirlo, el viejo no podía reaccionar, estaba exánime, sin posibilidad de nada concreto.
De pronto, el mármol cambió sus claroscuros.
–No haga eso, por favor. Después no le será posible abrirla de nuevo –alcanzó a suplicar el viejo.
Las bisagras chirriaron. La figura alta soltó la esperada carcajada y con un empujón remató el temido cierre. El sonido seco de la madera contra el marco no dejó ninguna duda. La bruma por un momento pareció disiparse, pero enseguida retornó inequívoca por las hendijas de arriba.
–Ahora no podrá salir –dijo el viejo con un hilo de voz mientras se daba vuelta consternado.
El otro se acercó y extendió la mano izquierda contra la pared, bloqueando el paso. El viejo no intentaría apartarlo. La figura al fin habló:
–De ninguna manera, abuelo, mire como salgo de aquí.
Y, entre burlas y risitas, introdujo su pálido cuerpo (o lo que fuere) en la gruesa pared lateral, dejando al viejo con los ataúdes, los mármoles y la penumbra brumosa.
Una vez solo, el viejo recordó que jamás nadie, de noche ni de día, se animaba a caminar esos senderos remotos. Estaba aislado, con la puerta cerrada, y a eso se reducía todo.
Al rato, el viejo hizo un gesto de impotencia con los hombros y se dijo:
–En fin, ¿cómo saberlo de antemano? Yo sólo quise ser amable; se lo decía por su bien, no por otra cosa.
Después se caló el sombrero y, emulando a la figura ya ausente, atravesó la misma pared de idéntica manera.

* Primer Premio en el IV Concurso Nacional de Narrativa y Poesía de Poetas del Encuentro. San Andrés (Provincia de Buenos Aires), Argentina, 19 de abril de 2008.




SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 56 – Marzo de 2013 – Año IV
ISSN 2250-5385
Exp. 5054184, Dirección Nacional del Derecho de Autor (DNDA)

Propietario y Director: Héctor R. Zabala
Av. Del Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina

Corrección general: Prof. Liliana Lapadula 



1 comentario:

  1. LÁGRIMAS DE SANGUE

    Por becos, ruas e vielas ela caminhou madrugada a fora buscando incessantemente aquele que a humilhou. Em botequins imundos e prostíbulos ela passou na esperança de encontrá-lo e assim, saciar sua sede de vingança.
    ...E aos acordes de um velho bandolim, um pedinte balbucia uma estranha canção.
    Em meio a olhares estranhos, ela atravessou uma longa avenida.
    Diante de um bordel, um grupo de homens e mulheres embriagados chamaram-lhe a atenção.
    Ela se aproximou e subitamente reconheceu aquele que tanto procurava.
    O sujeito percebeu, se assustou, e ao tentar fugir acabou alvejado com um tiro nas costas! O sangue derramado escorreu lentamente pela guia...
    Pacientemente, ela assistiu ao espetáculo proporcionado por aquele corpo que agonizava.
    Finalmente vingada, ela deixou escapar um sorriso frio entre os lábios, enquanto se afastava.
    ...E novamente os acordes de um velho bandolim se fizeram ouvir.

    (Agamenon Troyan)

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