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martes, 1 de septiembre de 2015

SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 66 – Septiembre de 2015 – Año VI
ISSN 2250-5385
Inscripción gratuita como LECTOR
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indicando nombre y apellido, ciudad y país
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"Jenófanes de Colofón"
Mónica Villarreal (2015)
(técnica mixta sobre papel, 28 cm x 21 cm)
Serie "Poetas Clásicos Griegos"

Sumario:
Estela BARRENECHEA (Argentina)
• Víctor Hugo DÍAZ (Chile)
Omar Iván GARZÓN PINTO (Colombia)
Carmen MEMBRILLA OLEA (España)
• Daniel ABELENDA BONNET (Uruguay)
Nechi DORADO (Argentina)
• Óscar José FERNÁNDEZ GALÍNDEZ (Venezuela)
Ginna Vanessa PÉREZ NOGUERA (Colombia)
• J. Andrés HERRERA (México)
• Nancy Jazmín GONZÁLEZ FLORES (México)
Andrés AGUILAR-PÉREZ (Venezuela)
Beatriz CÁCERES (España)



ESTELA BARRENECHEA

Poeta y estudiosa de la filosofía, nació en Buenos Aires, Argentina, en 1938. Graduada como Contadora Pública Nacional en la Universidad de Buenos Aires (UBA), ejerció la docencia en filosofía en el CBC de esa misma casa de estudios. Colaboradora de instituciones filosóficas, publicó artículos en diarios y revistas de la especialidad. Como expositora presentó distintas ponencias en jornadas de filosofía y poesía (Jornadas de Filosofía Nietzscheana, 2000, y III Congreso Binacional de Escritores - Centenario del nacimiento de Pablo Neruda, 2004).
Publicaciones:
• Filosofía: La ilusión en la paradoja del sujeto (Buenos Aires, Ed. Catálogos, 1994), La formación del filósofo (Buenos Aires, Ed. Sociedad Filosófica, 1994), Nietzsche en la filosofía actual. El eterno retorno como acontecimiento del pensar (presentado en las Jornadas Nietzsche, año 2000).
• Poesía: La distancia y el foco (Buenos Aires, Editorial De los Cuatro Vientos, 2003, En los confines (Buenos Aires, Editorial Tsé Tsé, 2005), Plaqueta Clinamen y otros poemas (Buenos Aires, Editorial Metáfora, 2007), Del Silencio (Buenos Aires, Ediciones El Mono Armado, 2009), El filo de la grieta (Buenos Aires, Editorial Vinciguerra, 2012), El revés de la luz (Buenos Aires, Editorial Alción, 2014).


DEL CAMINO
Estela Barrenechea ©

Río Grande

Este es un mes de otoño, el primero,
el del equinoccio,
cuando el rocío es refugio de la hierba.

Como yo,
la intemperie tiene un corazón de viento,
un corazón antártico.

Una lluviecita fría deshace el paisaje
con un clima insolente.
¿Cómo compensar la ubicuidad del viento?
No encuentro acomodo.
Hago de mí una militante del equilibrio.

Grito frío
cuando me aventuro a caminar.


EN LA PAMPA
Estela Barrenechea ©

El viento se insolenta
y la luna
como una conjetura siniestramente bella
pampea sobre mí.

El cielo nuboso de la noche
borronea la tierra
y cada figura es la sombra de la sombra.


EN LA CIUDAD
Estela Barrenechea ©

La diferencia

I

En el pueblo,
los niños ululan a mi alrededor.
Tiemblo
como si me pincharan.
Respiro un largo escalofrío
–tal vez yo sea un largo escalofrío,
una maraña cerrada,
una voz diferente.


II

El idioma extraño de la edad
tiene el retumbe de un vasito de vidrio que se astilla.

Soy un animal humano
habitado por ráfagas húmedas
que tuercen mis huesos.

Como una versión descartable,
como una falla de la vida,
me miran en la calle.

El tiempo respira de mí.
No me duele. Todavía.



VÍCTOR HUGO DÍAZ

Nació en Santiago de Chile, en 1965. Ha publicado La comarca de senos caídos en 1987, Doble vida en 1989, Lugares de uso en 2000, No tocar en 2003, Segundas intensiones en 2007, Falta en 2007, Antología de baja pureza en 2013 y en México DF en 2014, y Hechiza, poemas anticipados, México, 2015 y 2016. En 1988 obtuvo la primera Beca de Creación Taller Pablo Neruda; en 2002 la Beca de Creación del Consejo Nacional del Libro y la Lectura. En 2011, 2012, 2013 y 2014 ejecuta el Proyecto Escritos de Sur a Norte, Poesía de Chile en México; y Fronteras sin Límite 2015, Poesía de Chile en Perú y Bolivia, apoyados por el Fondo del Libro y la Lectura. El año 2004 ganó el Premio Pablo Neruda en su centenario, otorgado por la fundación del mismo nombre. Sus poemas han sido publicados en diversas revistas y antologías, además cuenta con numerosos textos críticos acerca de su obra. Es reconocido como una de las voces poéticas vivas más importantes de Chile.


LUGARES DE USO
Víctor Hugo Díaz ©

La noche promete no pasar
Salimos a buscar la dosis exacta de lucidez química
En eso gastaba el tiempo que no daba a los suyos

Construyeron un complejo deportivo
sobre nuestro territorio apache
Nadie ha venido esta temporada
(los corrieron a todos)
Ni el conocido de los árboles y la espesura de la noche
siempre atento a la llegada de sus invitados furtivos

la hoja seca que se quiebra a sólo unos metros

Agita la mano dentro del bolsillo
como se manipula un juguete nuevo
El mismo viejo felino que se lame las ingles
que atesora lo que ve y desaparece
al momento en que un perro muerde el vacío
dejado por su cuerpo al huir hacia las ramas

Se queda ahí, arrimada la espalda al tronco de metal
Único fruto luminoso reventado a pedradas.


LO QUE CONTIENE LA RISA
Víctor Hugo Díaz ©
Los muchachos de la otra mesa sí saben cómo divertirse;
actúan como si no se conocieran.
Cuando al fin quedan solas hablan otro idioma
mucho más cruel

Ahora que se piensa dos veces
no hay nada tan importante. Dos desconocidos
que se sientan juntos casualmente
hasta ser los únicos pasajeros

Por fuera las gotas de lluvia se pegan a la ventanilla
Parecen una plaga de insectos transparentes
que han hecho un largo viaje para venir a morir aquí

eran tantos, tantos en número
que podrían llenar un gran silencio

Despierta temprano, se duerme y se hace tarde
Dejar así de estar a punto de que algo suceda
Dar pie atrás
o girar sobre los talones con violencia
para ser parte de eso efímero que contiene la risa

Estos años se podrían reducir a una frase
A una luz que atemoriza sin dejar quemaduras

al estar cerca se aleja igual que un espejismo
y se vuelve a formar unos metros adelante
Es como avanzar por un campo de batalla
lleno de los peligros que el enemigo deja en su retirada

De haber estado en otro lugar
podría haber visto cómo aquellos que rodean la casa
se van haciendo cada vez menos

Lejos, los que quedaron al otro lado de la calle
cuando cambió la luz del semáforo
y nos perdimos de vista

Una habitación que permanece tanto tiempo cerrada
toma el olor de sus ocupantes
Adentro el televisor está encendido y sin volumen
olvidaron apagarlo en el apuro de la despedida

Esta ciudad se podría reducir a una sola frase
A decir —paso— por un buen rato. Lo que no es otra cosa
sino una dirección que se hace más concurrida
el cuerpo que cambia de posición mientras duerme
—Quería ir bien puesto a su primera cita con la oscuridad—


AMIGOS EN VENTA
Víctor Hugo Díaz ©

Hace tiempo que no me siento conmigo
Parece que me rehúyo
y veo el sol con demasiada luz.

Ahora que las escenas de pobreza
pasaron de moda en la poesía
que hable el que la lleva
El cuento se reduce a saber robar
si no te quedas solo.

Dos grúas de construcción
disputan el señorío de esta calle

Un vaso lleno sirve para medir el tiempo

El problema es que todos actúan
(montan su número para nadie).

Encendemos fuego en plena lluvia
y soy la prueba de que no tengo razón

como estar en algo, insistir
cuando los otros
no están en nada.

Nota: Estos poemas se encuentran en el libro Antología de baja pureza.



OMAR IVÁN GARZÓN PINTO

(Bogotá, Colombia). Sus poemas han sido publicados en revistas y periódicos de Chile, Colombia, Cuba, México y Venezuela. Ha presentado su obra en festivales culturales, literarios y académicos. Entre 2011 y 2012 se dirigió talleres literarios de la Fundación Andrés Barbosa Vivas. Autor de Faro desnudo (2011) y Flores para un ocaso (2013), ambas obras del mismo colectivo editorial, Liga Latinoamericana de Artistas.


FLORES PARA UN OCASO
Omar Iván Garzón Pinto ©
“No sé por qué guardo entre los pasos
La absurda esperanza de encontrarme”
Germán Villamizar

VENGO DEL SILENCIO de las hojas, de la ausencia de los ríos, del lugar olvidado por los hombres donde sólo habita la sombra de los árboles. Vengo de la estancia donde el zumbido de las ramas es nuestra memoria, nuestro ruego a la Luna. Vengo de la más profunda entraña de esa tierra que se traga los habitantes a su paso: No hay tiempo para llorar en el campo cuando la única arma es el arado.
Crecimos con las plantas y la higuera no da frutos. Nuestros nombres están escritos en los peñascos y nadie nos recuerda. La lluvia, que nos arrulló tantas veces, no da testimonio de nosotros, ni siquiera una gota de rocío se posa en nuestra huella. La única esperanza es arar, arar, arar una tierra que no nos merece.
Vengo del lugar donde las manos son el testimonio de la vida: Gramo a gramo las cosechas dieron forma a nuestra piel y las aves son la voz de los que partieron volando entre bramidos.
Recuerdo a la abuela diciéndome: “Esas son las lágrimas de Dios cuando caen al suelo”. Tengo pocos años y menos heridas que las que tenía papá cuando lo enterramos, pero sé muy bien que las lágrimas no son destellos de fuego entre cortinas de noches y cenizas y cuerpos al viento. Las lágrimas de Dios no pueden ser ese mismo vacío que son las nuestras.
Vengo del silencio de las hojas, de la ausencia de los ríos. No sé para donde voy. Antes de ir al cielo, mamá me dijo cuándo pasar el semáforo cuando estuviera solo, pero no recuerdo cómo hacerlo.


OTOÑO EN SAN JOSÉ DE APARTADÓ

Algo había escuchado sobre el otoño, pero no sabía lo que era.
Que las hojas caen como muertas de los árboles;
Que caen secas, lentamente, dijo la profesora.
Esta noche no es como las otras.
Un viento fuerte se abre paso entre las ramas
arrancando brazos, tumbando hombres.
No sabía lo que era el otoño. Ahora lo comprendo,
ahora que veo como caen los míos sobre el césped,
ahora que yo mismo caigo como hoja muerta en el camino.


“Yo no hablo de venganzas ni perdones,
el olvido es la única venganza y el único perdón.”
Jorge Luis Borges

ELLOS eligieron ser la grieta del violín,
la pluma que cae de un gorrión en pleno vuelo,
la sombra que vino de ninguna parte y a ninguna parte fue.
Cayeron aquellas moscas que se posaban sobre los cuerpos
creyendo que construían un imperio para siempre.

Yo elegí ser el verso que se pasea con la brisa,
ese que no dice sus nombres,
ese que no los entierra porque nunca supo de ellos
y hace polvo cada uno de sus pasos con un poema;
Yo elegí ser ese:
El que no describe ni siquiera el más pequeño de sus dedos,
el que con estas líneas los olvida.
A la memoria del poeta Julio Daniel Chaparro


UNA NIÑA DE RAMALLAH

Estuvo con nosotros hasta que cayó el velo de la noche, hasta que sus pasos cesaron como lluvia inofensiva.
Poco supimos de ella: que se detenía en las tardes a ver pasar el sol y que corría tras las mariposas, casi volaba con ellas.
Algunos oyeron su grito, pero estaban muy ocupados levantando cercos, según ellos, para que no entraran los cerdos a sus casas.
Florecieron los jardines, los pájaros surcaron el cielo, las hojas cayeron secas sobre el prado. Aún nadie nos escucha y tal vez nadie lo haga en lo que resta de cosechas, pero queda la lluvia que seguirá humedeciendo su huella en el camino; quedan las mariposas que recorrerán su misma ruta de la tarde y quedan los malditos cercos que nuca serán mayores que estos montes que darán testimonio de nosotros y los peñascos que gritarán siempre los nombres de los nuestros, los de aquellos que ahora son árbol de memoria.


SOLILOQUIO EN PALESTINA

Lo único que a veces salva al hombre del olvido es el llanto que lo colma. Lo único que a veces nos salva a los habitantes de este espejismo del desierto es una bala que de nuevo se nos siembra entre los ojos.
A veces creo que en este corto suspiro que es la vida, el acto principal de algunos de nosotros (tal vez los menos protagónicos, los menos primordiales, los menos hombres) es habitar en el silencio, hacernos uno con la sombra, estar donde nadie está, ver donde nadie ve, gritar donde nadie escucha, no estar.
Esa es nuestra encomienda: susurrar el nombre de nuestros muertos mientras caminamos sin que eso signifique que nuestro próximo puerto será otro Sol, sin que eso signifique que nuestro próximo puerto será otro paso.


ES EXTRAÑO VER tanta sonrisa, tanta mano atada, tanta sombra junta, tanta flor comprometida en las manos de aquellos que caminan por la calle y tú, sin más, sentirte libre. Pero es más extraño llegar a casa, echarte agua en la cara, levantar el rostro y darte cuenta de la aridez que te rodea y que ni siquiera tu sombra te acompaña porque la dejaste atada a otra sombra que pasó desprevenida por el parque.


CAMINA, escribe, pregunta, no calles.
Sé río, sé árbol, sé lluvia, sé canto…
Encuentra una salida.
Mira hacia otro lado, corre en otra dirección y no cierres las ventanas.
Deja de pensar que volar por un segundo o colgarte de las nubes por un instante
son las únicas formas de abrirte paso entre la niebla.


SOLO PIDO UNA COSA de desafiar al viento, antes de dejar mi postura de tierra húmeda forjada, antes de hallarle la razón al padre que decía que el buen hijo vuelve casa y antes de constatar que al final todos somos buenos, sólo una cosa pido: que se quemen mis fotos y mi pelo sin clemencia; que se borre la figura dejada por mis pasos en la gruta y en la niebla; que se rompan y se filtren en agua las líneas ajadas de mis manos; que se hagan barquitos de papel con las hojas que un día recogieron mi lamento; que se arrojen a un río turbulento mis versos hasta que se deshagan con las rocas y nadie los recuerde. Que no se repita mi nombre hasta que se vuelva rumor, susurro, obsidiana, alquimia, ola, nada.
Hasta que mi voz no sea el canto de un gorrión moribundo y mi sombra no nazca en un árbol en invierno: nadie repita mi nombre.
Sólo pido una cosa antes de sembrar mi pecho, mi humanidad toda en un puerto calcinado: Que se borre el vestigio de mis horas y nadie me mencione, a mí, el traicionero de mi madre, que me arrojó a este mundo contra todas las voluntades.
Así, sólo así, despojándome en el camino donde se sientan las hojas secas habré vencido a la parca.


LO QUE ME SALVA ES LA NOCHE LENTA DONDE NACE EL VERSO

Aquí estoy de nuevo, aferrado a este árbol que nace entre raíces de cal; a este que detenta en cada hoja la pupila de mis ojos; a este que da nacimiento a mi canto entre vientos de la noche. Aquí estoy, con el rostro en las rodillas, pensando en otra ruta, buscando otra salida.
Aún deseo escribir: Observo la figura de los astros con un hilo de preguntas en cada pestaña; trato de esculpir la inmensidad del universo con algunas líneas; dibujo el mensaje de las nubes con unos pocos versos. Apenas, si puedo, me pongo de pie y saludo desde este tronco a una migración de aves, pero no puedo mentirme, no puedo engañarme —me digo ahora que amanece—:
Alguien que da vida a un árbol, que acaricia cada uno de sus frutos y encuentra refugio al abrigo de su sombra, no puede colgarse de sus ramas.


ANALOGÍA DE LOS POETAS Y LOS DÍAS

Somos los dueños de la noche y de la aurora que la nace a sus vestidos.
Somos los dueños de todo lo vivido y de las carnes que han transitado nuestros cuerpos.
Una vez nos salieron alas y fuimos también los dueños del viento
y domamos a los tigres de Etiopía y formamos toda la arena del desierto
y cada dedo nuestro era la voz de algún poeta, hasta que abrimos los ojos,
entonces fuimos de nuevo hombres.
Nosotros dimos forma al vino, le pusimos senos, labios, alma
y soplamos fuertemente con él hasta que se formaron las lluvias
que derrumbaron los montes de los Andes
y aplaudimos con tal fuerza que creamos los truenos
que mucha gente vio con asombro por las ventanas. Abrimos los ojos,
entonces fuimos de nuevo hombres:
Se nos cayó la mirada pero nunca dejamos de andar;
se nos llenaron de llagas las rodillas pero nunca dejamos de andar.
De repente, se nos apareció la muerte: nosotros murmuramos,
reímos y gritamos a toda voz. Y la muerte no tendrá dominio
mientras levantábamos el rostro al cielo. Nuestra voz fue su puñal.
Se escaparon las nubes por la herida que le hicimos al firmamento
y se llevaron consigo la sombra que nos acechaba.
Eso nos pasó muchas veces y muchas veces también quedamos heridos,
tirados en la calle sin entender la grandeza de nuestra propia lluvia
pero nos levantamos y nunca dejamos de andar.
Somos los dueños de la noche y estamos muertos.
Para ser los dueños de esta inmensidad hay que estarlo.
Se debe morir todos los días con cada verso, se debe ser ceniza (eco, sombra, viento)
para ser los amos de la Luna, para ser la noche misma.
A Epifanio Andrés Tocarruncho



CARMEN MEMBRILLA OLEA

Nace en Guadix (Granada), España, en 1969. Estudia Filología Hispánica en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada. Ejerce como profesora de Lengua Castellana y Literatura en el IES Padre Poveda de Guadix. En abril de 2012 ve la luz la antología poética Cuatro intentos de aproximación a la mentira, en la que publica catorce poemas. Colabora en el periódico Wadi-as con cierta asiduidad y mantiene bastante actividad en facebook donde, además de su página personal, administra "El espejo de las palabras", una página literaria dedicada al cuento y a las expresiones poéticas.
En octubre de 2013, la Biblioteca de Guadix organiza el I Concurso de Presentaciones Poéticas de Temática Local, obteniendo el primer premio su audiovisual Guadix y la Poesía, vídeo disponible en Youtube.
En febrero de 2014 aparece el libro Cachitos de amor 3, como fruto del III Concurso de Microrrelatos Románticos realizado por ACEN – Asociación Cultural de Escritores Noveles. Su texto Inexplicablemente… amor resultó seleccionado para formar parte de esta publicación (página 125).
Es autora del poemario inédito El Quemador de esencias y escribe con regularidad en el blog que lleva el mismo nombre.
En esta oportunidad presentamos tres fotopoemas de su autoría.










DANIEL ABELENDA BONNET

Nacido en 1962 en Salto, Uruguay, ha vivido desde 1970 en el Departamento de Colonia, donde se inició desde los quince años en el periodismo escrito, y fue corresponsal de medios de Montevideo.
En 1980 ganó una beca (AFS.) para perfeccionar sus estudios de inglés en los Estados Unidos y en 1982 se diplomó, con honores, de Profesor en el Instituto Anglo-Uruguayo. Ejerció la docencia secundaria por más de dos décadas y fue profesor de inglés en cursos para niños, jóvenes y profesionales en la Filial Rosario de ORT durante tres años.
Asimismo, cursó la Licenciatura de Ciencia Política en la Facultad de Ciencias Sociales y se desempeño como profesor adjunto de Ciencia Política e Historia de las ideas en la Facultad de Derecho (UDELAR).
Actualmente, es columnista del Semanario “El municipio” (Carmelo) y colaborador del boletín digital cultural “La rueda de Carro” (Colonia del Sacramento). Obtuvo una Mención Especial en el concurso de ensayo para periodistas de la Organización de Prensa del Interior y la Embajada de Estados Unidos en Uruguay (2006).
Coordinó talleres de narrativa y poesía en el Museo-Archivo del Carmen y la Casa de la Cultura de Carmelo (2004-2010).
Su obra literaria incluye ensayos históricos, diarios de viaje, cuentos, novelas y poesías. Al respecto cabe destacar: Secretos de estado (novela), ganadora de una mención en los Premios Anuales de Literatura del MEC (Uruguay, 2003); Manodepiedra y otros relatos, finalista del Certamen Nacional de Narrativa (Intendencia de Montevideo, 2004); El profesor (cuento corto), ganador del concurso de la revista “La Voz de la Arena” (2005).
El sello Abrace de Roberto Bianchi (Montevideo-Brasilia) ha publicado varios de sus cuentos y poemas (2007-2010) y la Editorial De los cuatro vientos, de Buenos Aires, editó su cuento Pocho Cantón en 2008. (*)

* Más información en el Registro Nacional de Escritores de la B.N. (MEC-DNL).


LA PALABRA
Daniel Abelenda Bonnet ©

Cuando aquella tardecita llegaste a la redacción, todavía no habías tomado la decisión. Durante los quince minutos del viaje en micro, lo pensaste.
Porque no era fácil: necesitabas aquel laburo. Y mantenías una ínfima esperanza de que El Gordo te dijera algo, que al menos se mostrara agradecido por la veintena de notas enviadas, y que él había publicado, sin excepción, en “su” diario – fundado por su padre.
Uno siempre espera que los demás cambien. Al entrar por la puerta de la librería, cuyo salón estaba en penumbras (las empleadas ya se habían ido), y escuchar el repiqueteo metálico de las linotipos y el olor a tinta, te diste cuenta que poco había variado en tu ausencia. Detrás de una mampara de madera compensada, reconociste el escritorio de R., tapado de diarios y recortes; su vieja Remington y su grabador de cinta parecían de museo.
En el largo depósito con techos de chapas de zinc, los operarios de overol azul trajinaban, envueltos en un penetrante olor a acetatos; ponían líneas de plomo y ordenaban manualmente las hojas de la edición del viernes que escupían aquellos armatostes de hierro, que cada tanto se trancaban, provocando las puteadas de tus compañeros “chupatintas”.
El sonido del teléfono desde una pequeña oficina separada por una base de madera y vidrio esmerilado del taller, te advirtió que el Jefe estaba allí.
La charla, como lo temías, fue banal. El Gordo ni siquiera mencionó tus colaboraciones (es verdad que a tu partida, hacía ya un año, no habían estipulado un pago por las notas de viaje), pero el periódico había llenado muchas páginas con ellas, y otros colegas las habían elogiado calurosamente: “Este muchacho tiene futuro en el periodismo”, le había dicho a tu padre un veterano corresponsal de un diario capitalino.
¿Y tu jefe no iba a decirte nada, ni una palabra de agradecimiento? Estiraste la conversación unos minutos más. Todo en vano: el tipo esperaba que siguieras laburando igual por el mismo sueldito. ¡Hubieras visto tu cara de frustración! En la juventud podemos ser dolorosamente ingenuos.
Cuando saliste a la calle, caía una fría llovizna; te levantaste la capucha de la campera; si alguien hubiera visto tu rostro entonces, habría percibido una extraña sonrisa de satisfacción para quien acababa de perder su empleo en tiempos difíciles. Pero ya no había marcha atrás, nunca la hay en realidad.
Es notable cómo una palabra —o su ausencia— puede cambiar nuestro destino. En este caso, un simple “¡gracias!”, hubiera escrito otra historia…


INFIERNO GRANDE
Daniel Abelenda Bonnet ©
“You can´t go back home”.
Bob Dylan
Con un sol amarillo de trigales,
Pastaban bestias, pasaban gentes,
Bajo el yugo de los trabajos y los días
—antiguo ritual de las estaciones—
Pueblo chico, vidas secas…

Pero había una música nueva
Llamándote a andar caminos
Y partiste con poco equipaje
(unos poemas en un cuaderno liceal)
Pues la vida estaba en otra parte.


CUARENTA Y PICO
Daniel Abelenda Bonnet ©

Hay un tiempo impetuoso
Para desafiar la muerte
(a los dioses o al destino)
Para hacer que las cosas sucedan
Y el mundo se acomode
a nuestra caprichosa manera.

Mas luego viene otro tiempo
Para dejar simplemente
Que las cosas se sucedan
Unas a otras lentamente
Como la noche sigue al día
Y la luz a la oscuridad.


UN VERANO CON VIVIANA (Pinamar, 1988)
Daniel Abelenda Bonnet ©
 V.C.
Todo en nosotros
Fue fugaz milagro
Un choque de planetas
Bajo un cielo de estío
Contando estrellas cómplices.

Y el mar borrando
Huellas en la arena
Aquel exceso de luz
Fue un anticipo de
Nuestra invencible
Inmortalidad de veinte años.


ARTÍCULO DE FE
Daniel Abelenda Bonnet ©

No escribes para existir
Existes porque escribes;
Pues nada ocurre
Hasta que no lo escribes.



NECHI DORADO

Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Periodista, narradora y poeta. Autora del libro de cuentos y relatos Destapando el silencio (Ediciones Amaru) de fuerte contenido social y a modo de homenaje a los seres que sufren la marginación y el olvido. Es militante social y de derechos humanos.



¿SE ACUERDA DE MI SUEÑO, MILAGRO?
Nechi Dorado ©

Milagro y Segundo forjaron su historia en un pueblo de la Puna salteña, cuando las condiciones laborales permitían que la pujanza dibujara sonrisas en los cerros, entre la magia de un paisaje casi desdibujado, árido, lleno de subidas y bajadas ondulantes en un terreno tan salado como irregular.
Milagro era quien sujetaba las riendas de la casa cuando Segundo rumbeaba hacia la mina. Rostros curtidos por los ventarrones de los salares, desparramados como tributos de acervo geológico, eran la seña de distinción de la pareja, por cuyas venas latían rastros de una cultura arrasadora, instalada a fuerza de cruces y espadas.
Como testimonio de sus pasos por la vida quedaron cuatro pedacitos de humanidad que serían el vivo recuerdo de su existencia. Como indeleble sello estampado en ese paisaje agreste, llamas y zorros compartían espacios entre el olor penetrante del azufre, sin saber que el futuro llegaría demasiado pronto para dejar cicatrices talladas en las almas de la familia y el vecindario.
Una mañana de esas que podría haber sido como cualquier mañana, Segundo se levantó temprano para comenzar su día de trabajador minero. Fue un despertar agitado. Segundo transpiraba, su respiración jadeante indicaba que algo muy feo estaba sucediendo dentro de ese hombre fuerte, no acostumbrado a rendirse ni cuando la adversidad golpeara ensañándose contra él y su familia. Verlo en ese estado, desesperó a Milagro, que intuía que ese día no sería como todos, mientras se persignaba diciendo:
—Dios mío, ¿qué pasa, Segundo? Usté no se siente bien, m’hijo. Espere que le preparo un matecito —mientras trataba de espantar los resabios de sueño pegados a sus ojos tan negros de mirar profundo.
—¡Ay mujer! Viera qué sueño tan feo. No sé si fue un sueño, más bien creo que tuve una de esas cosas que usté llama… ¿cómo es que le dice, Milagro? ¡Una visión! Eso, una visión, Milagro, y usté también estaba ahí. Y los muchachitos estaban, Milagro. Y estaba todo el pueblo.
—¡Y eso, Segundo? Si es así no es p’asustarse tanto, puntualizó ella.
—¡Qué cosa tan fea! Sabe, soñé o viví, mejor dicho, porque yo eso lo viví d’enserio. Vi que pasaba por el hotel de don Carlos Antúnez. Pasé también por la escuela y sentí el griterío de los niños. El más chico me saludaba con la manito, pero lo más raro, Milagro, lo más raro me pasó cuando bordeaba la iglesia.
—¿La iglesia? ¡Ay, Dios mío! —respondió la mujer persignándose nuevamente—. ¿Usté soñando con la iglesia? Con razón se levantó así de mal.
—Viera, vieja, allí estaba el padre dando misa. Yo pensaba qué raro, misa en día de semana y Milagro que no me dijo que iría.
—Ay Segundo, eso sería lo de menos, ¿desde cuándo usté dándole importancia a las misas si nunca pensó en la iglesia, ni siquiera pa’ acompañarme? Y con lo bien que uno se siente cuando va. Pero a usté nunca le hizo gracia, y mire que venir a soñar con la iglesia, válgame Dios y María Santísima.
—Ahí está el tema, Milagro, porque en el sueño yo me metía como si nada. Y vi al Cristo con lágrimas rodándole por la cara de porcelana descascarada. ¿Es así como está?, ¿descascarado?
—Sí, Segundo, sabe Dios cuántos años lleva en ese altar —respondió Milagro, mientras con una mano preparaba mate y con la otra apretaba un rosario heredado de la familia, cuyo cofre era el bolsillo de cualquier ropa que usara la mujer.
—El curita decía algo como que era el final del pueblo. Y yo que quería preguntarle cómo podía ser que dijera eso, pero ni me salía la voz pa’ preguntar.
—¡Ay Jesús, menos mal! —murmuró en voz baja Milagro antes de agregar—: ¡Tan descreído que es! ¡No quiero ni pensar qué cosa hubiera preguntado!
—No, Milagro, esta vez le juro que no. Yo quería decirle ¿cómo que el final del pueblo? ¿Cómo puede decir eso? Vea cómo llora el Cristo. ¿Y entonces pa’ qué están usté y los vecinos del pueblo? Siempre fueron tan amigos y ahora lo dejan llorando d’esa manera.
—¿No digo yo! Menos mal que no le salió la voz —dijo Milagro, mientras chasqueaba las manos sobre su falda. Por enésima vez dibujaba sobre su pecho la señal de la cruz, casi como en un acto mecánico irreflexivo—. Fíjese que hasta soñando es un irrespetuoso —protestó la mujer frunciendo el ceño.
—Ya le dije, Milagro —continuó explicando el hombre, aún agitado—. La cuestión es que el cura empezó a decir que vendría al pueblo el asesino del tren y nadie podía creerlo. De repente lo único que vi fueron ojos, toda la iglesia se llenó de ojos. Ojos sin cara, sin nariz, sin boca, sin nada.
Ojosojosojos, repetía Segundo, casi desesperado como volviendo a vivir ese sueño perturbador.
—Y todos los ojos lloraban y lo pior es que yo también me puse a llorar.
—¿A llorar, Segundo? ¿Usté llorando? Tiene razón hombre, eso no fue un sueño, usté lo que tuvo fue una pesadilla. Tómese un mate calentito a ver si se calma un poco —ofreció Milagro.
—La cuestión, Milagro, es que de pronto empezó a sonar el bocinón del tren, todos los ojos se cerraban. Parecía que estaba pegando un aullido, era como si algo grande lo estuviera apuñalando y él pidiendo socorro y los ojos se cerraban y yo los quería abrir y no podía. Y más ojos y más ojos y yo escuchaba su grito en cada bocinazo y siempre pidiendo socorro —contaba el hombre desordenada, desesperadamente.
—Los ojos se salían de la iglesia, el único que estaba completo era yo. Salieron la Virgen, ese santo que tiene una bata marrón que usté menciona siempre.
—San Antonio —respondió Milagro, exhalando un suspiro de resignación.
—Sería —dijo Segundo—. Y se escapaban los ángeles corriendo y el tren que seguía aullando y los ojos volvían a abrirse y a cerrarse y yo empecé a sentir olor a muerte, Milagro, olor a muerte.
Milagro se santiguaba continuamente, su rostro empalidecía y sólo atinaba a repetir:
—Usté tuvo una pesadilla, Segundo.
—Yo corría hasta el tren, me daba cuenta que se estaba muriendo, quería salvarlo, sacarle el puñal que tenía en la espalda pero no había nadie p’ayudarme. Todos los ojos volvían a cerrarse y usté ya
sabe, los ojos cerrados parece que fueran ciegos. Y el cura tampoco ayudaba, Milagro. Creo que se fue el primero, salió como disparado y los ojos lo siguieron. La voz no me salía, Cristo seguía llorando, los angelitos corrían pa’ cualquier lado tropezándose entre ellos y el tren que aullaba cada vez más fuerte y seguía saliendo sangre de su espalda apuñalada.
Segundo seguía agitado, nervioso, preso de un terror que no podía contener. Milagro dejó de cebar mate pero no de santiguarse.
De pronto, la bocina del tren se escuchó como todas las mañanas a esa misma hora. Milagro dejó el mate sobre la mesa y se acercó a Segundo tratando de calmarlo.
—Tranquilo viejo, ¿no le dije que tuvo una pesadilla? Allá viene, no hay quien pueda apuñalarlo, Mire que ver al tren sangrando y apuñalado, sueño de locos fue ese —murmuró bajito Milagro mientras cambiaba la yerba al mate.
—Segundo, vaya tranquilo pa’ la mina, que Dios lo protegerá como siempre —dijo la mujer con tono de preocupación.
—Menos cuando duermo, Milagro —respondió el hombre antes de partir hacia la mina, aún todo transpirado.
El azufre era transportado en cable carril desde la zona vecina hasta donde habitaba la familia. El agónico tren, según el sueño de Segundo, lo transportaría con su serpenteante paso, imponente, desafiando al cielo, separado de la tierra por la cadena montañosa. Entre soledad y sal, entre pueblo y pueblo, tradición y cultura enmarañadas en ese paraje lejano de mi tierra.
En la ciudad, otra formación transportaría el elemento químico de número atómico 16 y símbolo S con destino a la capital del país. Los pueblitos crecían, la gente vivía feliz entre fiestas patronales, himno en la escuela, risa contagiosa de los pequeños, y los perros correteando a los gatos que huían hacia los cerros que parecían pechos maternales refugiando a los perseguidos. Pasaron los días, Segundo no lograba olvidar su sueño al que seguía interpretando como visión y que Milagro llamó pesadilla.
Una madrugada otoñal, cuando el sol comenzaba a perder fuerza, dando lugar a que sombras absurdas aparecieran vestidas con mantos corruptos, la pesadilla de Segundo fue gestándose como un feto monstruoso, parido desde el centro de cerebros malditos, tornándose realidad.
El trabajo comenzó a escasear. Alguien repetía que un hermano del cuñado de la mujer, del primo de su vecino de al lado, había escuchado de boca de un viajero que en la Capital se decía que ya no era negocio rentable producir, sino traer de afuera. Segundo volvió a sentir aquel olor a muerte. Sentía que se acercaba en silencio la sombra de la desgracia cada vez que escuchaba noticias provenientes de la Capital. Y no eran pocas.
Una tarde, bajo un cielo plomizo que descargaba una nevada flojita sobre el lomo de las llamas y las montañas, el “dios” del yacimiento reunió a los obreros para presentarle a una visitante inesperada, cuyo nombre, se le ocurrió a Segundo, era parecido a desgracia. Decía que por decreto, la mina cerraría en pocos días. Segundo revivió el sueño. Pensó en Milagro y en los niños. Volvió a sentir que todo se convertía en ojos cerrados, ojos que se abrían, ojos que lloraban como los suyos. Y vio nuevamente a los ángeles tropezándose unos con otros.
Regresó a la acogedora casa donde albergaran, hasta ese mismo día, las esperanzas de un futuro que estaban asesinando. Volvía con la espalda doblada, la mirada ausente, el corazón palpitando como cortado en pedacitos y sin forma de unirlos nuevamente.
A pocos kilómetros de allí, sintieron un alarido igualito que el del sueño de Segundo. Fue el último grito del tren que moría. Segundo sabía que lo estaban apuñalando.
Abrió la puerta de la vivienda, allí estaba Milagro abrazada a los niños, la noticia había corrido como corre la nieve por la falda tableada de la montaña.
—Tenemos que irnos dentro de poco, Milagro, vaya preparando las cosas que se puedan llevar. Acá ya no queda lugar pa’ más nadie.
—Vio, mi viejita, lo apuñalaron nomás —dijo Segundo, tragándose las lágrimas para que sus hijos no notaran su flojedad.
—No sé cómo haremos pa’ ir a visitar a sus hermanos, se acabó también la familia, mi vieja.
—¿Y dónde iremos? —preguntó la mujer acariciando el rostro entristecido de su compañero.
—Ay, Milagro, mujer, ya vio que yo no sueño si no que tengo visiones. En una de esas, quién no le dice, empiece a soñar de nuevo. Por ahí sueñe que el gigante se recupera de esta puñalada —decía Segundo próximo a asistir a las exequias de lo que fuera su pueblito antes de convertirse en un fantasma insepulto entre el paisaje árido y las esperanzas despedazadas.
Algunas mañanas, cuando el sol tímidamente asoma, pareciendo ensartarse en los picos de la cordillera, rasgando las sombras de la oscuridad, dicen que se escucha el aullido del gigante que yace a lo lejos, entre la herrumbre y el olvido. Sigue con el puñal clavado en su espalda de acero, dando desesperados manotazos, tratando de acariciar los restos de una historia derrumbada.
—Que vuelva a soñar, Segundo, se lo ruego —pide Milagro a su Dios todos los días—. Usté sabe lo bien qu’estábamos allá…


SENTENCIAS
Nechi Dorado ©

“Multiplicaré en gran manera tus dolores y parirás con dolor”.
Y con dolor los parió, nomás.
Y se hicieron hombres y mujeres en medio del dolor.
Y hasta los vio morir
cuando la guerra fratricida
reventó los espejos de sus almas.

Y vio a un hermano asesinando al otro,
inducido.
Y vio a un padre llorando sobre el despojo
humeante,
de lo que fuera su simiente
florecida,
disecada,
arrancada antes de tiempo
de la vida.

Y cuando alguien dijo, habrá un mañana,
ella volvió a temblar.
Y descansó su rostro entre las manos callosas,
recordando la sentencia:
“Multiplicaré en gran manera tus dolores…”

II
“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”.
Y no ganó ningún pan,
apenas las migajas que caían
del plato del gamonal.
Y recordó nuevamente
la sentencia…

III
 "Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida".
Y fue caníbal el hombre y la mujer,
cuando transubstanciaron el pan
diciendo que era el cuerpo del Padre.
Y fue vampiro cuando se bebió la sangre,
transubstanciada también.

Y siguió multiplicándose el dolor
por esta tierra.
Y ella volvió a recordar
tantas sentencias.





ÓSCAR JOSÉ FERNÁNDEZ GALÍNDEZ

Nace en Caracas, Venezuela, el 30/5/1971. Es poeta y biofilósofo. Profesor de biología. Sus investigaciones y reflexiones lo llevaron a proponer una teoría que explica la complejidad de la vida desde los paradigmas emergentes en biología, a partir de la “Teoría metacompleja del pensamiento biológico”. Desde allí relaciona ciencia, arte, filosofía y política, para intentar aproximarse recursivamente al pensamiento y hacerlo transdisciplinario, centro de sus búsquedas y creencias.
Cree en el lenguaje como un extraordinario recurso para lograr la comunicabilidad y a su vez cree que éste es a veces una trampa que se pierde en la multidimensionalidad de la cultura.
La vida es para el autor una espiral que, al intentar retornar al punto de partida, nunca vuelve en la misma dimensión experiencial. Éste es el eterno retorno que no retorna. Su posición bioanarquista ante la vida lo lleva a entender la sociedad como una instancia artificial en la que lo más importante es permitir la libre expresión de la diversidad.
Se define como ecologista y poeta. O tal vez al revés.


ROSA VERDE
Óscar José Fernández Galíndez ©
“Todo es veneno. Nada es veneno.
Todo está en la dosis”
Paracelso
Rosa verde de mis encantos
condúceme a través de tu vientre espumoso
para conocer tu verdad.

Rompe con el vértice que te hace cautiva
y olvídate de tu destino solitario.

Amanece y te veo dormida
pero eso no indica que no estás allí
te veo luchando contra ti misma
para encontrarle el verdadero sentido
al viento.

Rosa verde alivia al incrédulo que no cree en tus palabras.
Rosa mágica espérame en tu regazo
Y haz que mi búsqueda tenga un para qué.
Verde te veo venir
a veces creo que me pierdo
en medio de tus pétalos
pero ellos lloran con sangre de manantial.
No conozco de extravíos
pues tú siempre has estado
soy yo el nuevo.
Así como nueva es mi destrucción
que dice amarte.

Soy libre de quererte a mi manera
aunque sea solo una vez.
Mi amor asesino
es un amor autodestructivo.
Siento que salgo a trotar fumando un cigarrillo.
Y te siento mía
te siento una en mi precipicio.
No te vayas sin despedirte
aunque sea yo quien te expulse.
Perdóname por lastimarte
pero necesito que me enseñes a quererte
como te lo mereces.
Soy quien te ama
más allá del dolor.

Quiero amarte y que el dolor
no duela.

Quiero que siembres en mí
tu verde de esperanza.
Rosa verde del crepúsculo
sé que es posible amarte
sustentablemente.
Sé que es posible
crecer
homeostáticamente.
Sé que es posible
conocer los ciclos circadianos
de tu mirada.
Sé que es posible
transitar por la avenida
de tu ecosistema.
Sé que es posible
y estoy dispuesto
a vincularme
simbióticamente
con tu aroma.


ROSA DEL COSMOS
Óscar José Fernández Galíndez ©
Somos polvo de estrellas"
Carl Sagan
Del cristal a las nubes saliste
hoy para regresar ayer
en un desastre de espera
que no te espera, regreso siempre
a un espacio que nunca es el mismo
vengo de un mundo igual
en apariencia pero distinto en esencia tu sueño es
mi realidad
y mi realidad es tu recuerdo
existes porque yo digo que existes
la palabra es energía
la energía es pensamiento te veo
te toco
te huelo
te oigo
y eres virtual
tu catástrofe se autoorganiza en paz
en otros ojos
en otra piel
tu piel
tu cuerpo se amorfia cuando creo que lo veo
en el espejo
parece que apareces
distinta
distante
en la escalera espiral que reconoce mi herencia
es gemela la idea que se disipa a sí misma.

Eres molécula partícula
materia y antimateria
creamos al mundo que nos crea
somos vida en el big bang
átomos en la historia
copo de nieve en el universo
orden en el caos.
En la dimensión paralela de tu vida
gobierna la materia oscura
y hace de los horizontes de sucesos
sólo un tránsito hacia un encuentro.
Olvidé caminar
recombinantemente
por mis dudas cotidianas
recorriendo las mordazas
que reconducen
mi espacio mutagénico
haciendo posible
la transmutación de la risa
en hormigas cósmicas que
juegan a ser Dioses.
Somos creadores extraterrestres
dentro de nuestro propio espacio interno.
Por favor no me olvides
pues existo sólo si me piensas
no soy más de lo que esperas
ni menos tampoco
sólo soy una idea
tu idea.
No tienes que decirme
que hay vida después de la muerte
o que Cristo es extraterrestre
o que nuestros ángeles
son viajeros del tiempo
lo sé
lo sé.
Hoy le hago el amor a mi computadora
un casco
unos sensores
un programa de inteligencia artificial
en resumen un orgasmo programado.
Mañana me compraré un robot
para que me enseñe a ser persona.
Está por darse la última pelea
los perfectos genéticos
contra nosotros.
Dicen que con las nuevas piernas de titanio
se corre más rápido ¿serán tan buenas como dicen?

Disculpa me tengo que ir
debo tomar el próximo vuelo a la Luna
me ofrecieron un empleo de guardaparques.
Nos vemos dentro de 200 ó 300 años
Ahhh… se me olvidaba también soy inmortal.
Mi Dios también tiene Dios.


ENTRE ANTROPÓLOGOS TE VEAS
Óscar José Fernández Galíndez ©

Los pasados 16 y 17 de diciembre del año 2013 asistí a un interesante evento sobre el debate colectivo referido a la construcción de la nueva ley de semillas. Éste se llevó a cabo en la sede de la escuela agroecológica Indio Rangel, ubicada en la comuna del mismo nombre en la ciudad de La Victoria (Aragua), convocado por el Ministerio del Ambiente y algunos colectivos ecologistas del país.
Hasta allí todo bien e interesante, lo único que podría cuestionar es la aparición de un fenómeno que de no ser porque ya se está haciendo un poco común, diría que se trata de un extraño fenómeno. Me refiero a lo que he denominado la epidemia de los antropólogos de clase media. Trataremos de caracterizar dicha situación:
a) Se visten con ropas muy llamativas, tipo hippie de los años ’60.
b) Son todos muy jóvenes, creo que no pasan de los 25 años.
c) Por lo general se identifican diciendo: “soy antropólogo(a)” o dicen “nosotros los científicos”.
d) En su mayoría son caucásicos, aunque no falta uno que otro afro-descendiente.
e) Casi todos usan la cabellera larga, tanto que parece un requisito para entrar en su clan.
En dicho evento se debatía, entre otros aspectos, sobre la propiedad intelectual de las semillas y sobre la prohibición o no de la semilla transgénica en el país. Dado todo lo antes dicho, una de las primeras preguntas que me surge es:
¿Será o no transgénica la marihuana que estos niños se fuman?, y si no fuman marihuana ¿qué clase de hippies son?

SOBRE LOS ESTEREOTIPOS Y LOS ESTERIOTIPADOS.
Tanto en el ámbito cultural como en estos espacios antropológicos pareciera que ser una especie de pieza de museo andante es el orden del día. Tal vez funcione para ellos andar por la calle en tal plan publicitario, pero no creo que funcione para un espía; es decir, andar por allí mostrándose como tal. Irónicamente, de seguro sería un interesante disfraz para un espía hacerse pasar por un hippie de estos. Otra cosa, que sí vale la pena reconocer de estos muchachos, es que construyen interesantes argumentos y el debate con ellos se da de forma amena. Me gustó tanto el compartir con ellos que hasta quizá, fume de esa marihuana. Eso sí, nunca me vestiré como ellos. Amor y paz, hermanos.

CANABIS OR NOT CANABIS, THIS IS THE PROBLEM
Por un lado la podemos ver como una planta medicinal, por cierto muy útil para calmar dolores crónicos, es por ello que en algunos países se ha aprobado su uso sólo bajo estricta vigilancia médica. En otros como en Holanda se permite un consumo mínimo para sus habitantes. En países como el nuestro se consigue de forma ilegal y a pesar que hoy día se aprueba el uso de los terrenos urbanos como espacios agrícolas (agricultura urbana), no estoy muy seguro de que sea bien visto el usar algunos de esos terrenos para cultivar marihuana. Se me ocurren muchas promocionales, por ejemplo: “te cambio tu arma, mi pana, por un poquito de marihuana”. O “si tienes un dolor que ya no aguantas y que ni el dentista repara, ven con nosotros y cultiva tu alivio”. “Que no te duela la vida. Viajemos juntos”.
Y podríamos crear una fundación FUNDACANABIS y su slogan no sería por una Venezuela libre de problemas, sino a Venezuela ya no le importan los problemas, de allí que si nos invaden los gringos, nos drogamos con ellos.
Pero más allá de todo esto, no es suficiente el uso agrícola, el uso medicinal, y su posible uso para combatir la violencia. Si todos la usamos podríamos generar un efecto colectivo de relentización del tiempo, y podríamos hacer por ejemplo que el día nos dure más para hacer lo que tenemos que hacer, o que simplemente ya no nos interese lo que tenemos que hacer. Claro que tal vez debamos tener algunas medidas restrictivas para los conductores de transportes escolares y los conductores de ambulancias y tal vez si todos cultivamos nuestra marihuana no transgénica y sin agroquímicos (eso sí) podríamos ser libres, felices y viajar por siempre en una eterna nube.

AUTOANÁLISIS
Revisando todo lo que he escrito hasta el momento me pregunto, ¿qué será lo que me ocurre?
a) ¿Será que quiero volver a tener la edad de esos chamos antropólogos?
b) ¿Será que quiero ser antropólogo de clase media y como soy afrodescendiente, ser también rasta fary?
c) ¿Será que no quiero tener problemas como ellos?
d) ¿Será que…
Lo único que no me pregunto —porque la respuesta es más que obvia— es: ¿Será que quiero marihuana?

ÚLTIMA HORA
Una fuente muy cercana a la tribu de los neohippies antropológicos me informa que estos en su mayoría no son marihuaneros y, por consiguiente, que la marihuana no es un indicador consistente a la hora de catalogar a dicha tribu urbana. Seguiremos informando.
La noticia de arriba expresa una gran confusión, porque entonces: ¿Qué se fuman? Porque no cabe duda de que algo deben estar fumando. Hace algún tiempo, cuando me inicié en esto de la reflexión filosófica, era por cierto un chamo como ellos. Logré producir mi primer texto reflexivo luego de unos meses. Éste contenía sólo seis cuartillas. Salí corriendo a mostrárselo a uno de los profesores de la universidad que hasta ese momento era alguien que me parecía de mente abierta. Éste, al ver el material y entender poco o nada, me dijo: ¿Qué te fumaste?, ¿estaba verde?



GINNA VANESSA PÉREZ NOGUERA

Nacida en 1995 en Bogotá, Colombia, ciudad donde reside. Escribe hace unos años y dice haber encontrado en la poesía una pasión y forma de vida que le permite llegar a quienes más quiere. La poesía se ha convertido en su vida, en su diario vivir y en su anhelo más grande.


SE ACABÓ LA TINTA
Ginna Vanesa Pérez Noguera ©

Pesadez a flor de piel,
se han cansado los pies
y la hiel invade corazones,
y los párpados lloran
al son de dolor.

El martirio
habló en la letra,
y tan bendito como maldito,
se creó el hechizo versal.

No llora,
porque está cansada
y casada con el camino frívolo
y ahogada por la oscuridad de la vida.

¿Adónde vais con ese rostro de cicatrices?

Le ha dolido ver los rostros,
y levantar la mirada fija.
No conocemos
la dificultad frente al espejo,
el riesgo de salir
y escuchar las risas
y sonreír y diferir,
y callar y seguir,
y tragar y escribir.

Hace mucho se escribió el dolor,
y qué bello ha sido revivirlo en vivencias,
que plasmadas en un libro,
recuerdan la pena de vida.

Si no respondes,
no es tiempo,
es ausencia,
pena en la pupila
y augurio de melancolía.

Que la vida es fría,
negra y perdida,
vacía y dolida,
pero que acabará algún día.

Se cayeron las hojas
y el sol se apagó,
la razón te olvidó
y el corazón te traicionó.

Querer lo imposible,
sucesos inexplicables,
con sustancias irracionales,
¡Vida mía!

Mira al cielo,
y pide clemencia,
y pide clemencia a sus dos pertenecientes,
para que no le olviden
y sepan la carga que llevará siempre,
constante y aguda.

Mira al cielo,
sus dos de arriba,
llevados en la piel,
¡Que no le olviden! ¡Que no le abandonen! porque se acabó la tinta...
Se acabó la tinta.


¡VIVE EL POEMA!
Ginna Vanesa Pérez Noguera ©

¡Que te gobierne un verso!
Vocifera, por tus calles el amor prohibido de aquella dama,
róbate el beso a la pasión,
abraza la pena, y hazla tuya,
pero empápala de regocijo,
pinta con tus manos de Van Gogh, la oreja del alma,
escribe en los muros de la ciudad, el verso clandestino,
acaricia sus curvas, acaricia la curva de su sonrisa,
camina bajo la lluvia y lava la culpa,
sécate las lágrimas,
¡Vive el poema, vive el verso y su más grande entrega!
libera el rencor
y entrégate, aunque el dolor mañana te agote los segundos de vida.

Perdemos vida ahora,
y a cada tristeza se nos va una alegría,
que extrañaremos de viejos,
que extrañaremos de cansados,
a cada golpe perdemos fuerza,
a cada miedo perdemos valentía,
a cada riesgo, ganamos vida, y recuerdo sagaz.

Lee con tanta pasión y amor estos versos
como fueron escritos,
a ti te escribo, que me das vida al leer,
que me recuerdas aunque no exista,
que me das honores de devolverte una esperanza.

Porque,
se escribe a la pena, para hacerla bella
al amor prohibido, para hacerlo posible y encarnizado en ilusiones,
al cóndor herido, que busca refugio en dos manos,
al niño perdido en cada corazón.

No pretendo hacer una revolución,
solo quiero despertar el corazón de quien me lee,
de quien me da razón de existir.



J. ANDRÉS HERRERA

Escritor morelense. Nació en Cuernavaca, México, en 1990. Su obra aparece en diversas publicaciones impresas y digitales. Es miembro colaborador de la Revista Tajo y de la Revista Ombligo. Tiene dos poemarios digitales que circulan libremente en la red: Eso que revienta (2012), El morbo y las promesas (2014). Dice que estudia la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Primer lugar en el XVI Premio Universitario de Poesía “Décima Muerte”.


GATOS
J. Andrés Herrera ©

El gato se llamaba Caralampio y el otro, el que no recuerdas, Misifuz.
El manchado desaparecía días enteros, regresaba flaco y arañado
o doblemente gordo y bien bañado; a veces, con correa.
“Pero si aquí nació”.
Te enojabas, y entonces cargabas al de rayas, le decías que él no era un malhijo,
que respetaba su casa, que te quería mucho y que estaría siempre.
Mis recursos siguen siendo tan pobres como entonces
pero no puedo contener estas imágenes muertas.
Tiraban zarpazos a un ave y después la dejaban para ir a tomar leche.
Eran los gemelos del espejo triste y el espejo muerto.
El manchado se llamaba Caralampio, no te gustaba amarlo por su actitud.
Al rayado lo amabas como al aire, sin querer, pero ya no lo recuerdas.


POEMA DE CUERNAVACA
(fragmento)
J. Andrés Herrera ©

IV – Estancia de golpes

Polvos solos en futuros y pasados,
polvos aquí en mi pecho, donde nadie aborda la travesía.
Huyo para enamorarme una vez más antes del aullido que suicida,
huyo para hallar otros dientes.
En tu centro, mi corazón es un niño que levanta piedras
y sólo basta abrir los ojos en tu espalda
para recuperar el vuelo de los amados.
Mi boca ya es amarga.
En tu iris despojado del ruido,
poco a poco me desoriento y desvarío.
Me basta uno de esos blues donde canta una mujer,
que seguramente me rechazaría y quedó loca.
Me basta que sea gringa, negra, de los años cincuenta.
Me basta un hotel en una calle de Chamilpa,
donde mi mujer me espere desnuda en la cama,
un cigarrillo ocasional, ya sin vicios
y llorar en la bañera —yo nunca tuve bañera—
mientras afuera, Ciudad voyeur, tus piernas se humedecen
recordando mi carne adentro diez minutos antes.
Pero mis sueños no son tan terrenales
y por imposibles te esbozo en un beso una mentada,
y un rezo, y te conjuro en las barrancas,
y te quemo, y te hago una perforación en humo
y una estatua de flamas azules.
Ciudad lila, nunca olvidaré tus jacarandas.



NANCY JAZMÍN GONZÁLEZ FLORES

(Colima, México, 1983). Licenciada en letras y periodismo por la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima. Docente en diversos institutos de enseñanza media y primaria. Ha realizado colaboraciones literarias mensuales, así como periodísticas, en medios electrónicos e impresos, tales como Colimarte (http://colimarte.blogspot.com/), diario Avanzada Colima, y en las revistas Vida y Mujer Colima, Fumarola, Trafalgar (Colima), Colimarte, La piedra lisa.
Mención honorífica en el Primer Certamen Estatal de Relatos de Terror y Misterio (2008), organizado por la Secretaría de Cultura del Estado de Colima y Radio Levy.
Participación como ponente en el Taller “Arte y Dramaturgia en Protagonistas” en jornadas literarias 40 años de Protagonistas de la Literatura Mexicana, homenaje a Emmanuel Carballo (Secretaria de Cultura y el grupo literario “Voz de Tinta”, 2005).


LA VISITA HOSTIL INESPERADA
Nancy González Flores ©

Siempre escuchaba supersticiosos cuentos sobre fantasmas, apariciones y espectros, narrados por la abuela quien nos asilaba a mis primos y a mí durante cada fin de semana. Noche tras noche, una vez después de la cena era todo un ritual sentarnos en el alfombrado piso de la sala, frente al tumultuoso equipal de piel color chocolate donde le escuchábamos relatar sobre hechos fantasmagóricos, sirviéndoles como espectadores mis primos que le contemplaban atentamente en cada palabra, gesto, ademán o indicación gráfica que hiciera con sus manos.
Mi escepticismo por excelencia era más que evidente para la vieja, por lo que en cada intervención de mal gusto que hiciera yo, ella esbozaba una estirada sonrisa de sus apretados, delgados y arrugados labios, mostrando disgusto. Concluida la escalofriante velada, en esa ocasión arremetí diciéndole que las historias antes contadas eran más que falacias. Eso definitivamente fue la gota que derramó el vaso para la anciana. Enfurecida, con la mano empuñada me amenazó con su huesudo dedo diciendo: ¡espero que Dios no te vaya a castigar por incitar a los muertos!
Solté una carcajada y le di un beso de buenas noches en la mejilla, a manera de son de paz. Entré a mi habitación designada y me acosté. Al cabo de un rato sentí mis brazos totalmente inertes, tirantes. No respondían a ninguna forma racional, era una clase de estado cataléptico (ya que mi estado mental era más que lúcido), mientras que una fuerza invisible llena de enojo y violencia me tomaba del cuello para estrangularme. Instantes seguidos comencé a visualizar un rostro mutilado, desfigurado totalmente. Su mirada era aterradora. Existía una ardiente intensidad en sus ojos, quedé atónito.
El frío más intenso y palpable, que me llegaba hasta los huesos, se desvaneció cuando mi abuela entró a la recamara por unas costuras olvidadas en la cómoda. Al encender la luz, me encontró pálido como un espectro, sin energía ni calor en el cuerpo, completamente estupefacto. Mi abuela solo sonrió, y sin decir nada se apartó cerrando la puerta, mientras que en mí cambió toda perspectiva de mí mismo.



ANDRÉS AGUILAR-PÉREZ

Nacido en Los Teques (Estado de Miranda) el 11/5/1940, reside en Caracas, Venezuela. Escritor. Maestro de enseñanza primaria. Directivo de la Golden Sheet. Militante comunista en su país, fue guerrillero y preso político, y sufrió exilio durante varios años. Ha colaborado con diversos artículos para la prensa nacional (Tribuna Ideológica Hoy).
Obras:
Novela: Mala vida, Un muerto muy especial (dos ediciones), Por aquí pasó el Comandante Elías, Eva una mujer de otro mundo. Relato: Los sueños de Carmelo (dos ediciones). Monólogo: El pájaro azul o cuando mi ayuda perdió a Oscar Gálvez. Poesía: Siete fechas y un epitafio (dos ediciones), Este sol sí quema, carajo (poesía), Josefina nos dijo adiós. Reportajes: El Callao y su calipso (para la TV europea), La lucha armada, guerra que no se perdió (sociopolítico), Reportaje en 1965: Venezuela bajo el signo del terror; La muerte de Santos Yorme. Otras: Comandante Roque (homenaje a Iván Daza), Participación de la muerte de Carmen Sofía Pérez Olivares de Aguilar, Decreto para la Autoridad Única Social de la Faja Petrolífera del Orinoco, Carta a Teodoro Petkoff, Carta al General Raúl Isaías Baduel, Entrevista a la sombra de Carlos Tablante.


ESO ME RECUERDA CUANDO IBA YO…
Andrés Aguilar-Pérez ©
Para Alejandro “Kazawa” Aguilar

Vino la noche, por cierto, se acercó de manera extraña, a los pocos minutos de iniciarse la reunión comenzó a llover a cántaros, preludio de que las cosas no estaban bien, los jovencitos que componían las brigadas de combates eran nuevos, ante los destellos de los relámpagos tiritaban de frío y estaban calados hasta los huesos, esta prueba era buena, porque sabríamos a la brevedad quiénes se quedaban y quiénes se irían otra vez a sus sitios de origen, cuando llueve en la montaña el mundo que nos rodea se mueve distinto, no se parece en nada al que estamos acostumbrados. Dormir a la intemperie y mojado es una situación difícil y desagradable para cualquier cristiano. Espero que estén montadas las guardias y las contraseñas, Sí, mi comandante, todo está revisado, estoy enviando una unidad para que atiendan a los que están alejados del campamento en esas funciones, no olvide que hay mucho muchacho, muchos son novatos, Que venga para acá el negro Acacio, necesitamos gente ducha para proteger el campamento, con este aguacero cualquier cosa puede suceder, que utilicen los plásticos y el personal se proteja bien junto a las armas y la comida, esto parece que será largo. Esa reunión del comando de la guerrilla fue para informarnos que pronto nos visitaría el comandante del Frente Simón Bolívar, el mítico comandante guerrillero Argimiro Gabaldón, quien nos uniría a otras fuerzas porque estaríamos, más pronto que tarde, dándole una derrota estratégica a las fuerzas del enemigo, esa fue la información que tuvimos, Por eso debemos entrenar rápido y eficazmente a toda esta gente, que estén bien preparados para las acciones futuras, hoy somos 23, pero mañana podríamos ser 100, con lo cual pudieran darse una serie de complicaciones, cuento contigo Carmelo para afinar las cosas, sobre todo en lo que se refiere a las líneas de suministros, guerrilla con hambre no llega a ninguna parte, las líneas de apoyo son fundamentales y tienen que estar en manos expertas, eso no puede quedar al azar, necesitamos una buena base social en que apoyarnos, es elemental que pongamos nuestro mejor empeño en el trabajo político con los campesinos de esta zona.
Esa noche de noviembre fue infernal, llovía a mares, relámpagos, truenos y frío, acurrucados bajo las cubiertas de plástico hacíamos lo mejor posible para darnos calor unos a los otros, eran horas interminables de agua cayendo de unas nubes muy bajas que parecían concentrar toda su furia en nosotros, Esto se parece a cuando llovió en mi pueblo seis meses seguidos y nos aguachinamos todos, cuando escampó nadie se conocía, porque habíamos cambiado de color, no teníamos un solo pelo en el cuerpo y los ojos eran como de gato asustado después de una pelea con perros, animal de montaña cuando le encandila la claridad de una linterna, eso fue hace como diez años, yo todavía era muy niño, Coño, Acacio, yo no recuerdo que en el país haya pasado una vaina así, tú sabes lo que son seis meses lloviendo sin parar, ni cuando el diluvio, Claro, Carmelo, eso fue mas o menos en la época en que Toribio Quero fue a hablar con mi tatarabuelo, Don Álvaro Pérez Guánchez, en las afueras de San Antonio de Los Altos, sitio en el cual estaba establecido con su bodega de víveres, que era parada obligatoria de todos los parroquianos que transitaban esos lugares, Mire, Don Alvaro, vengo a confesarle algo que me está sucediendo con mi mujer y pedirle su opinión de hombre serio y de experiencia, creo que mi mujer, Don Alvaro, me está montando cuernos, me está volteando, Un momento, amigo, eso me recuerda, precisamente, una vez que iba yo para Villa de Cura a unas fiestas patronales, con liqui liqui blanco abierto desde el segundo botón y mancuernas de oro legítimo, botas de media caña, sombrero alón de pelo de guama, montado en un caballo alazán acanelado, tres cabos blancos y un lucero en la frente, puro nervios, que le había comprado a Don Gilberto Torres Campos, en su hacienda por los lados de Obispos de Barinas, Perdóneme, Don Álvaro, que lo interrumpa, pero qué tiene que ver eso, todo eso con el problema que vine a plantearle, Espere, que sí tiene que ver, recuerdo que di una vuelta por el pueblo, faroleando sobre mi caballo, para llamar la atención de los parroquianos porque quería que supieran que había llegado un jinete bien montado y bregado en unas cuantas plazas que sabían de mis triunfos, obtenidos en buenas lides con los mejores del país, cuando a las cuatro de la tarde se presentaron los toros coleados y cabalgué con los sabios jinetes de la región y tumbé en las cinco lanzadas en las cuales participé, en la última carrera salí con los mejores coleadores de esa generación que fue extraordinaria y todavía se habla de ella, El Ñero Guillén, Juan Carlos Panza —El Niño de San Silvestre—, Joseíto Materán, Chichilo Arleo y Alberto Alifa, hombres bien montados sobre bestias soberbias y gallardas, al grito de cacho en la manga, apareció un jinete sobre un potro retinto, vestido de lino blanco y sombrero alón, José Bernardo Pérez, uno de los coleadores con más sabiduría en todos Los Valles del Tuy, valiente a la hora de jugársela para atacar, en algunas partes le llamaban El Diablo de Charallave por su arrojo a la hora de las chiquitas, salimos juntos, peleamos el rabo del animal, su retinto pegaba duro a mi alazán, sentí sus riendas en mi pecho y seguro estoy que sintió las mías en el suyo, era una batalla de hombres que se juegan el todo por el todo, ocho caballos en barajuste, en glorioso, único y épico tropel, taconeé a mi montura que respondió con prontitud, recuerdo que de inmediato recibí varios golpes y estrujones de los otros participantes en la manga, volví a taconear los ijares y mi caballo se montó sobre el toro, fue cuando agarré la mota del rabo completa del cornúpeta, le di vuelta en mi mano izquierda y pensé, ya es mío y corrimos juntos un trecho hasta que mi cabalgadura, apurada por el retinto de José Bernardo, entrenada en estos menesteres se lanzó para la tumbada, el derribo, al toque pequeñísimo de la espuela, estaba esperando esa orden, me salí de la silla por el lado derecho y mi cabeza llegó a estar por debajo del pescuezo de mi potro, hice mi último esfuerzo y solté al morlaco como dicen los españoles.
El toro, una bestia, un bicho negro como la noche cuando se aparece el diablo de repente para llevarse al mortal en el cual ha puesto el ojo, pesaba cerca de ciento ochenta y cinco arrobas, trastabilló y perdió la vertical y al caer dio una, dos y tres vueltas para aterrizar definitivamente, patas arriba entre una monumental nube de polvo que oscureció la tarde y el sol desapareció, de inmediato ese animal se levantó febril, arañó la tierra con las pezuñas buscando al que le había propinado semejante afrenta, y logró ubicarme entre el tumulto de caballos y jinetes, me miró fijamente, midió la distancia con precisión de agrimensor, y se desprendió, como en un torbellino, en una arremetida infernal hacia mi caballo y yo, con toda su furia, escupiendo una baba lechosa que le salía desde los infiernos de la rabia y un fuego intenso, volcánico, brotaba de las cuencas de sus ojos y, aunque nos burlamos de la muerte con una cabriola magistral en esa oportunidad, todavía el toro acuchilló a Buenas Tardes en el anca izquierda con una herida de consideración, mi caballo resoluto y más brioso que nunca se volvió sobre el toro, relinchó como la fiera herida que era, se levantó como una catapulta sobre sus patas traseras y dejó caer sus cascos delanteros en la cabeza de la bestia enloquecida que bufaba buscando una pelea en el cuerpo a cuerpo donde era absolutamente mortal, allí quedó el toro atontado y maltrecho, vencido nuevamente, se vino el público en aplausos y vítores, me llenaron de cintas de todos los colores desde el sombrero a la cintura, también las crines y los aperos de Buenas Tardes recibieron galardones, de manos del Maestro de Ceremonias y a la vez el ganadero más importante de la zona, recibí un trofeo así de grande de plata y una bolsa de cuero en la que sonaba una canción de metal, eran 50 monedas de oro, después de los honores, hice una reverencia de caballero y desmonté de Buenas Tardes, le acaricié la cabeza y el lomo, observé su herida y me lo llevé caminando a lo largo de la senda que nos hizo la multitud asombrada por el espectáculo que acababa de ver, hacia un frondoso samán que daba bastante sombra en la cabecera de la manga de coleo, allí mismo se presentaron los demás coleadores para saber cómo estaba mi caballo, le quité la silla, recibí muchas recomendaciones, sin embargo, ya resuelto pedí una aguja grande y pabilo y le dije a Buenas Tardes que le cosería y le iba a doler, que no tenía otra opción, pero que era lo mejor que se podría hacer debido a las circunstancias.
Alguien se me acercó y me puso la mano en el hombro, era José Bernardo Pérez que venía a ponerse a la orden para lo que fuera con tal de salvar a mi animal, Yo le ayudo en esta operación Don Álvaro, un jinete y un caballo que han hecho lo que ustedes, merecen todas las consideraciones del mundo, dentro de la manga de coleo y detrás del toro no hay amistad, pero fuera y en estas circunstancias es bueno el tono de la solidaridad y la camaradería, Te agradezco tus palabras, gracias por ese gesto, No hubo ruido de ninguna naturaleza mientras cosíamos la herida de Buenas Tardes ni cuando le vaciamos media botella de aguardiente una vez terminada la operación, él me miró con dulzura sabiendo cuanto le amaba y yo le respondí tomando un trago a su salud, así nos comprendíamos ese bello animal y yo, lo palmoteé y lo colmé de caricias un rato mientras el caballo restregaba su cabeza en mi espalda, luego lo llevé a descansar en un prado cercano con bastante pasto y al cuidado de un peón al que hube de pagarle 10 pesos de plata.
La noche se acercó llena de estrellas y una brisa cantarina refrescaba las calles del pueblo, encaminé mis pasos hacia la Plaza Bolívar y allí en una casona colonial sede del Club Centro de Amigos, donde sería la reunión para despedir la jornada con una fiesta por todo lo alto, que posiblemente terminaría en la mañana del día que estaba por venir, presenté mi invitación, al hacer acto de presencia, de inmediato se lanzó una muchedumbre sobre mi y me felicitaron hombres y mujeres por doquier, un trago aquí y otro más allá, una palmadita en el hombro, felicitaciones a granel, recuerdo que estaba en un grupo muy animado en una conversación donde hablábamos de caballos, arreos de ganado, las fiestas de Carmen de Cura cuando mediríamos otra vez nuestras habilidades de caballistas un mes más tarde, en eso se notó un gran revuelo en las puertas del recinto, se escuchaba una algarabía y se abrieron los aplausos, era la reina de Las Fiestas Patronales de Villa de Cura, la señorita Carmenofelia Colmenares, que llegaba con su corte para presidir la reunión, era una belleza de tez morena clara, con una abundante cabellera azabache que le llegaba más abajo de los hombros y en la cual iba prendida una cayena roja como la sangre, era una escultura alta de alabastro, enfundada en un vestido rosa escotado donde se le adivinaban unos senos redondos, duros y apetitosos, de piernas largas y cara virginal, en verdad hubo un chispazo de inmediato entre los dos, cruzamos nuestras miradas, y desde ese momento quedamos prendados, ella tomó rumbo al trono que le habían preparado, acompañada de sus damas de honor que luego me comentaron eran Maritza Bajares, Ingrid Urbáez, Tania Ruiz, Mañanita Capriles, La Negra Maggi, Martha Gómez, Isabel Moreno, Corina Bruzual, y Jossete Chalbaud, todas hermosas y muy bien formadas muchachas, con excelentes atributos físicos a la vista de los presentes, pertenecientes a muy buenas y reputadas familias de la región, esas muchachas, ya mujeres hechas y derechas, tendrían una notable participación en la historia contemporánea de este país, yo volví con los amigos, pasaron unas dos horas, ni la reina bailaba ni yo tampoco, aun cuando nuestras miradas se cruzaban a cada instante con mucha intensidad, en eso anunciaron al maestro Fulgencio Aquino al arpa y a su cantador favorito Margarito Aristiguieta.
Para entonces, era el alma de la fiesta, el caballero triunfador, de pronto me electricé ante los arpegios que comenzaban a inundar la sala, en un movimiento de resolución solté las amarras sin miramientos, se prendió un fuego intenso en mi corazón, apagué el tabaco que fumaba pisándolo con mi bota derecha, hablé en tono alto para que el mundo y los presentes me oyeran muy claro, crucé la sala ante una multitud perpleja, pedí permiso a las autoridades y me planté ante la reina con la resolución del hombre enamorado, para decirle, Señorita, baile conmigo, por favor, que pareciera que he esperado por este momento la vida entera, ella asintió con un pícaro mohín, los presentes comprendieron inmediatamente que algo especial estaba por acontecer en esa comarca que era Villa de Cura, me dejaron la pista para mí solo, mientras la reina bajaba los seis peldaños desde su trono con garbo y majestuosidad, como levitando, bajo un halo de frescura y buen gusto, un pañuelo blanco de batista en su mano izquierda que me entregó en señal de que era el hombre más importante de la suntuosa fiesta que daban en su honor, con una cálida sonrisa de parte de ella y una pequeña reverencia mía, quedamos uno frente al otro.
Don Fulgencio Aquino, brillante y celebrado arpista mirandino, el mejor del mundo, afinó su instrumento, acomodó su espalda contra la pared tirando la silla hacia atrás, abrió su blusa hasta el pecho, apoyó la caja musical sobre su hombro derecho, respiró profundo, pulsó las cuerdas de acero y tripas de su arpa cálida y maravillosa, para sumergirse en las tonalidades de un Golpe y Revuelta espectacular, como jamás se había escuchado por esos lares, junté los pies, levanté la mano izquierda hasta su cintura de avispa, y la reina y yo nos lanzamos al frenesí de esa música mágica que es el golpe mirandino, nadie osó bailar al lado de nosotros porque habría sido un pecado de consideración, ella sonreía desde una boca donde despuntaban unos dientes perfectos y blancos como la nieve, boca carnosa y provocativa como invitando a un beso suave y prolongado, mientras la llevaba de aquí al cielo, con vueltas a diestra y siniestra, pasos de joropo de un varón ante una dama enamorada, hablamos con la cadencia de la música en nuestros cuerpos de lo que sería la vida que llevaríamos juntos en el futuro, entonces llegó el momento de la figura principal del baile que ejecutábamos con singular destreza, la ciño, la tomo por el talle y la atraigo hacia mi pecho, pirueta que muy pocos bailadores pueden hacer cuando suenan los bordones y la alada mano izquierda de Don Fulgencio Aquino sube los tonos de la Marisela y el vestido de mi dama se abre como una flor, en eso ocurrió algo inesperado e insólito, sucedió de improviso, algo se me salió de las entrañas, desde los confines recónditos de mi ser, desde donde no hay sombras ni nombres, si señor, aunque usted no lo crea, un reverendo y soberano pedo que hizo explosión como una granada de cañón en tiempo de nuestra Guerra Federal, luego flotó en el aire, despacio, espeso y maloliente, por supuesto, me había hecho en los pantalones, es decir, me había cagado, si señor, en ese preciso y crucial instante, en ese momento culminante y estelar de mi vida, el mejor tal vez, cuando estaba por rematar la mejor faena de un Cantaclaro que había recorrido y dejado huellas profundas en el mundo de los machos de este país, de un reconocido Quitapesares contrincante del Diablo en más de una oportunidad en los lugares más inauditos, cantador en esas sabanas de la inmensidad del llano, en la soledad más profunda, donde el hombre tiene la oportunidad de un reencuentro con el hombre inédito que lleva adentro, Pero, Don Álvaro dígame, por favor, eso que usted me ha estado contando con tanto afán, dígame, qué tiene que ver con el problema que le vine a plantear, Sí tiene que ver mozo y usted se habrá dado cuenta, qué si yo no pude controlar mi propio culo, el cual he llevado encima desde hace muchísimos años, en un momento tan especial y memorable como ese vivido por mí en Villa de Cura, cómo voy a poder opinar y dar consejos sobre el culo de su mujer que me es completamente ajeno, desconocido y extraño.
No me jodas Acacio, qué triquiñuelas son esas, Nada hermano, que esa aguamentazón que cayó del cielo fue cuando mi bisabuelo vivía en ese pueblo de Los Altos Mirandinos, en esa época llovió mucho, los muertos bajaban como canoas calle abajo y llegaron a amontonarse más de mil a la entrada del pueblo, ocasionando una epidemia que tuvo la oportunidad de llevarse para el más allá a muchos otros parroquianos que no se habían ahogado en la víspera, No me refiero a eso, sino a la reláfica de tu tatarabuelo.
Esa es la pura verdad, lo pude comprobar porque Manuel Vadell, excelente camarada y mejor combatiente, la contaba siempre cuando íbamos a los cursos sobre el movimiento obrero o cuando estábamos presos en la Dirección General de Policía, ese dirigente es más viejo que el carajo y conoció a mi tatarabuelo, parrandeaban juntos, Pero, Acacio, cómo es eso que tu tatarabuelo contó toda una historia de su vida para darle respuesta al pobre hombre que le hacía una consulta, eso es inaudito, por qué no le dijo que él no se metía en esos problemas y menos que opinaba, Qué sé yo, eso pasó hace mucho tiempo y esa gente era así, sin embargo, me parece sabia la respuesta y muy contundente, Bueno, la verdad que viendo la situación, esa es una manera elegante para no meterse en camisa de once varas, creo que tu tatarabuelo tenía razón, válgame Dios, qué manera de decir las cosas tan floridas y sustanciales, nunca había escuchado algo así, eso parece más bien un cuento tuyo, algún día le preguntaré a Manuel Vadell si esta vaina que me has contado es la pura verdad, Acacio, dime una cosa, Don Álvaro sigue viviendo en Los Altos Mirandinos, Siempre ha vagado por esos lugares, con la neblina hasta los ojos, ocultándose de los hechos ocurridos aquel aciago día en Villa de Cura, en esas serranías estableció su hogar, en un lugar muy bonito llamado Monteclaro y fundó una familia numerosa, Acaso se casó con la reina de esas fiestas patronales del cuento, No, que va, qué se iba a casar con aquella hermosa mujer, tengo entendido que se llevó con el tiempo a la hija de Metodio Delgado, un hacendado y embustero de por los lados de Altagracia de Orituco, parieron como diez muchachos, entre ellos mi bisabuela que fue una mujer de quitipún y charrasco, más jodida que el Mocho Hernández y Maisanta juntos, era una mujer respetada por todo el mundo, sobre todo por los hombres, de los cuales tuvo muchos en su catre, pero esa es otra historia, mejor hacemos lo que nos encomendó el comandante o vamos a tener un lío, un zaperoco de padre y señor mío, Vamos, camina tú adelante, Acacio.



BEATRIZ CÁCERES

Nacida en Cádiz, vive en Santa Paola (Alicante), España. Escritora, poeta, pintora, fotógrafa aficionada, autora de un libro de poemas y relatos cortos, publicado por Editorial Palibrio, titulado El placer de divagar, titulo sacado de su blog personal www.mipanty.blogspot.com.
Su nuevo proyecto, la novela La sombra del secreto, puede consultarse en el blog mencionado al pie en segundo término.


MÁS ALLÁ DE TODO
Beatriz Cáceres ©

Y de repente se vio allí delante de la puerta. Casi no había notado cómo sus pasos la habían llevado hasta ese lugar.
El peso del pasado caía sobre sus hombros repartido en las pequeñas gotas de lluvia, ínfimas huellas mojadas impregnadas de dolor.
Era una fría mañana de noviembre. El cielo estaba surcado de plomizas nubes que liberaban el agua con generosidad. El pueblo parecía haberse quedado anclado en el tiempo. Los adoquines del suelo permanecían allí como eternos invitados de piedra. Le parecía que por sus entresijos seguía creciendo el mismo musgo que la vio nacer.
Treinta años es mucho tiempo, pero apenas se notaba su transcurso en esa húmeda atmósfera. Sintió una pequeña punzada en el pecho al volver a respirar sus calles. Éstas estaban desérticas, parecía que la vida se encontraba en el interior de cada ventana como si de peceras se tratara. Paseó la mirada hacia ambos lados mientras buscaba la llave en el interior del bolsillo de su abrigo. Sentía tanto frío… cada respiración formaba un pequeño velo al salir de sus labios.
Cogió la llave y la sostuvo un instante sobre la palma de la mano, incluso a través del guante podía percibir la frialdad del metal. Era una llave redonda y hueca con forma de arco en su punta.
Sus ojos miraron la puerta. La madera estaba agrietada prácticamente en su totalidad. Apenas se podía vislumbrar su color verde, que en otros tiempos brillaba como barnizada con laca.
La mirilla era una pequeña ventanita situada justo en su centro, con el pasar de los años parecía que se había integrado totalmente a ella, como si nunca hubiera podido ser abierta. Por un momento una sonrisa se dibujó en sus labios, a su mente llegó el recuerdo de ella misma cuando no era más que una niña y tenía que utilizar una banqueta para poder acceder a ella.
Soltó la maleta suspirando. Sabía lo que representaba abrirla. Era como abrir su caja de Pandora particular.
Con un suave ademán, inclinó un poco la cabeza hacia atrás; necesitaba relajar los músculos del cuello por un instante, antes de coger la llave entre sus dedos para introducirla en la cerradura.
La oscuridad se mostró sin barreras ante sus ojos. Tuvo que esperar unos segundos para habituarse a ella. Apoyó la maleta en la puerta e inseguros, casi a tientas, fue dando pasos cortos y vacilantes; hacia donde ella recordaba que estaba la ventana.
Con la yema de los dedos la recorrió buscando el pequeño pestillo para poder abrirla. Lo levantó y al separar sus dos alas, ante sus ojos asomó una realidad fantasmagórica. El polvo acumulado por los años reinaba en el espacio. Todos los muebles estaban tapados por polvorientas telas. Que dejaban entrever la silueta de lo que intentaban ocultar.
Se giró y se dirigió hacia la puerta del patio interior de la casa. Corrió la cortina que la cobijaba y la abrió. La fría humedad de la mañana le golpeó de nuevo la cara. Se paró justo en el centro. Era cuadrado, tenía una superficie de doscientos metros porque su abuelo en su momento le añadió terreno, llevado por el amor que sentía por su abuela. Ésta pasaba un día tras otro las horas muertas allí. Sonrió al observar que el limonero seguía todavía de pie en su esquina. Ahora daba aspecto casi de desvencijado, pero podía recordar como brillaban sus hojas y regalaba ufano el perfume de azahar, recorriendo éste cada rincón de la casa.
La mala hierba proliferaba por cada rincón, casi le llegaba a la altura de las rodillas… No podía contar la cantidad de macetas ahora vacías, pero en su momento pletóricas de color. La hiedra seguía creciendo por la pared, parecía que trepaba desde el suelo en dirección al cielo, como queriendo escapar de sus propias raíces.
Resignada, encogió los hombros. Había mucho que hacer en ese lugar pero necesitaba hacerlo.
Volvió sobre sus pasos y se dirigió hacía su bolso. Necesitaba la mascarilla, no podía exponerse a coger una infección. La cogió, se la puso y empezó a caminar por las habitaciones de la casa abriendo todas las ventanas que encontró.
Y la vida pareció despertar de su letargo, retiró todas las telas y las llevó al centro del jardín.
Recorrió cada rincón buscando fotografías y seleccionó sin dudar algunas concretamente.
Arrastró como pudo un barreño grande que encontró casi oculto entre las hierbas y lo colocó justo en el centro, donde no pudiera rozar nada. Introdujo las telas y se sacó la máscara. Necesitaba poder mirar bien esas fotografías antes de tirarlas encima del pequeño montículo de tela.
Una tras otra desfilaron ante sus ojos. No quería dejar constancia de que alguna vez esa persona había formado parte de su vida. Necesitaba intentar borrarla. El simple hecho de que su imagen, atrapada en papel, pudiera devolverle la sonrisa le repugnaba.
Nunca había sido muy buena encendiendo fuego… pero milagrosamente éste mordía oxigeno con verdadera rabia, haciendo crecer las llamas con rapidez. Caminó unos pasos atrás y se quedó quieta, allí de pie… como hipnotizada.
—Sigues hermosa —le dijo una voz, devolviéndola a la realidad.
Se giró para ver a un hombre apoyado en el marco de la puerta. Lo que una vez fueron cabellos oscuros como la noche, hoy asomaban entre mechones blancos de luna. Su mirada se detuvo en sus ojos. Aquellos ojos le transportaron a unos recuerdos que ella guardaba como un tesoro.
—¡Hola, no sabía que estabas ahí. ¡Cuánto tiempo sin verte! —le contestó, intentando conseguir que su voz pareciera normal. Notaba latir cada vez más deprisa su corazón.
—Creo que pierdes el tiempo. El fuego no borra pesadillas.
—Tienes razón, no… no las borra. Pero me siento mejor reduciéndolas a cenizas —le contestó, girándose de nuevo, observando casi sin parpadear las llamas.
—Me alegra verte, de verdad. ¿Te piensas quedar? —prosiguió, preguntándole.
—A mi también —le contestó con una sonrisa tímida— Sí, me quedo; siento que no tengo que estar en otro lugar, que éste es mi sitio.
Él caminó hasta ponerse a su lado. Todavía seguía manteniendo la misma altura. Ella casi le llegaba a los hombros. Permaneció quieto y callado observando el fuego. Una pequeña columna de humo gris se levantaba hacia el cielo, parecía querer liberar los segundos de vida atrapados en aquellas fotografías queriéndolas dejar a merced del viento. Sus pequeñas partículas simulaban danzar una sinfonía inexistente.
—Todos estos años sin tener noticia tuyas. Nada —prosiguió hablando todavía sin mirarla—. ¿Has sido feliz?
—Sí, no puedo quejarme. Me casé con un hombre que me amó hasta que murió. No he tenido hijos. No es algo que me apene, simplemente resultó de esa manera. Luché muchísimo por conseguir encontrar mi camino… —puntualizó ella—. ¿Y tú? —al preguntar le buscó directamente los ojos.
—Yo… no, no me casé. Si es eso lo que quieres saber. Pero he amado… si, alguna vez he amado —al contestarle, su mirada estaba otra vez fija en la pequeña hoguera—. He retenido tu imagen debajo de aquél paraguas todos estos años —su voz sonó ronca por la emoción. Se giró y la cogió por los hombros— Todavía no he conseguido entender por qué no quisiste que me marchara contigo… —su mirada recorría los rasgos de Isabel como queriendo obtener de ellos la respuesta—. Aquella mañana te llevaste contigo mucho de mí al subir a ese autobús. No he podido secarme la sensación de humedad que me dejó esa fina lluvia. Es muy duro decir adiós…
—Yo... —Isabel agachó la cabeza, tenía que conseguir controlarse—. Carlos, no podías venir. No te podía amar si antes no me amaba a mí misma. Era necesario que me marchara, aunque eso significase dejarte atrás…
Carlos le sujetó la barbilla y la levantó con suavidad. Clavó sus ojos en los de ella, buscando su propio reflejo… Los ojos de Isabel eran oscuros, profundos trozos de noche atrapados en el interior de sus córneas.
—¿Por qué has vuelto? —le preguntó a la vez que la soltaba y se giraba dándole la espalda.
—Estoy enferma…
—¿Qué te pasa? —su tono de voz había cambiado al hacerle la pregunta.
—Acabo de superar un cáncer. No, no me mires así. Odio que todas las personas que saben lo que tengo me miren de esa manera —le insistió Isabel levantando momentáneamente la voz—. Mira… yo no esperaba verte. Pensé que estarías felizmente casado y que tendrías una vida plena. No quiero tu compasión. Estoy perfectamente. He venido porque cuando te enfrentas a una enfermedad tan devastadora… te encaras a la vez a ti misma, a todos tus miedos. El tratamiento ha sido largo y agotador. Es una enfermedad contradictoria, puesto que luchas para ganar tiempo y en esa lucha parece que tienes todo el tiempo del mundo… Con tantas horas de quimio tienes lugar a pensar. Y de repente un día te das cuenta de que no querías morir sintiendo rencor. Con tantos calmantes ya no conseguía recordar si mi padre, mi propio padre había hecho de verdad lo que hizo, o que todo simplemente había sido un mal sueño. El hecho es que me vi en la fría habitación de un hospital y mi corazón sintió que era momento de volver a casa, nada más. ¡Y aquí estoy! —al decir esto levantó los brazos inconscientemente.
Carlos caminó hacia ella y la abrazó. Metió la cara entre su cabello, podía respirar su olor.
—He pasado la vida amando a un recuerdo. No tienes idea de lo que he llegado a sentir bajo mi piel. No tienes ni idea —insistió susurrándole al oído.
Isabel tenía la cara casi apoyada en su hombro. No quería llorar pero las lágrimas insistían en manar de su lagrimal.
—No entiendo cómo puedes quererme. Ni siquiera soy la misma persona —le hablaba con los ojos cerrados…
—El corazón no entiende de razones, ni me molesto en buscar una explicación —le contestó Carlos apretándola un poco más a su pecho.
Permanecieron abrazados, delante de ellos la pequeña hoguera empezaba a agonizar reduciéndose a cenizas. El cielo se había vuelto, si cabe, un poco más oscuro. Entonces, en mitad del silencio empezaron a caer pequeños copos de nieve.
—¿Vamos? —le preguntó Carlos mientras la soltaba, alargando la mano hacia ella.
Isabel miró la mano y le sonrió… Sintió que por fin el miedo había desaparecido de su vida.


EMBRUJO
Beatriz Cáceres ©

Quisiste a tu manera, 
así de esa forma que 
tan sólo tú sabes,
reducir todas tus alas
a un universo
centrado en una maceta,
quisiste, así
poder sentir el abrazo
de esas paredes de barro
cocido,
porque no ignoras
que lo infinito
no se limita,
no se puede acotar
a la fuerza de la
misma naturaleza.

Y quisiste,
que yo presenciara
ese momento,
en el que el duende
se te despliega
en forma de corolas
abiertas en grana,
simulando olas
de puro sentimiento.

En ese instante
en el que el día
se despide con
un precioso beso.

Me dijiste...
...espera...
no dejes de creer.
Entre mis hojas
anoche
la Luna fue susurro,
quiso descoserse,
soltar sus hilos
y sembrar
la oscura cúpula
de blancos jazmines,
para que parecieran
estrellas,
y con su aroma
llegar a esta orilla,
que no es capaz
de rozar sus brillos.

Quisiste, así de esta
manera,
como tan sólo tú sabes,
que yo recordara,
entre volantes de pétalos,
que una vez
pude sentir
cómo se encendía el verso,
perdido entre
callejuelas empedradas,
con casas encaladas
de blanca esperanza,
cuyos ojos
como ventanas,
tenían el verde
hoja color albahaca.

Quisiste, verme
así, con el alma
en cueros,
incapaz de que mi
propia piel me limitara.

Y yo embebida en este
embrujo,
reviso mi propio
reflejo,
y quiero abrir
mis brazos
para que sean alas,
porque la noche está
quieta,
está quieta la noche
y quiero ser el aire
que se atrapa,
en el quiebro
de esa cuerda,
que insiste
en rasgar el horizonte,
para darle
cuerpo de guitarra.



SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 66 – Septiembre de 2015 – Año VI
ISSN 2250-5385
Exp. 5199589 del 21/10/2014, Dirección Nacional del Derecho de Autor


Propietario y Director: Héctor R. Zabala
Av. Del Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
(currículo en Suplemento Nº 56)



Corrección general:
Noelia Natalia Barchuk Löwer
Resistencia (Chaco), Argentina
(currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 13)





Ilustración de carátula y emblema:
Mónica Villarreal
Scottsdale (Arizona), Estados Unidos
Monterrey (Nuevo León), México
 @mon_villarreal
(currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 17)




 @RyFRev Literaria



"Realidades y Ficciones"
Mónica Villarreal (2014)
acrílico y óleo sobre
papel-lienzo, 30 cm x 30 cm


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